Carlos Elías. La razón estrangulada.

marzo 14, 2022

Carlos Elías, La razón estrangulada
Random House Mondadori, 2008. 480 páginas.

El autor intenta explicar el descenso de las vocaciones en carreras científicas por la imagen que tiene la ciencia en los medios de comunicación.

Como últimamente estoy sacando de la biblioteca libros que están por encima de mis posibilidades, antes de la lectura de éste eché un vistazo a las páginas para ver el nivel. Mi primera impresión fue que sería digerible. Mediada la lectura me di cuenta de que más que digerible era muy justito y al finalizar estaba de acuerdo con el final de esta entrada de Un nombre al azar:

Su pensamiento es más simple que una pelota de playa.

En esa entrada se limitan a copiar un fragmento, pero yo me voy a tomar la molestia de argumentar un poco. En los libros de ensayo, cuando encuentro una página interesante, pongo una marca. Cuantas más marcas, mejor el libro. En este caso he marcado todas las ideas insulsas, con las que no estaba de acuerdo, o directamente estúpidas. Hay muchas marcas.

Empezaré por una no especialmente grave, pero que fue de las primeras que me hicieron levantar las orejas, y que además nos servirá para una discusión posterior. Critica que en la película Parque Jurásico:

El asesor científico de estas películas fue el científico Jack Horner, un conocido defensor de una hipótesis, muy criticada por algunos paleontólogos, que sugiere que las aves proceden de los dinosaurios y no de otras ramas de reptiles.

Vamos a ver, si haces una película en la que salen dinosaurios tendrás que tomar alguna hipótesis. No sería extraño que escogieras la que dé más juego narrativo. Pero es que en este caso es la hipótesis correcta. Cierto que no ha sido hasta el 2014 que el análisis genético ha confirmado que las aves descienden de los dinosaurios, pero cuando escribió este libro (2008) ya se consideraba un hecho y ni siquiera en la época de la película era una hipótesis controvertida.

Después comenta un artículo de unos científicos que critican con dureza a unos filósofos:

. El ensayo se ilustraba con las fotografías de los cuatro «traidores de la verdad»: el ya citado aquí Thomas Kuhn, seguido también de Karl Popper, Imre Lakatos y Paul Feyerabend. El artículo argumentaba que estos cuatro filósofos eran unos «impostores intelectuales», básicamente porque sus ideas escépticas sobre verdad científica «son flagrantemente autorrefutadoras, es decir, que se niegan y se destruyen a sí mismas».

Los dos físicos, y los científicos en general, culpaban a esos cuatro filósofos de la ciencia, en primer lugar, de no haberla practicado nunca. Como consecuencia de desconocer cómo funciona pero querer definirla, las conclusiones de estos filósofos estarían impregnadas de un resentimiento —muy habitual entre los intelectuales de letras hacia las ciencias— proveniente de asumir que no tienen capacidad para comprender algo que otros humanos sí pueden hacer.

Aquí directamente se me pusieron los pelos de punta. No sólo los científicos citados no tienen ni idea de lo que hablan, es que el autor -a pesar de afirmar en varias ocasiones que los estudió en la universidad- tampoco tiene ni idea. Dejemos de lado a Feyerabend que sí que llevo a gala ser anticientífico y hubiera sido un excelente troll de internet. Pero ninguno de los otros tres dijo nada en contra de la ciencia y sí, por el contrario, cosas muy interesantes.

Se afirma que Kuhn dijo que la ciencia la deciden los científicos por modas o votaciones y nada más lejos de la realidad. Para empezar Kuhn era físico, así que no era alguien de letras resentido. Lo que afirmó se circunscribe a la sociología de la ciencia, y explica cómo la ciencia no es una acumulación de datos progresivo, sino que va avanzando por cambios de paradigmas. Hay un estado de las cosas basado en las teorías vigentes. Aunque se encuentren datos que las contradigan no serán reemplazadas hasta que la cantidad de evidencia en contra decante la balanza hasta otro cambio de paradigma. Como ejemplo la idea de si los dinosaurios vienen o no de las aves, que según el autor era una idea polémica y ahora es un hecho establecido. En algún momento cambió el paradigma. Cuando se propuso el modelo heliocéntrico no es que fuera mucho mejor que el existente, hasta que las observaciones de Kepler y Galileo condujeron a las ecuaciones de Newton y encajaron todas las piezas. Había un par de cosas que no encajaban en el modelo, pero como sí lo hacían todas las demás se utilizó hasta que fue sustituido por la relatividad de Einstein. Kuhn no dice nada de modas, ni de votaciones. Simplemente que los científicos son humanos, usarán las ecuaciones que les sirvan aunque parezcan no encajar con todas las observaciones, y los cambios no son graduales sino, en muchas ocasiones, de todo o nada.

Popper, que estaba oficialmente capacitado para dar clases de matemáticas y física, tampoco dijo nada en contra de la ciencia. Sí en contra del positivismo, corriente hoy abandonada por todo el mundo. Estaba preocupado por la validez de las teorías científicas que, al estar basadas en la inducción en vez de en la deducción, nunca pueden tener un valor de verdad absoluta. Su noción de falsabilidad lo que nos enseña es que nunca podremos estar seguros de que una teoría es verdadera, pero nos queda el consuelo de que siempre tendremos la posibilidad de demostrar que es falsa. Con este concepto también introdujo un valioso criterio de demarcación ¿Qué distingue las ciencias de lo que no lo son? Las teorías científicas siempre tendrán experimentos que las podrán poner a prueba (falsar) las que no lo son son inmunes a estas pruebas.

Por su parte Lakatos, graduado en matemáticas, física y filosofía, refino el falsacionismo de Popper, del que era discípulo, y en algunos de sus libros analiza cómo la ciencia se sirve muchas veces de presupuestos ocultos que generaciones posteriores se encargan de sacar a la luz o fundamentar. Por ejemplo, uno de sus libros está centrado en el teorema de Euler que establece la relación entre vértices, aristas y caras de un poliedro: C + V = A + 2
desenmascarando algunas suposiciones implícitas que otros matemáticos descubrieron después. Si las matemáticas, el lenguaje de la ciencia, ha utilizado conceptos no del todo bien definidos pero útiles (por ejemplo los infinitesimales, o el mismo concepto de número) ¿qué podemos esperar del resto de las ciencias?

Los tres eran científicos además de filósofos, los tres hicieron grandes contribuciones al conocimiento de cómo funciona la ciencia y ninguno dijo las tonterías que les atribuyen los científicos citados en el libro y el autor repite como un loro a lo largo de sus páginas. Por ejemplo, un poco más adelante dice en un párrafo:

¿O tal vez la consideró, como sostiene Kuhn, un simple acuerdo entre científicos que ya es hora de ser revocado en beneficio de los magos y astrólogos?

Al hilo de un estudio que hizo el sociólogo David Voas para desmontar que el horóscopo influye en los matrimonios. Algo que le parece mal al autor porque para qué molestarse en desmentir el horóscopo:

Alguien puede defender que precisamente este tipo de investigación desmonta las creencias falsas como la astrologia. Pero mi pregunta es la siguiente: ¿merece la pena gastar un dinero en demostrar eso? ¿Es que Voas pensó, por algún momento, que el horóscopo era algo serio que merecía la mínima credibilidad? ¿Cómo alguien financió esa investigación? ¿Cómo una universidad le concedió tiempo para estudiar semejante patraña? ¿Puede ser que Voas, que se licenció en ciencias sociales, estudiara más en su licenciatura a Kuhn o a Feyerabend que a Newton o De Broglie?

Un poco más adelante se incluyen fragmentos de conversaciones con John Worrall, discípulo de Lakatos, donde explica al autor que ha malinterpretado a estos filósofos. Pero sigue impermeable a las explicaciones y continua durante el resto del libro trayéndolos a colación de tanto en tanto. En fin.

El mismo Worrall nos da, un poco más adelante, la respuesta a la pregunta que intenta responder el libro ¿Por qué cada vez la gente estudia menos carreras científicas? No se trata, como intenta defender el autor, del desprestigio de la ciencia en los medios, sino de algo mucho más prosaico:

¿Por qué, entonces, el declive de las vocaciones en ciencia?», le pregunté a Worrall. «Los filósofos de la ciencia no tienen nada que ver en eso. Es la sociedad y la universidad actual», respondió.Y, rápidamente, me dio un ejemplo: «Mi hija tiene unos amigos que son hermanos gemelos. Uno estudia física en la Universidad de Manchester y otro estudios americanos en la de Sussex. Ambos le cuentan lo que hacen. El de físicas está todo el día estudiando. Dice que no tiene tiempo ni para comer y que se toma el café en el laboratorio. El de estudios americanos está todo el día en la cafetería. Al final, los dos son graduados de igual nivel. ¿Por qué alguien va a querer complicarse la vida estudiando física en lugar de esperar en la cafetería a que le den un título?», señaló.

Esta idea de Worrall de por qué un alumno va a querer estudiar ;en lugar de esperar en la cafetería a que le den el título es muy interesante, pues sugiere que el declive de las vocaciones no está tanto en -i imagen de la ciencia que dan los medios de comunicación, sino me el problema puede centrarse en que la universidad de finales del xx y comienzos del xxi está diseñando estudios fáciles para atraer a los alumnos.Y estos nuevos títulos aparecidos a partir de los setenta, pero sobre todo de los ochenta y noventa, están compitiendo con los difíciles como física. Con los estudios serios de toda la vida. «No le quepa duda. Ese es el verdadero problema. Más que los medios de comunicación, el problema está en que las universidades prefieren estudios sobre medios de comunicación, que cada día tiene más adeptos, porque son fáciles y divertidos de estudiar.

En todo el libro no se muestra ninguna relación convincente entre el maltrato a la ciencia en los medios y la caída de las matriculaciones en carreras científicas y, puestos a opinar sin datos, me convence más la explicación de Worrall que la de Carlos Elías.

Una de las cosas peor argumentadas de este libro es su afirmación de que los científicos escogen sus temas de estudio por su capacidad mediática. Una afirmación sorprendente que provocó que recibiera un misterioso anónimo ¿Cree usted, de verdad, que el científico diseña su investigación pensando en si va a salir en los medios? y una interpelación de un profesor de la LSE ¿Está usted sugiriendo que el objetivo que guía a un científico en la selección de sus temas de investigación es el de salir en los medios?. Eso es absurdo y usted lo sabe.. El autor decidió realizar un experimento.

Se dedicó durante mucho tiempo a estudiar desde un punto de vista sociológico algo tan controvertido como la telebasura. Presentó sus primeras conclusiones en la IV Bienal Internacional de Comunicación y ¡BUM! Éxito absoluto. Le pidieron el artículo en muchas revistas, le llamaron de muchos medios para aparecer como tertuliano y en general se interesaron por su estudio muchísimas más personas que por sus investigaciones anteriores sobre química.

¿Qué pasa ahora, misterioso anónimo y profesor del LSE? ¿Cómo se os queda el cuerpo? Pues supongo que igual, porque lo único que demuestra ese experimento es que, si haces un estudio sobre algo mediático, saldrás en los medios. Lo que es una tautología y no tiene nada que ver con lo que supuestamente se quería demostrar, que es que los científicos eligen sus temas por su posible repercusión mediática.

En realidad lo que se demuestra es lo contrario, porque si esto fuera cierto muchos científicos hubieran elegido investigar sobre la telebasura y su estudio apenas hubiera tenido eco. Dado que fue el único que lo había estudiado se deduce que a nadie le había interesado antes, posiblemente por que no es un tema atractivo. Doble fallo en la argumentación del autor.

También falla, en mi opinión, cuando afirma que en China tienen que estudiar a De Broglie pero no a Cervantes, ni cuando citando a Hardy coincide en que la matemática griega será más permanente que la literatura griega. Si estudias matemáticas claro que aprenderás las matemáticas griegas, y en física te hablarán de De Broglie. Pero si eres chino y estudias filología hispánica tendrás que estudiar a Cervantes. Sobre la permanencia de la literatura ¿Qué decir? Cada día se representan obras griegas y no digamos la influencia en la ficción del presente. La sombra de Shakespeare es alargadísima. Pero incluso el primer poema de la humanidad, el de Gilgamesh, que tenemos fragmentado, todavía inspira obras de teatro y hasta videos de youbue para niños y adolescentes (Gilgamesh). Y lo seguirá haciendo. No voy a hablar de temas de popularidad de Arquímedes vs. Aristófanes para no meter el dedo en la herida.

Lo más grave de este libro es que, pese a que en la página 185, hablando sobre las dos culturas (ciencias y letras) de las que hablaba Snow afirma que:

el camino no es despreciar a ambos colectivos, sino intentar ver que tienen de positivo ambas culturas y procurar integrarlas

En todo el libro hay un desprecio constante a la cultura de letras, hasta el punto que en muchas ocasiones se afirma que cualquiera de ciencias podría hacer cosas de letras y mucho mejor. A los ingenieros también nos da estopa y si bien estoy de acuerdo en que si los científicos son los artistas los ingenieros somos los artesanos no creo que haya ningún desdoro en serlo. Aquí el autor pierde una oportunidad única para poner a prueba su teoría, porque permitiría averiguar si las vocaciones descienden por la dificultad de las carreras o por la imagen de la ciencia en los medios. Pero es demasiado pedir.

Como ejemplo de lo anterior baste esta frase:

alguien con bachillerato y licenciatura de ciencias o ingeniería tiene, en general, más herramientas para ser un buen escritor o cineasta que quien sólo haya estudiado letras.

A continuación pone como ejemplo a Norman Mailer y Ernesto Sabato, científicos y excelentes escritores como prueba de su afirmación. Pero yo podría darle el nombre de miles de escritores aún mejores que no tenían ni idea de ciencias. Y, lo que es mejor, puesto que yo sí entiendo de lógica formal, unos cuantos científicos e ingenieros que escriben novelas mediocres.

La mejor prueba es este libro porque, a pesar de que Carlos Elías tiene una doble licenciatura en químicas y periodismo, es uno de los peores que he leído en mucho tiempo. En el siguiente enlace tienen una reseña más extensa que ésta y menos crítica: La razón estrangulada. De hecho es mejor leer esa reseña, que contiene los puntos clave sin tantas tonterías (de las que me he dejado unas cuantas, como que se tendrían que prohibir los videojuegos). Porque el libro alguna cosa buena tiene, pero entre tanta cosa mala que casi no se ve.

Infumable.

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