Carlos González. En defensa de las vacunas.

septiembre 1, 2012

Carlos González, En defensa de las vacunas

Ya lo decía Cicerón: Stultorum plena sunt omnia. O lo que es lo mismo, el mundo está lleno de tontos. Si no, no se explica que haya tanta gente que crea en tonterías. Tengo amigos a los que soy incapaz de convencer de que el hombre ha estado en la luna, y otros que creen que las vacunas son perjudiciales. Pero si lo primero es una creencia inócua, aunque falsa, lo segundo puede poner en peligro la salud de los niños. Y con eso no se juega.

Es posible que las vacunas sean el invento médico que más vidas ha salvado con un coste menor. Es el único que ha conseguido erradicar una enfermedad en el mundo, la viruela, que tenía una gran mortalidad y dejaba secuelas a los que sobrevivían. Ha eliminado del primer mundo un buen número de enfermedades. Probablemente estén entre los medicamentos más seguros porque son los que más se han utilizado y en los que mejor se ha podido comprobar todo tipo de efectos secundarios.

Pues a pesar de todo esto, todavía hay iluminados que están en contra. Hace tiempo reseñé por aquí el infame libro Los peligros de las vacunas, resaltando que tenía poco fundamento, que apenas se daban datos, y que todo lo que se hacía era meter miedo.

Pues bien, en este otro libro, imprescindible, se da una respuesta cabal a todos los sinsentidos de los antivacunas, con información contrastada y por alguien con conocimientos del tema, que además se ha molestado en buscar los datos precisos para rebatir afirmaciones sin fundamentos. Un trabajo colosal, porque como dice el autor en el libro, se puede escribir una mentira en un par de líneas, y se necesitan dos páginas para desmentirla -y muchas horas de investigación.

En un mundo ideal no sería necesario que Carlos González perdiera su tiempo defendiendo lo evidente, pero dado que las cosas son como son, uno agradece que alguien se tome la molestia de poner los puntos sobre las ies. Según el autor:

¿Quién está a favor de las vacunas y quién está en contra? Abra los ojos.

A mí me los abrió una buena amiga, la doctora Sofía Quintero, colombiana afincada en Italia que durante años trabajó en Mozambique. La conocí hace muchos años, en una reunión europea sobre lactancia materna. En un grupillo, uno de los participantes hizo algún comentario contra las vacunas. Yo no le di importancia, había escuchado y leído otros comentarios similares y había aprendido a sufrirlos en silencio, como una de esas creencias que no vale la pena discutir, como el horóscopo o los ovnis. Pero Sofía se indignó y me dijo al oído: «¡Cómo puede ser tan irresponsable! ¡Qué rabia me dan estos europeos, que no han visto nunca morir a un niño de sarampión, de difteria o de tétanos, y se atreven a criticar las vacunas!». Desde entonces, ya no escucho estos comentarios con la misma calma.

El libro empieza abriendo fuego, con un capítulo titulado Como engañan los antivacunas, denunciando la corrupción del lenguaje (Como que se llamen ‘Liga para la libertad de la vacunación’, en vez de ‘Liga contra la vacunación’), el falso debate (parece que hay división en los científicos, cuando los antivacunas son muy, pero que muy, pocos), y sobre todo, el mal uso de los datos:

En realidad, el antivacunas típico no estudia los datos disponibles y llega a una conclusión a partir de ellos, sino que procede al revés. En algún momento llegó a la conclusión de que las vacunas son malas, y a partir de ahí se dedica a buscar datos que pueda parecer que sustentan esa conclusión. Escoge unos datos, oculta otros, retoca los de más allá. A algunos datos los tortura hasta que confiesan, otros simplemente se los inventa.
¿Que un científico dice que existe la posibilidad de que tal vez cierta vacuna cause autismo? Para los científicos honestos, eso es una posibilidad muy preocupante que requiere una rápida confirmación. Porque, si fuera verdad, tal vez habría que suprimir esa vacuna o abandonar o limitar su uso o modificarla. Decenas de científicos, en todas partes del mundo, estudian la situación desde distintos ángulos. Uno tras otro llegan a la conclusión de que no, la vacuna no produce autismo, y de que se puede seguir vacunando sin temor.
Pero los antivacunas no actúan así. De entrada acogen con entusiasmo cualquier remoto indicio, como si fuera una prueba definitiva y una verdad irrefutable. Y luego, cuando decenas de estudios mucho más grandes, profundos y fiables desmienten el indicio original, los ignoran, los niegan o intentan desacreditarlos. Jamás dirán: «Hemos comprobado con alivio que la vacuna no produce autismo, como se pensaba, y por tanto recomendamos a los padres que vuelvan a vacunar a sus hijos». Las vacunas usadas en España en la actualidad ya no llevan mercurio, pero los antivacunas siguen estando en contra.
Tal vez alguien pensará que la llamada ciencia oficial siempre dice que las vacunas son buenas. Pero no es así. La ciencia investiga honestamente, encuentra lo que encuentra, y obra en consecuencia. Por ejemplo, ver pág. 159, la historia de la vacuna contra el rotavirus.
Imagine, querido lector, que dentro de cinco años aparece una nueva vacuna. ¿Qué cree usted, que Uriarte y Marín estarán a favor o que estarán en contra? No importa contra qué enfermedad sea, o qué grado de eficacia tenga, o cuáles y cuán frecuentes sean sus posibles efectos secundarios; usted y yo sabemos que los antivacunas siempre estarán en contra, por principio. Y ellos también lo saben. Y entonces, ¿por qué no lo dicen?
Estar en contra de algo por principio no es malo. Yo también estoy, por ejemplo, en contra de la pena de muerte. Por principio. Pero lo que no voy a hacer es engañar y decir que estoy en contra por otro motivo, porque se cometen errores judiciales o porque la pena de muerte no disuade a los delincuentes. Porque aunque la pena de muerte fuera eficaz para prevenir el delito o aunque los jueces no se equivocasen jamás, yo seguiría estando en contra.

Además de denunciar el abuso que los antivacunas hacen de los datos, hace un recorrido por la historia de las vacunas, que incluye momentos de gran heroísmo (como la gran carrera del suero), recalcando en cada caso como se ha ido mejorando la vacuna, e incluyendo siempre a final de capítulo las referencias bibliográficas (y de internet, de fácil consulta) pertinentes. Para todos aquellos antivacunas que dicen ¡Infórmate! aquí tienen una gran cantidad de información. De la buena, no de gente que se inventa los datos.

Siento no tener mucho tiempo para hacer justicia al libro, del que hay citas buenas cada pocas páginas. Me limitaré a destacar algunas de las mentiras más habituales de los antivacunas y las respuestas del autor.

Se dice que Japón retrasó la edad de vacunación a los dos años y se preguntan por qué aquí no se hace lo mismo. Pues porque fue un error que causó varias muertes, y ahora en Japón se vacuna como aquí:

Marín no ve, o no quiere ver, los hechos. Afirma rotundamente una mayúscula estupidez: «Lo más importante a la hora de prevenir los efectos posvacunales graves es la edad de inicio de las vacunaciones». Y termina con una serie de preguntas retóricas: «Llegados a este punto podríamos plantearle a la Administración sanitaria: ¿por qué no se hace aquí lo mismo?, ¿por qué no adoptamos el modelo de Japón […]? ¿Por qué se pasó a vacunar a los dos meses, cuando hasta 1998 se hacía a los tres meses?».
¿Por qué preguntas, Marín, si no te interesa la respuesta, si no quieres oírla, si probablemente no la vas a entender? Dices que «podríamos plantearle a la Administración…». Pues ¿por qué no se lo planteas? ¿Por qué no te has molestado en preguntar a la Administración, o a alguien que sepa, o en buscar en un libro, las respuestas a tus pomposas preguntas? Porque las respuestas existen; antes de que tú escribieras tu libro incluso los antivacunas americanos sabían y habían publicado en internet que en Japón se vacuna a partir de los tres meses, y ya no a los dos años. No adoptamos el modelo de Japón porque ese modelo ya no existe, porque el retraso de la edad de vacunación produjo enfermedad, sufrimiento y muerte, y las autoridades sanitarias japonesas reconocieron y enmendaron su error, algo que los antivacunas no hacéis jamás. Y la primera vacuna se adelantó en España (y en otros muchos países) de los tres a los dos meses porque se demostró que a los dos meses ya era suficientemente efectiva, y se sabe que no tiene más efectos secundarios, y porque el riesgo del meningococo, el Haemophilus y la tosferina son altos entre los dos y tres meses (y eso viene explicado en cualquier libro).
Seguro que, para las autoridades sanitarias de cualquier país, no es plato de gusto el estar continuamente oyendo la cantinela de los antivacunas, que si la vacuna produce muerte súbita, que si la vacuna produce autismo. Seguro que a más de uno se le pasa por la cabeza: «¿Conque eso queréis, vacunas a los dos años? ¡Pues aquí las tenéis!». Si la primera vacuna fuera a los dos años, nadie le podría echar la culpa de la muerte súbita (que se produce antes del año) ni del autismo (que suele dar los primeros síntomas poco después del año). Habría los mismos casos de muerte súbita y autismo que antes, pero ya nadie podría decir que son culpa de la vacuna. Pero sí que habría muchos, muchísimos niños enfermos y unos cuantos muertos o con secuelas permanentes por enfermedades fácilmente prevenibles. Por eso, porque son responsables y les preocupa la salud de los niños, las autoridades prefieren aguantar críticas por supuestos efectos secundarios. Pero los antivacunas son irresponsables, y no les preocupa la salud de los niños.

Si dejamos de vacunar, aunque hay inmunidad de grupo, pueden reaparecer enfermedades:

En Cataluña, las autoridades sanitarias estaban muy satisfechas porque habían conseguido eliminar el sarampión, y así lo explicaba Salleras en un boletín europeo de vigilancia epidemiológica en 2001. Los últimos brotes autóctonos se habían dado en universitarios (diez casos) y en una familia «detractora de la vacunación» (once casos). El último caso autóctono había sido a mediados de 2000 (desde entonces, solo casos importados; es decir, que se habían contagiado estando de viaje fuera del país). Pero entre octubre de 2006 y junio de 2007 se dieron 381 casos de sarampión en Cataluña, la mayor parte en la zona metropolitana de Barcelona. De ellos, 304 estaban sin vacunar. Ciento ochenta casos se dieron en menores de quince meses (que era la edad de la vacunación); pero también había niños mayores y adultos nacidos poco antes de que se generalizara la vacuna, incluyendo a once profesionales sanitarios. Un 16% tuvieron que ser hospitalizados, especialmente los de 23 a 34 años de edad (29% hospitalizados). En aquellos casos en que la vacuna no había protegido por completo, al menos la enfermedad era más leve: hubo complicaciones en el 56% de los no vacunados, y en el 12% de los vacunados.
Rapidamente se procedió a adelantar la edad de vacunación con triple vírica de los quince a los doce meses (y ya no se ha vuelto a retrasar), y a administrar una dosis extra de vacuna a los bebés de nueve a doce meses (en los menores de doce meses, la vacuna muchas veces no es eficaz, así que hay que volverla a poner después del año). Se vacunaron 48 500 bebés de nueve a quince meses. ¿Y sabe por qué corrieron tanto y se gastaron todo ese dinero? Porque estaban muertos de miedo. Porque, de haber continuado la epidemia, en cualquier momento se habría producido la primera muerte.
Y Uriarte va y suelta, en la página 194 de su libro:

Esta infección puede ser considerada como una enfermedad benefactora, pues, al igual que la varicela y las paperas, puede contribuir a activar el crecimiento físico y psíquico del organismo.

¿Qué siente usted cuando lee esto? Yo siento dolor y rabia.

Los antivacunas dicen que se ocultan los datos, pero esto es lo que pasa cuando una vacuna entraña algún peligro:


El sistema norteamericano de notificación de reacciones adversas a las vacunas recibió en los meses siguientes 76 notificaciones de invaginación en aproximadamente un millón de niños vacunados. Se calculó que la vacuna causaba entre uno y dos casos de invaginación por cada diez mil vacunados. Dos niños murieron. En julio de 1999, los Centros de Control de Enfermedades recomendaron dejar de usar la vacuna hasta aclarar la situación. Wyeth suspendió la comercialización de la vacuna el 16 de julio, y la retiró definitivamente del mercado el 15 de octubre, una semana antes de que el Consejo Asesor de Vacunaciones norteamericano recomendase dejar de usarla.
Este es el tipo de estricto control que se ejerce sobre las vacunas. Dos muertos y una cincuentena de «heridos» entre un millón de vacunados, y antes de un año la vacuna estaba retirada del mercado, aunque eso produjese graves pérdidas económicas a un poderoso laboratorio farmacéutico. ¿Cuántos muertos y heridos hay entre cada millón de personas que salen a la carretera en Semana Santa?
No hubo el más mínimo intento de ocultar los hechos, ni siquiera de disimular diciendo que la vacuna se retiraba por otras cuestiones. Es el mismo gobierno norteamericano el que tiene la información colgada en internet.
Pero los antivacunas pretenden hacernos creer que otras vacunas no causan dos, sino decenas, cientos de muertes, y que los gobiernos lo ocultan y siguen vacunando tranquilamente. Lo siento, pero mi credulidad no da para tanto.

La asociación de la vacuna con el autismo no sólo era falsa, sino que fue un fraude científico en toda regla:

Pero no acaba aquí la historia. En 1994, el periodista británico Brian Deer, especializado en investigar la corrupción en la industria farmacéutica (puede leer sus artículos en http://briandeer.com), descubrió que el doctor Wakefield, dos años antes de publicar su artículo sobre los doce pacientes que da origen a toda esta historia, había sido contratado por un abogado que estaba preparando una demanda para obtener cuantiosas indemnizaciones de los fabricantes de vacunas, y había recibido casi medio millón de libras. Que Wakefield había patentado, nueve meses antes de la conferencia de prensa en la que pidió la suspensión de la vacuna triple vírica, una nueva vacuna del sarampión supuestamente más segura, y estaba planeando su producción masiva. Que los pacientes no acudieron a su hospital por casualidad, sino remitidos por el abogado. Que los informes de las biopsias habían sido deliberadamente falsificados, y que en realidad no se encontró nada en el intestino de aquellos niños. También se había falseado la historia de los niños, algunos de los cuales ya presentaban signos de autismo antes de la vacuna, y otros no enfermaron hasta meses después.
Diez de los trece firmantes del artículo original de Wakefield se retractaron de las conclusiones publicadas mediante una carta a Lancet (Murch y colaboradores, 2004). Wakefield fue expedientado por el General Medical Council a partir de 2007, y finalmente en 2010 le fue retirada la licencia para ejercer en Gran Bretaña, por mala praxis profesional. En febrero de 2010, la revista Lancet se retractó definitivamente del artículo de Wakefield.
Los que se preocupan por las conspiraciones de la «poderosa industria farmacéutica» harían bien en preocuparse también un poco por la «poderosa industria legal». Las demandas de responsabilidad civil generan enormes beneficios para algunos abogados, especialmente en los países anglosajones.

Sobre tener la mente abierta:

Prusiner publicó su primer artículo sobre priones en 1982, y evidentemente el premio Nobel no fue sino el reconocimiento final; mucho antes ya habían aceptado sus hallazgos. Así que ya ve cómo están las cosas: la comunidad científica tardó veinte años en reconocer a Semmelweis, seis años en reconocer a Pasteur, quince en darle el Nobel a Prusiner, cinco en retirar del mercado el Vioxx y menos de un año en retirar la vacuna del rotavirus. Y mientras tanto, unos señores que después de dos siglos todavía no reconocen a Jenner, y después de siglo y medio todavía no reconocen a Pasteur, pretenden criticar nuestra cerrazón mental y darnos lecciones de amplitud de miras.

Para resumir, un libro imprescindible para responder con datos fiables a las paranoias de los antivacunas y en general para aprender sobre las vacunas. Yo me enganché a la lectura desde el principio, y simpatizaba con las emociones del autor. Tiene que ser muy duro intentar salvar vidas y que vengan unos papanatas a tirar por tierra tu trabajo y poner en peligro la vida de los niños.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (365/365)

4 comentarios

  • Jordi septiembre 1, 2012en12:27 pm

    365 de 365: felicidades!! No he leído todas las reseñas, pero me he guardado muchas.

  • Palimp septiembre 3, 2012en12:08 pm

    ¡Gracias! Espero que las guardadas te gusten.

  • xenia septiembre 7, 2012en12:58 am

    esta reseña es excelente, pero un poco sesuda si que es. Me la guardo, definitivamente.

  • Palimp septiembre 13, 2012en4:01 pm

    Sesudas las citas 🙂

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