Contanstino Bertolo. La cena de los notables.

septiembre 8, 2022

Contanstino Bertolo, La cena de los notables
Periférica, 2008. 250 páginas.

Ensayo que reflexiona sobre el papel de la escritura, la lectura y la crítica. Pese a que en la contraportada se afirma que dará que hablar lo cierto es que buscando alguna reseña por la red aparecen pocas. Y eso que se habla del escándalo Echevarría.

Bertolo hace una analogía entre la situación del mundo editorial actual con una escena de una novela en la que hay una cena de los notables del pueblo. En un extremo están los que manejan el cotarro, los que tienen el verdadero poder. En la misma mesa hay gente cuya opinión se tiene en cuenta pero que no son realmente notables. Alrededor, observando la cena, está el pueblo llano, que no tiene ni voz ni voto y sólo puede asistir al espectáculo.

Se clasifican los lectores y los críticos en diferentes tipologías. Así hay lectura inocente, sectaria o letraherida. También hay críticos catadores, guardianes o tribunos. Los críticos no analizan un texto, sino una propuesta editorial. Todas estas ideas son sugerentes pero a mí se me quedaron a medio camino. No sólo porque no esté completamente de acuerdo con lo que el autor dice, sino porque no se llevan hasta sus últimas consecuencias.

Sí que es lúcido y certero en sus análisis de novelas como Madame Bovary (la lectura como configuradora de la vida), Martín Eden (la evolución de la lectura inocente a la letraherida separándose del mundo) o de la Isla del Tesoro como un ejemplo de sociedad mercantil.

He disfrutado mucho de su lectura a pesar de que no lo considere un libro redondo. Aquí lo comentan mejor: La cena de los notables

Bueno.

El libro le ofrece la posibilidad de vivir otras vidas, de trasladarse a otros tiempos y espacios. La lectura como un adulterio sin riesgos. El sueño del adulterio -vivir dos vidas- se ha cumplido. El sueño del espía -vivir dos vidas- se ha cumplido. El sueño del voyeur -vivir dos vidas- se ha cumplido. Sin riesgo de escándalo, cárcel o condena. El sueño de ser Dios -vivir dos vidas: e hizo al hombre a su imagen y semejanza- se ha cumplido. Cierto que luego debe volver a la vida real, con sus tareas, desganas, esperanzas, afectos y desafectos, problemas y pasiones, sueños y temores. Pero el paraíso perdido se puede recuperar a un precio módico. Sólo se necesita un poco de dinero y un poco de soledad.

Pero si bien esa imagen del lector como robinson aislado que es feliz en esa isla perfecta que la lectura le entrega -náufrago a salvo de los otros posibles naufragios de la vida cotidiana- parece haberse establecido como imagen ideal de la lectura en nuestra (y cuando digo «nuestra», digo clase media occidental) historia cultural, no es menos cierto que como ser social el hombre se construye con, entre o contra los otros, y en medio de un hábitat, una polis, que interviene en la organización, configuración y lectura de esa narración propia en la que el «yo» se reconoce y desde la que él mismo actúa sobre ese hábitat que si por un lado lo limita, por otro lo alimenta, y que, en cuanto lector, no sólo dispoble y predispone las lecturas a su alcance, sino que le transfiere, a través del proceso de socialización, pautas que no dejarán de afectar al «solitario» acto de leer, al 11 rmponer una especie de poética de la lectura estrechamente ligada al entendimiento de qué sea la literatura y qué cabe esperar o encontrar en ella.

El «yo» lector que se dispone a abrir un libro, una licción narrativa en concreto, lleva consigo una geologia o urdimbre constitutiva en la que su competencia para descifrar el lenguaje y los códigos narrativos, la lectura que se haya hecho de sí mismo, sus conocimientos literarios y su lectura o conciencia del mundo, son elementos llamados a intervenir con especial relevancia en esa compleja actividad que supone leer. Una urdimbre constitutiva personal que dará lugar a una lectura personal, distinta a todas las demás posibles. Cabe decir, por tanto, que de un determinado texto narrativo, pues, como dijimos, a textos narrativos limitaremos el alcance de estas reflexiones, habrá tantas lecturas como lectores. De esta evidencia se pretende, sin embargo, y a menudo, extrapolar algo más cuestionable: la inexistencia de un texto único, aceptándose una deriva falsa y fantasiosa: en un texto hay tantos textos como lectores.


En la tradición humanista y romántica sobre la que siguen descansando nuestras cartografías culturales, la lectura de las obras literarias se considera como una especie de diálogo de intimidades en el que la vida interior del lector entra en contacto directo con las verdades superiores que el texto del autor encarna. Y da igual que Marx, Nietzsche o Freud hayan desmontado los supuestos básicos de tan espiritual actividad. A la hora de la verdad -de expresar la verdad que un texto encierra- la mayoría de los intérpretes se acogen a esta partitura incorporando si acaso unas notas de existencialismo más o menos rebelde, según sea su actitud de mayor o menor rechazo a los modos de vida dominantes, o unos toques de fascinación por la metaliteratura y las simetrías borgianas. Desde esta consideración de baile de almas es fácil entender la general sospecha que recae sobre la figura del crítico en cuanto que éste no dejaría de ser un «entrometido» molesto que con su presencia interrumpe tan sublime coyunda entre el «ser libre» del lector y el «quehacer libre» del autor. El único crítico aceptable en tal tradición sería aquél que limitase su presencia a bendecir (bien decir), ensalzar y levantar acta de tales esponsales al modo de los sacerdotes católicos en el sacramento del matrimonio. Cualquier otro crítico que por allí aparezca con distinta pretensión será acusado implícita o explícitamente de arribista, impostor, eunuco o monaguillo. Parásito intelectual viviendo siempre a la sombra de las propinas que los padrinos de la boda tengan a bien concederle.

En la realidad de nuestro campo literario abundan los críticos de corte impresionista: los que nos ofrecen el resultado del encuentro entre el texto y su gusto sin que apenas se les ocurra preguntarse por qué les gusta lo que les gusta o por qué les disgusta lo que les disgusta; los críticos que se erigen como custodios de la tradición literaria son escasos, y en la mayoría de los casos son incapaces de aceptar que la literatura ni empieza ni acaba en lo literario; y los tribunos, aquéllos que entienden que la literatura es una forma de expresión y construcción de los imaginarios colectivos y de las subjetividades actuantes, no aparecen ni siquiera en aquellas instancias periodísticas que ligadas en mayor o menor grado a ideologías políticamente enfrentadas o incómodas para el sistema (por ejemplo Gara -al menos en las páginas escritas en castellano-, Mundo Obrero, A Nosa Terra,Le Monde Diplomatique) reproducen en sus páginas literarias criterios de juicio de corte impresionista en donde el humanismo difuso, la autocelebración y la rebeldía existencialista, cuando no la banalidad metalite-raria, aparecen como paradigmas de la excelencia. Con esta composición no es de extrañar que la crítica literaria en nuestra geografía aparezca como una acomodada institución mercantil que en su mejor versión expende certificados de homologación, y en su peor papel -el más abundante- se limita a realizar trabajos de publicidad más o menos encubierta bajo su «noble» apariencia de actividad «estética e independiente». Una actividad «feliz» sólo alterada muy superficialmente por las pequeñas envidias, resquemores, odios, manías y rencores que la lucha por el prestigio y los estipendios produce, diríase, de manera natural.

2 comentarios

  • Francisco septiembre 8, 2022en9:40 am

    Hola Juan Pablo, a mí fue un ensayo que me gustó mucho, pero que se me quedó sin reseñar. Para los que leemos, reseñamos y escribimos creo que este ensayo es mollar por todas sus vertientes.
    Un abrazo y feliz regreso de las vacaciones,
    Francisco

  • Palimp septiembre 18, 2022en5:56 pm

    Sí, da para muchas reflexiones. Un abrazo muy fuerte!!

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