Libro a medio camino entre la biografía y la divulgación de la obra y el pensamiento de Kant. Cada capítulo empieza con una pequeña escena de la vida del filósofo que podría haber sucedido y va haciendo un repaso de sus obras más principales, el pensamiento que se expone en ellas y las circunstancias biográficas y personales de Kant en ese momento.
He dicho que está a medio camino y a medio camino se queda. Ni se profundiza en la biografía, ni se explica con claridad las ideas. Mención aparte tiene cuando habla de la Crítica de la razón pura donde el autor divaga durante muchas páginas sobre lo compleja que es su lectura y la recomendación de que lo leamos varias veces hasta que lo entendamos.
Con todo se aprenden cosas y a pesar de lo poco organizado que está uno sale conociendo mejor a Kant que antes.
Se deja leer.
La Crítica de la razón pura no es una excepción. Leída con calma, reparando en aquellos puntos y pasajes cruciales para su comprensión general, o cuando menos significativos para nosotros, tendremos la satisfacción de haber alcanzado el Everest de la historia del pensamiento, al que solo le iguala la Metafísica de Aristóteles. Ello es así, aunque cueste creerlo, en un tiempo como el actual, en que se prefiere el pensamiento «ya hecho» y a la medida de nuestros deseos. Pero habrá valido la pena el esfuerzo, porque leer a Kant, como leer a Montaigne, Tolstói, Emily Dickinson o Proust, puede hacer cambiar —a mejor— nuestra vida.
Es usted una persona inteligente, pensativa por naturaleza y deseosa de saber: lea pues la Crítica e intente familiarizarse con los veinte o treinta términos del vocabulario propio de su autor. Si no entiende algo la primera vez, haga una segunda lectura y piense que otros tan inteligentes como usted lo han llegado a entender. Leer a Kant no es fácil, pero, leído con paciencia, no resulta difícil ni oscuro. Es como un texto de derecho: árido al principio, pero claro y explícito y, sobre todo, ordenado. Esto, además de sus profundos pensamientos y radicales ideas, es lo que lo ha hecho legible y ser leída la Crítica de la razón pura en los siglos posteriores a su aparición. Si desde Platón los libros de filosofía se han seguido editando hasta hoy, por algo será. Y la Crítica no escapa de esta constante. Si no se quiere leer el libro siguiendo el orden de sus páginas, que es en principio lo obligado y mejor, yo recomiendo su lectura empezando por el Prólogo a la segunda edición de la obra; continuar con las páginas finales, las del «Canon de la razón pura» (capítulo 2 de la Segunda parte), y tras esto, retrocediendo al comienzo de la Primera parte del libro, sumergirse en esa maravilla de la inteligencia humana que es la «Estética trascendental» (un estudio de la sensibilidad y de sus resortes cognitivos). Luego, leerlo por donde atraiga más. Esta segunda edición de la Crítica interesa en Kónigsberg también por sus notas sobre la ética, pues Kant ha publicado ya la Fundamentación de la metafísica de las costumbres y ha querido aprovechar algunas ideas de ese libro.
Aunque el filósofo dice que se trata de una obra de Metafísica, y ciertamente lo es, la Crítica se suele estudiar con razón en las universidades del mundo dentro de la asignatura de Teoría del Conocimiento. Porque de hecho es de lo que trata. El «cómo es posible la metafísica como ciencia», que ya hemos dicho y repetido que es la cuestión que más acucia a nuestro pensador, es una pregunta que se inscribe dentro de otra más general, cuya contestación permitirá dar con la respuesta a la primera. La pregunta marco es: ¿cómo es posible el conocimiento científico? Seguramente el lector o lectora ya conoce cuáles, al decir mismo de Kant, son las tres cuestiones clave de su filosofía en general y que lo son porque corresponden a los tres intereses de la razón humana: 1) ¿Quépuedo saber?, 2) ¿Qué debo hacer?, y 3) ¿Quépuedo esperar? (edición A, o primera de la obra, en su página 805). Estos serán tres verbos clave en la obra y vida de Kant: «conocer» (kennen), «deber» (sollen) y «esperar» (warten).
¿Y por qué estos intereses y no otros? La respuesta es: primero, porque la razón misma está interesada en saber de sus límites y posibilidades; y segundo, porque el ser humano quiere salir de su «minoría de edad» —emanciparse y madurar su juicio— y reconoce que el uso de la razón es justo el medio para hacerlo. Recordemos, entretanto, que la «razón» a la que alude siempre Kant es la razón común, una obra cincelada por el entendimiento humano. Pero que es también razón «pura», es decir, no derivada de la experiencia, como hacen, en cambio, los filósofos empiris-tas. La razón pura se encuentra a priori de la experiencia en nosotros mismos. «Puro» no es para Kant lo impoluto o inmaculado, sino lo que carece de mezcla: en este caso, de lo que nos viene por los sentidos y las emociones.

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