Claire North. Las primeras quince vidas de Harry August.

enero 25, 2019

Claire North, Las primeras quince vidas de Harry August

Harry August tiene un don especial. Cuando muere, vuelve a nacer, repitiendo su vida desde el primer momento y con todos sus recuerdos intactos. Lo que al principio es confuso e incluso un problema acaba siendo una gran ventaja. Pero no es el único, hay otros como él, formando un club único que, de repente, se encuentra con un inesperado enemigo.

La premisa es interesante, yo he fantaseado mucho con ella ¿Cómo sería repetir tu vida pero sabiendo lo que iba a pasar? La resolución que de la misma hace la autora no está mal, con bastantes elementos de acción, un malo y un problema a superar. Es de estos libros que te enganchan para ver qué es lo que pasa después.

Pero poco más, hay algunos agujeros de trama que se obvian (aunque los que mueren vuelven atrás en el tiempo parece existir un metatiempo que sigue yendo hacia delante y no se especifica mucho cómo puede interaccionar con el tiempo normal). Los personajes están para hacer avanzar la trama y ni protagonista ni antagonista tienen mucha profundidad.

Entretenido.

SE dice que existen tres etapas vitales para aquellos que vivimos existencias cíclicas. Se trata de rechazo, búsqueda y aceptación.

Son unas categorías bastante simplistas, que engloban otros muchos estratos diferenciados ocultos bajo esos conceptos tan amplios. El rechazo, por ejemplo, se puede subdividir en varias reacciones arquetípicas, tales como suicidio, desánimo, locura, histeria, aislamiento y autodestrucción. En mi caso, como en el de casi todos los kalachakra, experimenté la mayoría de esas reacciones en alguna etapa de mis primeras vidas, y su recuerdo permanece en mi interior como un virus anclado a mi pared estomacal.

En mi caso, el tránsito hacia la aceptación fue tan complicado como cabría esperar.

La primera vida que viví no tuvo nada de especial. Como cualquier otro joven, fui llamado a combatir en la Segunda Guerra Mundial, donde ejercí sin pena ni gloria como soldado de infantería. Y si mi aportación durante la guerra fue insignificante, mi vida posterior al conflicto apenas tuvo mayor relevancia. Regresé a la mansión Hulne cuando acabó la guerra para ocupar el puesto que había ostentado Patrick, a cargo de los terrenos que rodeaban la finca. Al igual que mi padre adoptivo, me habían criado para amar la tierra, el olor que brotaba de ella después de la lluvia y el vigoroso espectáculo provocado cuando las semillas del tojo se desperdigaban al unísono por los aires, y si en modo alguno me sentía aislado del resto de la sociedad, no era más que el sentimiento de ausencia que puede provocar la falta de un hermano en un hijo único. La soledad como concepto, que al carecer de la experiencia pertinente no se convierte en algo tangible.

Cuando Patrick murió se formalizó mi posición, aunque para entonces, el patrimonio de los Hulne se había extinguido casi por completo a causa del derroche y la apatía. En 1964 la propiedad fue adquirida por la Fundación Nacional para la Conservación del Patrimonio, y yo con ella, así que pasé mis últimos años conduciendo excursionistas a través de los descuidados páramos que rodeaban la casa, observando cómo los propios muros de la mansión se hundían lenta y profundamente en el lodo, húmedo y negruzco.

Morí en 1989 coincidiendo con la caída del Muro de Berlín, solo, en un hospital de Newcastle, un divorciado sin descendencia y con una pensión estatal que creía, incluso en su lecho de muerte, que era hijo de Patrick y Harriet August, muertos mucho tiempo atrás, y que acabó muriendo de aquella enfermedad que se ha convertido en el suplido recurrente de todas mis vidas: el mieloma múltiple que se extiende por todo mi cuerpo hasta que este, simplemente, deja de funcionar.

Como cabría esperar, mi reacción al volver a nacer en el mismo lugar donde había empezado todo, el lavabo de señoras de la estación de Berwick-upon-Tweed, en la Nochevieja de 1919, con todos los recuerdos de mi vida anterior intactos, me indujo a un arquetípico estado de locura. A medida que todas las facultades mentales de mi vida regresaban a mi cuerpo infantil, sentí primero confusión, después angustia, duda, desesperación, seguidas de gritos, de alaridos, hasta que finalmente, a la edad de siete años, fui internado en el Psiquiátrico para los desfavorecidos de Santa Margot, el lugar que yo mismo creía que me correspondía, y en el plazo de seis meses desde mi internamiento conseguí tirarme desde una ventana del tercer piso.

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