Benjamin Black. El secreto de Christine.

noviembre 27, 2015

Benjamín Black, El secreto de Christine
Alfaguara, 2007. 388 páginas.
Tit. or. Christine Falls. Trad. Miguel Martínez-Lage

Después de leer Los infinitos de John Banville decidí leer alguna de sus novelas negras escritas con pseudónimo. En la portada ya nos avisan de que Benjamin Black es Banville, aunque en Anagrama no he visto el aviso contrario. Ya se ve en qué dirección va el prestigio.

Quirke es un patólogo viudo aficionado a la bebida que ve lo que no debería ver: un cadáver cuya muerte parece ser una embolia pulmonar. Convertido en detective sin quererlo averiguar la verdadera causa de la muerte ce Christine Falls le llevará a descubrir un complot en el que están implicados miembros de su familia.

Se lo hago corto: no me ha gustado. Hay algún momento bueno, y no está mal escrito. Pero la portada miente: Black no es Banville, ni de lejos. La trama se me hizo aburrida y previsible, a mitad del libro ya te imaginas por donde irán los tiros y al llegar al final los secretos terribles ni son secretos ni son terribles. Se me hizo larguísimo.

No sé si sus otras novelas negras son mejores pero no voy a probar, que la vida es corta. Aquí: EL SECRETO DE CHRISTINE (Benjamin Black) y aquí: Benjamin Black: El secreto de Christine ha gustado, pero aquí: El secreto de Christine, de Benjamin Black opinan como yo. Nade que ver con Los infinitos.

Calificación: Regulero.

Extracto:
El domingo por la mañana era para Quirke un pequeño intervalo de dulce resarcimiento por las opresiones de su niñez. Cuando estaba interno en Carricklea, y también después, cuando el juez lo sacó de allí y lo llevó junto con Mal al internado de St. Aidan, la mañana del Día del Señor era a su manera un nuevo tormento, distinto de los días laborables, pero igual de espinoso, si no peor. A lo largo de la semana al menos había cosas que hacer, las clases, la rutina agotadora del colegio, pero los domingos eran un desierto. Las plegarias, la misa, el sermón interminable, y luego el día larguísimo, sin particularidades, hasta la hora de las devociones vespertinas, con el rosario y un nuevo sermón como prólogo de la bendición y la hora de apagar las luces, y el pavor a que la mañana del lunes llegara una vez más. Ahora, sus domingos contenían otros rituales, todos ellos ideados por él, a los que podía dar variedad a su antojo, o bien olvidarse de ellos, o renunciar. La única constante era la prensa dominical, que compraba a un vendedor callejero, el jorobado de Hu-band Bridge, y con la cual, si hacía buen tiempo, se acomodaba en el viejo banco de hierro de allí al lado, junto a la esclusa, a leer y a fumar, concentrado sólo parcialmente en lo que ya eran noticias del día anterior.
Percibió que Sarah se aproximaba antes de levantar los ojos del papel, y la vio caminar hacia donde estaba por el camino de sirga. Vestía un abrigo de color burdeos » y un sombrerito de estilo Robin Hood, con una pluma de adorno. Llevaba el bolso sujeto con ambas manos contra el pecho.

Caminaba cabizbaja, atenta a los charcos que había dejado la lluvia de la noche anterior, aunque también por no estar aún preparada para encontrarse con la mirada sorprendida de Quirke. Bien sabía dónde encontrarlo, pues Quirke era un animal de costumbres, aunque ya empezaba a lamentar el haber ido a buscarlo hasta allí. Cuando por fin miró al frente se dio cuenta de que él había adivinado cuáles eran sus sentimientos, y no se puso en pie para recibirla mientras se acercaba. Siguió sentado con el periódico abierto sobre las rodillas, mirándola con lo que a ella le pareció una sonrisa irónica, incluso un tanto despectiva, burlona.
—Vaya —dijo—, ¿y qué te trae por aquí, desde las
fortalezas de Rathgar?
—He ido a misa a Haddington Road. Voy algunos domingos para… —sonrió, se encogió de hombros e hizo una mueca, todo al mismo tiempo—. Para variar.
Él asintió, dobló los periódicos y se puso en pie, tan enorme como siempre y, como siempre, ella se sintió reducida en una talla o dos, con lo que cargó involuntariamente el peso en los talones al verse frente a él.
—¿Me das permiso para caminar contigo? —preguntó de esa manera intencionalmente juvenil, con la que daba la impresión de estar preparado para recibir una negativa. Qué raro, pensó ella, seguir aún enamorada de él y no esperar nada de ello.
Volvieron por donde había llegado ella, pasando ante los arriates de juncias secas. Era el primer día verdadero de otoño, y el cielo estaba cubierto por una bruma luminosa, que proyectaba un reflejo lechoso en el agua. Permanecieron callados un rato.
—Lo de la noche de la fiesta en tu casa —dijo Quirke—… Lo lamento.

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