Alberto Olmos. Trenes hacia Tokio.

octubre 1, 2014

Alberto Olmos, Trenes hacia Tokio
Lengua de Trapo, 2006. 192 páginas.

Tenía muchas ganas de leer a Alberto Olmos, tanto por las críticas buenas y malas que me he ido encontrando, como las que él mismo ha lanzado contra otros bajo la identidad de Malherido.

David es profesor de inglés en Japón, y nos va contando su día a día, sus desventuras y fracasos amorosos.

Ahora que está de moda lo japonés, al menos en ciertos sectores, no esperen encontrar aquí descripción de costumbres, sucedidos graciosos, choque de culturas… el autor va más a lo poético que a lo anecdótico. Nos enteramos de cosas de Japón, claro, pero de refilón.

Sabiendo que el propio autor estuvo trabajando tres años allí es difícil no suponer que habrá mucha autobiografía por aquí. Como tiene algunas cadencias que comparte con Malherido, esa identidad se acentúa. Pero como he dicho más arriba, lo importante no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta, y en realidad poco importa lo que pasa. Tiene frases realmente muy buenas.

Es gracioso constatar que mientras en las novelas de Murakami -que el protagonista lee con frecuencia- la gente parece tener una vida sexual muy activa, aquí no encontramos una sola escena de sexo. David parece querer acostarse con todo lo que se menea, pero la suerte no le acompaña, o no lo cuenta.

Seguiremos con el autor. Le ha gustado hasta a JJ:[Libro #45] Trenes hacia Tokio, de Alberto Olmos y en general, también: Trenes hacia Tokio, Alberto Olmos y Trenes hacia Tokio, de Alberto Olmos . Al que no parece gustarle es al que realiza el primer comentario en esta reseña: Trenes hacia Tokio, Alberto Olmos , exponente, creo yo, de aquello que hablamos en su momento, hay mucho envidioso suelto.

Calificación: Muy bueno.

Extracto:
Ai aparece a mi espalda. Se ha bajado en la estación anterior y ha venido andando hasta aquí. Sigue siendo tan pequeña como siempre, aunque ahora su cara, que tiene cinco años menos que mi cara, parece sólo a dos años de distancia. Ha envejecido.
—Hola, Ai.
—Hola, David.
Le doy dos besos aunque eso no se lleve en su entorno. Es para que me vaya cogiendo asco.
—¿Qué escuchas?
Música, claro, en un iPod que ella me adjetiva como shuffle.
—Me tengo que comprar otro, este ya es muy viejo.
Empezamos a andar. Vamos a una cafetería donde ya estuvimos una vez, con más gente y todo y mi prometida. Está nublado y Ai viste muy plebeya para la pasta que tiene. Su hermana trabaja en la televisión. Sus padres son personas internacionales, que vivieron en Londres. Ai estudió inglés en Dakota del Norte, durante dos años, y tiene muchas cosas que decir sobre ese Estado en concreto de entre todos los Unidos. Por ejemplo (y lo dice Ai, no yo): «En Dakota del Norte se ponen todos los días vaqueros y camisetas de color gris, salvo los domingos, en los que se ponen vaqueros y camisetas de color blanco. En Dakota del Norte están muy orgullosos de sus monumentos, en concreto de una tortuga hecha con neumáticos, que dicen que es la tortuga hecha con neumáticos más grande del mundo. También dicen tener la estatua de una vaca más grande del mundo».
Tomamos café. Nos ponemos al día de nuestras vidas y yo me divorcio encima de la mesa, sin anestesia y en términos arrojados. Luego le cuento cómo quiero a los niños a los que doy clase, cómo los adoro, cómo los tiro por los aires y cómo, por ello, soy un hombre supersensible y al que deberías follarte hoy. Ai no me cree porque ella me conoció en una etapa de mi vida en la que sólo quería follarme a las chicas pequeñas hasta hacerlas crecer, una etapa que, gracias a Dios, ya pasó a la historia. Pero me da que no me cree.

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