Novela construída alrededor de la llamada Conspiración del triángulo, un plan para secuestrar o asesinar a Fernando VII y proclamar la constitución de 1812. Una trama coral en la que se van entremezclando los diferentes conjurados y sus historias particulares como en el baile de máscaras que es uno de los puntos centrales de la obra.
La autora escribe de maravilla, imagino que la documentación para escribir todo esto ha tenido que ser un infierno, y la habilidad para armar una trama, impresionante (incluyendo las referencias a letras de canciones de Siniestro total). Pero a mí el tema se me atragantó desde el principio y solo la calidad del lenguaje me ha mantenido hasta el final del libro.
Personalmente no me ha gustado, pero muy bueno.
La mirada de Catalina Castillejos salta como un anfibio de la última palabra de la carta de Diego Lasso al entorno, se posa en una cara y otra cara y otra cara y en cada cara deja la onda de su paso. La cara de Vicente Plaza concentra una onda amplia que dura, su oscilación absorbe las demás. La anfibia mirada de Castillejos da ahora un gran salto hasta ella misma y se guarda la carta de Lasso. La cara de Vicente Plaza permanece donde la pulsación de la mirada de Castillejos la dejó, como si la hubiera clavado y la hubiera aislado del resto de caras que la rodean, la cara de Plaza como el insecto disecado de un coleccionista, porque Vicente Plaza está atrincherado en una silla sin atender a nadie. Castillejos deja que la herida se le tiña de vino porque está bien peinada y todo a su alrededor es una oportunidad, y porque tiene en Petra Montes a una aliada y se ve más guapa que su aliada. La herida tintada de vino es como un maquillaje exagerado, es el recibidor de Castillejos, porque la gente repara en esa rosa seca que es su boca y después en su dueña. Catalina Castillejos es hoy la dueña de su herida y no la señorita de la boca reventada, por eso cuando sus ojos anfibios se suspenden en Vicente Plaza se dice yo robé la leche del capitán Plaza, y esa excitación por la responsabilidad asumida le hace decir son tan amables de disculparme, separarse del corro de mujeres y dirigirse a Plaza sin recogerse la cola del vestido y sin preocuparse por el crujido de las costuras cuando se la pisan. Jamía tú ve donde tengas que ir sin pedir disculpas por nada, dice Petra Montes, y coge a Castillejos de la cintura y le susurra que ya sabes adonde tienes que ir. Le besa la mejilla, se lame el pulgar y le frota la marca de carmín.
Bendito, sea, el cielo. Cómo, ¿usted bendiciendo, don Domingo? ¿No es usted ateo? Yo soy borracho, María Manuela, y estoy lo suficientemente borracho como para bendecir, pero no sé si estoy lo suficientemente borracho como para imaginar que doña María Manuela López, viuda de Ulloa, la censurada en Cádiz, está presente en este mi baile de precarnaval bautizado la muerte del ranciocinio. ¡Bautismo! Calle o sus amigotes masones lo van a echar de la logia. Esta es mi logia, señora. Soy yo quien echa y desecha. Y debería echarla a usted. ¿A mí? A usted y a su efebo. ¿Se refiere a mi camarero? Sí, al camarero que se cepilla. Qué observador es usted, Domingo, me sorprende. No fue tan sagaz para adivinar que su colaborador era un topo de palacio que le colaba mensajes antimonárquicos en el periodiquillo. Uno es corto, señora, se lo reconozco, y la censura de Fernando implacable, pero para ver que usted se arrodilla delante del criado no hay que ser mosquetero. Y delante de usted, ¿tiene alguien vocación de arrodillarse, sin cobrar por ello? Corríjame si me equivoco porque voy muy borracho, pero creo que en este momento hay una vacante, ¿gusta? Uh qué va, vengo saciada de casa, no quisiera indigestarme y perderme su magnífica fiesta. Me alegro de que esté disfrutando, señora. ¿Pero no iba a echarme? Fuera de mi baile, realista servil. Si piensa echar a todos los serviles se le queda el teatro a la mitad, le aviso. Ya decía yo que había muchos napoleones en la caja. ¿Sabe usted, María Manuela, que todos los realistas han pagado su entrada en napoleones?, y yo me pregunto, ¿cómo soportan los realistas llevar la frente laureada de Napoleón en los bolsillos? Entonces yo también me pregunto ¿cómo soporta un liberal como usted llenar la caja con la frente laureada de Fernando séptimo? Los liberales somos españoles viles imbuidos en el orgullo y voces seductivas de igualdad libertad y, qué delirio, nación, independencia, ciudadanos, derechos naturales e imprescriptos, ya lo sabe, pero usted, la paladina pluma del soberano místico edificio… ¡Qué halago! ¡Se sabe usted mis versos como el más pintado de mis admiradores, qué halago! Lo liberal no quita lo valiente, ¿más vino? ¿Está incluido en el precio de la entrada? Los liberales somos liberales, señora mía. Salud. Por los reales. Por los napoleones. Salud.

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