Cuentos peruanos.

julio 20, 2012

Cuentos peruanos

Me lo encontré por la calle llevando a mi hija al colegio, y le di cobijo. Una selección de cuentos que incluye los siguientes:

FELIPE PARDO Y ALIAGA.—Un Viaje
ABRAHAM VALBELOMAR,— El Hipocampo de Oro
CESAR VALLEJO.— Más Allá de la Vida y la Muerte
CESAR VALLEJO.— Cera
MANUEL BEINGOLEÁ.-— Historia de un Tambor
CARLOS CAMINO CALDERÓN.— La Familia Pichilín
VENTURA GARCÍA CALDERÓN.— El Alfiler
M. GONZÁLEZ PRADA.— El amigo Braulio
CLEMENTE PALMA— Los ojos de Lina
ENRIQUE LÓPEZ ALBUJAR.— Ushanan Jampi
ENRIQUE LÓPEZ ALBUJAR.— El campeón de la muerte
JOSÉ DIEZ CANSECO.— El trompo
CIRO ALEGRÍA.— Calixto Garmendia

Hay de todo pero poco de lo que da a entender la portada, sólo los dos cuentos de Enrique López Albujar tienen el indigenismo como protagonista. Los hay modernistas (El Hipocampo de Oro, Más Allá de la Vida y la Muerte), costumbristas (La Familia Pichilín, El trompo) y hasta machistas (ese la maté porque era mía de El alfiler, esa sátira sobre la capacidad de sacrificio de la mujer de Los ojos de Lina).

Mi preferido la historia de Calixto Garmendia, en busca de una justicia que nunca llega a los pobres ¿les suena?

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (323/365)

Extracto:
Se trataba de hacerle justicia a un agraviado dé la comunidad, a quien uno de sus miembros, Cunee Maule, ladrón incorregible, le había robado días antes una vaca. Un delito que había alarmado a todos profundamente, no tanto por el hecho en sí cuanto por la circunstancia de ser la tercera vez que un mismo individuo cometía igual crimen. Algo inaudito en la comunidad. Aquello significaba un reto, una burla a la justicia severa e inflexible de los yayas, merecedora de un castigo pronto y ejemplar.
Al pleno sol, frente a la casa comunal y en tomo de una mesa rústica y maciza, con macicez de mueble incaico, el gran consejo de los yayas, constituido en tribunal, presidía el acto, solemne, impasible, impenetrable, sin más señales de vida que el -movimiento acompasado y leve de las bocas chacchadoras, que parecían tascar un freno invisible.
De pronto los yayas dejaron de chacchar, arrojaron de un escupitajo la papilla verdusca de la masticación, limpiáronse en un pase de manos las bocas espumosas y el viejo Marcos Huacachino que presidía el consejo, exclamó:
—Ya hemos chacchado bastante. La coca nos aconsejará en el momento de la justicia. Ahora bebamos para hacerlo mejor.
Y todos, servidos por un decurión, fueron ¥vaciando a grandes tragos un enorme vaso de chacta.
—Que traigan a Cunee Maule — ordenó Huacachino una vez que todos terminaron de beber.
Y, repentinamente, maniatado y conducido por cuatro mozos corpulentos, apareció ante el tribunal un indio de edad incalculable, alto, fornido, ceñudo y que parecía desdeñar las injurias y amenazas de la muchedumbre. En esa actitud, con la ropa ensangrentada y desgarrada por las manos de sus perseguidores y las dentelladas de los perros ganaderos, el indio más parecía la estatua de la rebeldía que la del abatimiento. Era tal la regularidad de sus facciones del indio puro, la gallardía de su cuerpo, la altivez de su mirada, su porte señorial, que, a pesar de sus ojos sanguinolentos, fluía de su persona una gran simpatía, la simpatía que despiertan los hombres que poseen la hermosura y la fuerza.
— ¡Suéltenlo! — exclamó la misma voz que había ordenado traerlo.
Una vez libre Maule, se cruzó los brazos, irguió la desnuda y revuelta cabeza, desparramó sobre el consejo una mirada sutilmente desdeñosa y esperó.
—José Ponciano te acusa de que el miércoles pasado le robaste una vaca mulinera y que has ido a vendérsela a los de Obas. ¿Tú que dices?
— ¡Verdad! Pero Ponciano me robó el año pasado un toro. Estamos pagados.
—¿Por qué entonces no te quejaste?
—Porque yo no necesito de que nadie me haga justicia. Yo mismo sé hacérmela.
—Los yayas no consentimos que aquí nadie se haga justicia. El que se la hace pierde su derecho.

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