
Penguin Random House, 2025. 260 páginas.
La protagonista viaja a Rivera, ciudad en el límite entre Brasil y Uruguay buscando a su tío, que huyó hace tiempo para allí. Lleva toda una historia familiar consigo, un padre militar, pobreza, abusos infantiles, y muchas cosas para resolver.
Me ha encantado esta mezcla de planos, donde las andanzas en esa ciudad medio salvaje se mezclan con los recuerdos, donde la información se nos va dando poco a poco pero bien dosificada y todo escrito en parte en un portuñol entendible de una musicalidad particular.
Me enganchó desde la primera página, lo devoré con placer y lo he disfrutado muchísimo.
Muy bueno.
Adentro de la caja de madera del camión, sin un centímetro de aire que separara una cosa de la otra, estaba encastrada nuestra casa. Mi madre me estiró su mano para que yo también subiera y la quedé mirando desde abajo sin poder decirle nada. Tenía los puños apretados y todo el llanto en estado sólido formando una piedra dentro de mi garganta.
Dale que está a punto de amanecer, me dijo.
Mi padre ya se había acomodado adelante con Emilio, en la cabina. Se levantó un viento de golpe que me voló el pelo enredado hacia atrás. Metí las manos en los bolsillos del pulóver.
Está muy alto, no puedo subir.
Mi madre se acercó al borde del camión con su cara de no me la compliques.
Pisá en ese estribo y agarrate fuerte de mí, me dijo con la voz y los ojos endurecidos.
Mi madre esta vez estiraba las dos manos y yo subí al camión junto con las cosas.
Faltaba muy poco para que el cielo comenzase a aclarar, cuando el camión estacionó frente a un portón antiguo de hierro oxidado.
Es ahí, señaló mi madre.
Las dos hojas del portón de la casa terminaban en unas flores de lis que se alzaban como puntas de flecha. Del otro lado del portón, subían nubes de humo.
Mi padre entró adelante, lo siguieron mi madre y Emilio detrás, dejando la puerta trasera del camión abierta. Yo me enrosqué una bolsa a la muñeca y quedé última. Cuando vi lo que pasaba del otro lado del portón tuve que apoyar la bolsa en el piso otra vez: la casa nos recibía con un incendio y una cantidad de hombres que trabajaban en el patio como si fuera una plantación en llamas. Gritaban, se daban órdenes, apenas si notaron que nosotros habíamos llegado. Cortaban los pastizales que me doblaban en altura, cargaban carretillas de tierra con las caras sucias y las espaldas sudadas iluminadas por el fuego. Entre los hombres pude reconocer a Oribe, más adelante al sodero del barrio, y pensé que tal vez estaba en un sueño, pero el humo me entraba por la nariz y se convertía enseguida en un gusto dulce que iba bajando hasta la boca.
Emilio pasó por mi lado, ya de vuelta al camión para seguir bajando cosas.
Queman el pasto y la basura, no te asustes, me dijo.
No me asusto, le contesté y volví a agarrar la bolsa.
El camino hacia adentro de la casa estaba marcado por una senda de ladrillos enterrados en la tierra que hacían de baldosas.
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