Xavier Sala i Martín. Economía en colors.

junio 24, 2019

Xavier Sala i Martín, Economía en colors
Penguin Random House, 2015. 294 páginas.

Ya leí hace tiempo un libro del autor: Economía liberal para no economistas y no liberales y decidí no leer ninguno más. Ni estoy de acuerdo con la ideología del autor ni en como expone sus ideas. Pero obligado por un curso que estoy haciendo me toca leer esta Economía en colores.

Nace de un programa que se emitió en TV3 donde dentro de cada color se explica un término económico. La idea no es mala, pero el autor escogido sigue sin ser santo de mi devoción. En este libro me he encontrado con varias cosas que se puede matizar y otras que se pueden criticar sin problemas.

Una de ellas. Saca a colación un estudio sobre cuánto costaría en otros tiempos tener la iluminación de una bombilla. De acuerdo al mismo hemos pasado de unos céntimos (y poco tiempo de esfuerzo laboral) de una hora de luz a las más de 54 horas que le costaba a un hombre prehistórico obtener lo mismo. Aquí me dije, un momento, ¿54 horas para una hora de luz? Alguna acampada he hecho y no hemos tardado tres días en conseguir leña para hacer el fuego de por la noche. Voy al estudio original y veo que esas horas son el tiempo necesario para obtener la misma cantidad de lúmenes. Una hoguera no ilumina tanto como una bombilla y hacen falta más horas de fuego para obtener lo mismo. Pero no hacen falta 54 horas para tener una hora de fuego. Aún así el autor afirma que antes del XIX la luz era algo que sólo estaba al alcance de los ricos. Quizás tener una lámpara con cincuenta velas, pero una vela la podía tener cualquiera, aunque la calidad de la luz no sea buena…

Un capítulo está dedicado a las ayudas al desarrollo, indicando con buen tino que no han funcionado como se esperaba, y que una buena manera de evaluar estas ayudas se basa en comprobar su eficacia. Todo correcto. Sin embargo antes, hablando de la educación, se despacha a gusto diciendo que hay que estimular la creatividad, que las escuelas modernas la asfixian, y que algunas escuelas de las que da nombre si que la promueven con sus planes de estudio. Pues bien, evidencia de todas las afirmaciones: que la creatividad es importante, que las escuelas la matan, que algunos planes la estimulen e incluso que se puede estimular. Es difícil evaluar algo como la educación, pero ya hay gente que se dedica a hacerlo y a hacerlo bien: Educación basada en la evidencia. Por ejemplo comenta lo de las inteligencias múltiples que es más un mito que una realidad.

Peor todavía es el capítulo dedicado a la innovación, donde afirma que la innovación no es la investigación universitaria, ni el número de patentes de una compañía. No señor, la innovación son las ideas felices que se le ocurren a hombres normales y corrientes capaces de levantar imperios como Zara, Ikea o Starbucks. Y no negaré yo que una parte importante de toda empresa es la capacidad de vender y monetizar descubrimientos, pero ¿quitarle toda importancia a la investigación? Eso sería un desastre de proporciones mayúsculas. Entre otras cosas porque la humanidad podría sobrevivir perfectamente si mañana desapareciera Zara, pero hay mucha gente que está esperando mejores medicinas, medios de transporte más ecológicos y un largo etcétera.

Resumiendo: algunas cosas están bien, pero otras son auténticas barbaridades muy discutibles, cuando menos.

No me ha gustado.

Veiem, doncs, que sovint tenim una idea equivocada de què és la innovació. Però, què és exactament la innovació? Abans de donar la resposta, deixeu-me que us pregunti què creieu que tenen en comú Zara, McDonald’s, Ikea, Cirque du Soleil, Starbucks o El Bulli?
La primera cosa que clarament tenen en comú totes aquestes empreses és que representen grans idees empresarials. Idees que han generat centenars de milers de llocs de treball i milers de milions d’ingressos i beneficis per als seus creadors.
La segona és que totes aquestes idees han succeït en sectors tradicionals. De fet, sectors mil·lenaris! Fa 40.000 anys que l’home es va inventar l’agulla i va fer la primera peça de roba. Doncs bé, 40.000 anys després, Amancio Ortega innova en el sector de la confecció. A les cases primitives del neolític ja tenien el que podrien ser considerats mobles. Doncs 5.000 anys després d’aquells

mobles primitius, Ingvar Ramprad innova en el sector dels mo-l·les amb Ikea. Els romans ja tenien circ. Tot i així, més de 2.000 anys després, Guy Laliberté innova en aquest sector mil·lenari. Sembla que els etíops bevien cafè al segle ix de la nostra era. Onze segles després els creadors de Starbucks innoven en el sector del Cafè. I no cal parlar de la cuina. Fa quasi un milió d’anys que els homínids utilitzem el foc per coure aliments. Un milió d’anys després Ray Crock i Ferran Adrià innoven en el sector de l’alimentació amb la creació de McDonald’s i El Bulli, respectivament.
El fet que aquestes grans idees empresarials hagin succeït en sectors tradicionals no és un fet menor. Demostra que, a diferència del que pensa molta gent, la innovació no només passa i no només ha de passar en els sectors anomenats «punta», com la biotecnologia, la informàtica, la robòtica o les telecomunicacions. I ,a innovació pot i ha de tenir lloc a tots els sectors de l’economia, per més tradicionals que siguin. Aquesta és una lliçó que molts polítics farien bé d’aprendre.
Una segona característica comuna encara més important és c]ue cap d’aquestes brillants idees empresarials no es va concebre amb l’objectiu d’aconseguir una patent. Cap d’elles és fruit de la recerca formal (R+D). De fet, cap dels innovadors que van crear aquestes empreses era un científic o un investigador amb la seva bata blanca, el seu laboratori i els seus ratolins experimentals: l’Amancio Ortega (Zara) era un treballador que venia camises i barnussos. Ingvar Kamprad (Ikea) era un estudiant de disset anys. Guy Laliberté era un malabarista que llançava bitlles davant dels cotxes als semàfors de Mont-real. Jerry Baldwin, Zef Siegl i Gordon Bowker (Starbucks) eren un professor d’anglès, li n mestre d’història i un poeta. Ray Crock (McDonald’s) era un venedor de màquines de fer batuts. I Ferran Adrià fregava plats en un petit hotel de Castelldefels.

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