El cantautor Santiago Arrabal tiene una gira que lo lleva hasta Guatemala, donde espera encontrarse con un antiguo amigo suyo, patriarca del hampa. Dos ancianos en la recta final de su vida, con sus claroscuros, que se enfrentan como pueden a la decadencia y que buscan consuelo en sus momentos finales.
Novela breve pero muy bien escrita, inspirada muy lejanamente en el asesinato de Facundo Cabral, gira alrededor de dos personajes excelentemente dibujados, casi vivos, y lo terrible de la decadencia física cuando se ha sido todo. Me dejó muy buen sabor de boca.
Muy bueno.
Las luces están encendidas, pero detrás del escritorio de recepción no hay nadie. Santiago Arrabal se busca las gafas en el bolsillo interior de la chumpa de cuero y se las encaja en la cara con urgencia. Golpea la campanilla una vez y escucha con atención cómo se estira el hilo de sonido hasta desvanecerse. Desde que comenzó a perder la vista, le ha dado por asegurarse de que no les esté ocurriendo lo mismo a sus otros sentidos: a veces se coloca una pizca de sal en la lengua y la paladea largo rato y, en las mañanas, puede pasar minutos con la nariz pegada a la taza de café antes de darle el primer sorbo. Vuelve a golpear la campanilla, ahora tres veces seguidas, y también se hace esa pregunta que se le ha vuelto costumbre desde que le diagnosticaron el cáncer: ¿es esta la última vez que tocará la campanilla de la recepción de un hotel? ¿La última vez, en la ducha, que le entrará jabón en los ojos? ¿La última vez que un bocado de bife se deshará en su boca? No quiere pensar en eso, pero las preguntas son compulsivas.
Intenta distraerse con las imágenes religiosas que lo rodean, esos bultos de madera con rostros dolientes y ojos de vidrio que el hotel exhibe con orgullo: vírgenes, arcángeles, ánimas del purgatorio y santos anónimos -unos luciendo mitras arzobispales, otros coronillas calvas- que los expertos en arte colonial no han podido identificar. La primera vez que estuvo aquí, hace unos veinte años, alguien le explicó que cuando el hotel comenzó a construirse sobre las ruinas del convento y las máquinas removieron la tierra, además de montones de trastos para el uso cotidiano de los frailes dominicos,
además de los esqueletos de los propios frailes envuel tos en hábitos y mortajas, comenzaron a aparecer decenas y decenas de esas imágenes, algunas rotas, pero la mayoría en sorprendente buen estado. Esos enanos cuerpos, tallados hace tres siglos y ante los cuales habrán doblado la rodilla tantos frailes ahora reducidos a hueso astillado, se convirtieron en los adornos del hotel y fueron desperdigados por todos sus rincones: en la recepción, en el restaurante, en la entrada del gimnasio, en el corredor que conduce a la piscina, incluso en las habitaciones. A la propia suite donde se está hospedando Santiago Arrabal la protege la espada desenvainada de un arcángel san Miguel con falda y alpargatas.
Otra vez, tres golpes fuertes seguidos de otros tres a la campanilla y finalmente se enciende una luz y se escuchan pasos. Apurada y disculpándose, asoma detrás de una puerta una muchacha diminuta, envuelta en un chal de lino que recuerda un hábito monacal dominico. No se sabe si el enfermizo color de su piel se debe a la iluminación de la recepción o a que, en efecto, como a Santiago Arrabal, la muerte le anda pisando los talones. Quiere volver a disculparse, pero él la interrumpe.
“¿Cómo te llamás, preciosa?”.
“Linda”, responde.
“¡Mirá, vos! Es como si Dios le hubiera susurrado a tu madre el nombre que tenía que ponerte”.
Linda lo mira azorada y sin borrar la sonrisa fingida. Arrabal, que no sabe si el nerviosismo de la recepcionista se debe a que lo ha reconocido, siente que debe explicarse:

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