Bret Easton Ellis. Las leyes de la atraccion.

agosto 26, 2012

Editorial Anagrama, 1990. 250 páginas.
Tit. Or. The rules of attraction. Trad. Mariano Antolín Rato.

Bret Easton Ellis, Las leyes de la atraccion
Niños ricos

Después de Menos que cero, que le proporcionó cierta fama, Ellis publicó este libro, retrato de los niños pijos universitarios y sus desenfrenos sexuales. En su momento debió causar cierto escándalo, aunque ahora el lenguaje explícito que utiliza no asusta a nadie. Además, con American Psycho superaría ampliamente el listón. En cantidad y en calidad.

El punto de vista va pasando de un narrador a otro relatando el día a día, los ligoteos, las drogas, las fiestas, un ritmo de vida bastante agitado que contrasta con el cansancio vital que impregna a los protagonistas. Follan, bailan y se drogan pero no parecen disfrutar mucho con ello. Es lo que tiene ser rico, que al final le acabas perdiendo el gusto a todo.

Algunas de las narraciones se contradicen entre sí, reflejando que no son fiables, algo que explotará también en American Psycho (después de leer Lunar Park tengo la confirmación), también aparece Patrick Bateman, ya que su hermano es uno de los protagonistas.

Buena prosa, buenas historias y sexo y drogas a raudales. No hace falta pedir más.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (359/365)


Extracto:[-]

Camino de la escalera gorroneó un pitillo que nunca iba a fumar y fueron al cuarto de Lorna. Cerró la puerta con llave. Encendió la luz. El la apagó. Cree que le dijo que no tenía yerba. El dijo bueno y sacó una botella de plata que había llenado de ponche antes de que se hubiera terminado abajo y ella ya estaba muy borracha de eso y de cerveza pero de todos modos bebió más y antes de darse cuenta estaban en la cama de Lorna haciéndolo y se encontraba demasiado borracha para sentirse nerviosa. Diré Straits o puede que fueran Talking Heads sonaban abajo y ella estaba borracha perdida y aunque pensaba que aquello era una completa locura ya no podía parar ni hacer otra cosa. Quedó fuera de combate y cuando se recuperó, trató de quitarse el sostén pero todavía estaba demasiado borracha y él ya había empezado a follársela pero sin saber que era virgen y le hacía daño (no demasiado, sólo un agudo dolor poco intenso, pero no tan fuerte como le habían dicho que sería, aunque tampoco exactamente agradable) y es entonces cuando oyó otra voz en el cuarto, gimiendo, y notó el peso en la cama y comprendió que aquella persona que tenía encima no era el estudiante de cine de la Universidad de Nueva York, sino otra persona.


—No eres diferente. Eres igual que yo, ¿verdad? Seguía temblando. El también temblaba. Me fallaba la voz. No dijo nada.

—No eres diferente —repetí. Me acerqué más. Olía a yerba y cerveza y tenía los ojos húmedos e inyectados en sangre. Se miró la bota, se volvió hacia mí, luego volvió a bajar la vista. Nuestras caras casi se tocaban y luego le besé en la comisura de los labios y me aparté un poco, esperando una reacción. Seguía mirándose las botas. Le toqué el brazo. El respiraba con fuerza. Nuestros ojos se encontraron durante unos cinco segundos. Parecía que la música sonaba más fuerte. Notaba que tenía la cara caliente y roja. Levanté la mano. Separó un poco las piernas y me miró, desafiante. Volví a besarle. Cerró los ojos.

—No hagas como si no lo fuésemos a hacer —le dije. Pasé la mano por su pantalón, sin saber si tocaba la rodilla o el muslo o si la tenía cerca de su pene. Me eché poco a poco hacia adelante.

—Ven aquí —dije, y traté de volver a besarle. Se echó hacia atrás. Me acerqué más. Acercó la cabeza un poco, mirando al suelo. Y luego su boca estaba en la mía. Se detuvo y tomó aire y luego me besó con más fuerza. Entonces los dos nos dejamos caer en la cama, él ligeramente encima de mí. Seguimos besándonos.


—Estás borracho —dice Susan. ¡Dios mío!, el nombre de Susan es tan feo… Recuerda la palabra senos. Me está desafiando. Casi puedo oler lo cachonda que está. Le apetece.

—¿Cómo no te he encontrado antes? —pregunto.

—Ya sabes que no paro, nací en un Holiday Inn —creo que dice.

La miro, muy confuso, muy muy jodido. Está junto a mí, sentada en la cama.

Por fin digo:

—Desnúdate y túmbate o ponte de pie, me da igual, y lo mismo si has nacido en un Holiday Inn. ¿Entiendes lo que digo?

—¿Te has especializado en arte, por casualidad? —pregunta ella.

—¿Qué? —pregunto. Ella deja el cuarto a media luz y todo pasa como suele pasar, con novio o sin novio. Estoy borracho pero no tanto como para decir que no. En el lavabo de los com
edores alguien ha escrito hoy: «Robert McGlinn no tiene pene ni testículos», unas quince veces encima del retrete.
Se da la vuelta, la carne le resplandece y no dice nada. Me quedo tumbado y ella empieza a chuparme la polla y trata de meterme un dedo en el culo. La cosa resulta muy bien y Susan se entrega y yo pienso: ¿qué se suele decir en situaciones como ésta? ¿Eres católica? ¿Te han gustado alguna vez los Beatles? ¿Prefieres Aeros-mith? Las chicas del instituto se pusieron brazaletes negros el día que se casó Steven Tyler. Susan sigue chupando, labios húmedos pero firmes. Busco debajo de su camisa y le doy masaje a las tetas.


PATRICK La limusina debería haberle recogido de diez y media a once menos cuarto. El tenía que llegar al aeropuerto de Keene por lo menos a las doce menos diez, donde la Lear le llevaría al Kennedy, donde su hora de llegada debería ser de una y media a dos menos cuarto. Debería haber llegado al hospital hace media hora, pero, conociendo a Sean, probablemente haya ido primero a The Carlyle a emborracharse o a fumar marihuana o a lo que demonios haga. Pero como siempre le ha importado tan poco hacer esperar a la gente, en realidad no me sorprende en absoluto. Espero en el vestíbulo del hospital mirando el reloj, llamando a Evelyn, que no vendrá al hospital, y espero la limusina que lo traerá aquí. Cuando parece que ha decidido no venir, cojo el ascensor hasta el quinto piso y espero, dando paseos, mientras los ayudantes de mi padre están sentados junto a la puerta de su habitación hablando entre ellos y mirándome de vez en cuando nerviosos. Uno, esta misma tarde, me felicitó, con lo que consideré un desagradable sarcasmo, por lo moreno que me había puesto la semana pasada en las Bahamas con Evelyn. Pasa a mi lado otra vez camino del servicio. Me sonríe. Le ignoro. No me gusta ninguno de ellos y los echaré a los dos en cuanto muera mi padre.

Sean se me acerca caminando por el pasillo en penumbra. Me mira con desagrado y doy unos pasos atrás. Me hace señas preguntando si puede entrar en la habitación. Me encojo de hombros.

Momentos más tarde sale de la habitación, y no con la pálida expresión de sorpresa que yo esperaba, sino con rostro impasible. Ni sonríe ni está triste. Los ojos, inyectados en sangre y semice-rrados, todavía rezuman odio y esa debilidad de carácter que encuentro aborrecible. Pero es mi hermano. Se dirige al servicio.

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