Claudia Apablaza. La siembra de nubes.

febrero 6, 2026

Claudia Apablaza, La siembra de nubes
Almadía, 2025. 170 páginas.

La protagonista ha recibido una beca para trabajar en Canadá y prepara su mudanza mientras se dedica a recolectar muestras en frascos de precipitaciones para saber su nivel de contaminación, pelea con dos relaciones tóxicas de diferente intensidad y problemática, se droga con sustancias desconocidas y tiene sexo casual de vez en cuando. De fondo, la búsqueda de un tío que tuvo que desaparecer y que podría ser algo más que un tío.

Aunque me parece que la novela se enrosca demasiado en los tres ejes que la vertebran y se alarga demasiado está bien escrita y tiene su puntito de acción, así que todo bien.

Buena.

Vuelvo a la pantalla y voy al escritorio. Reviso que no hay rastros de lo que hicimos con los roedores. En los eliminados, los temporales, en las fotos. No me habrían dado esta beca. ¿Podrían quitármela? Agarro un papel y dibujo unas nubes. Las nubes comienzan a perseguirme. Corro. Me persiguen, van a explotar en mi cabeza y se inundará todo. Aprieto los dientes. ¿Dónde hay una ventana? Luego con más fuerza, hasta que se chocan y suenan, como moliéndose unos a otros. Las nubes ahora se transforman en caras y los veo a todos. Toda la humanidad ahí riéndose de mí.
* *
Llego a mi departamento que ya está casi vacío. Entro y veo el blanco de las murallas, el colchón de mi habitación, esas cajas de libros en la esquina, los cojines y la lámpara de suelo. Aún hay manchas que intentan seducirme. De a poco todo blanco, sin objetos, sin nada que perturbe la vista.
. Dejar la casa, estar lejos de mis padres, de Benito, no saber si volveré. ¿Por qué no visité más a mi abuela? ¿Por qué no hablé antes de todo esto? Me quedo mirando la pared. Dalia deja de dolerme un poco. Le envío un mensaje. Después de que se vaya Benito me gustaría verte. Me deja el visto. Necesito verte. Me deja el visto. Voy a extrañarte, necesito que nos despidamos. ¿Puedo pasar ahora mismo?
Me quedo pegada en la pantalla por si me contesta y contestarle de inmediato. Pasan unos minutos. Se desconecta sin decirme nada. Voy a insistirle. Comienzo a teclear, frases, párrafos larguísimos. Que qué se cree que no habla. Que por qué. Los borro. Me fijo en los orificios de la muralla que aún están ahí intactos. Algo late en mi espalda. Voy al baño. Me fijo que tengo tres marcas. Pongo aceite de almendra
en cada una de ellas. Voy al cojín y me recuesto. Veo los agujeros. Voy a la ventana de Aquiles. Hola, ¿cómo estás? Lo borro. Me quedo mirando los agujeros. Los cuento, son dieciocho. Saco de mi bolso lo que mi abuela me dio esta tarde, mientras comíamos el postre. Un pedazo de kuchen de nuez con leche de coco que había preparado para mí. Me lo devoro. Los agujeros parecen ojos, se ríen de mí, me tapo con un cojín la cara, lo presiono.
* * *
No le dejes nada a Benito, tampoco a Dalia, Amelita, ni a nadie con quien tengas una relación. Eso te amarra.
¿Qué pasa si cuando estés allá todo se termina?
Las cosas nos atan a los demás, para eso existen.
Díselo ahora mismo, porque queda poco tiempo y debes irte tranquila. Dile que quieres terminar. Que ya se acabó, y punto. Basta. A Dalia no sé, habla con ella. Dile cosas. Dile más cosas. Estás a tiempo. Dile algo.
* *
Se me aparece la imagen de cuando se levantó de la silla y fue a su pieza a buscar algo. Volvió con unas cartas guardadas, algunos apuntes de Ventura. También con un currículum de Aquiles escrito a mano. Una letra temblorosa, algo nerviosa, pero legible. Me dijo que hace años que guarda esos papeles en el segundo cajón de su cómoda, en un sobre, cerrado con un clip. Recuerdo ahora por qué, cuando niña, siempre me decía que no me metiera en sus cajones y yo siempre lo hacía cuando se iba a bañar o estaba cocinando y leía algunas cartas tristes que venían de Brasil, parece que de Ventura.

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