Walter Lewin. Por amor a la física.

febrero 22, 2017

Walter Lewin, Por amor a la física
Debate, 2012. 384 páginas.
Tit. Or. For the love of physics Trad. Marcos Pérez Sánchez.

Walter Lewin es un famoso profesor de física del MIT cuyas clases levantan pasiones por su claridad y espectacularidad. Aquí tienen un ejemplo: Clase de Walter Lewin.

Ayudado por Warren Goldstein ha escrito este libro que abarca varios temas, aunque tiene una división informal en dos partes. La primera habla de sus clases, explica los mismos conceptos y pone ejemplos parecidos y algunas fotos. La segunda -que a mí es la que más me ha interesado- habla de su trabajo como cosmólogo, de sus estudios con los rayos X y de cosas personales que tienen bastante interés.

Divulgación científica muy entretenida y fácil de entender. No creo que, como algunos de los mails que recibe el autor, vaya a cambiar la vida de nadie. Pero aprenderemos seguro.

Levantando el vuelo: globos, detectores de rayos X
Y SU LANZAMIENTO
Antes de que un físico pueda hacer cualquier cosa (a menos, claro está, que sea un físico teórico, en cuyo caso solo necesitará una hoja de papel o una pantalla de ordenador), tiene que conseguir financiación para construir el equipo y pagar a los becarios, y a veces también para largas estancias lejos de casa. Gran parte de lo que los físicos hacen en realidad es redactar solicitudes de becas, en programas muy competitivos, para obtener financiación para sus investigaciones. Sé que no es sugerente ni romántico, pero créeme, nada sucede sin esta parte del trabajo. Nada.
Puedes tener una idea maravillosa para un experimento o una observación, pero si no sabes cómo convertirla en una propuesta ganadora no llegará a ningún sitio. Siempre competíamos con los mejores del mundo, por lo que la lucha era feroz. Lo sigue siendo, prácticamente para cualquier científico en el campo que sea. Cuando ves a un científico experimental de éxito —en biología, química, física, informática, economía o astronomía, da igual—, estás viendo también a alguien que ha sabido imponerse a sus competidores una y otra vez. En general, eso hace que no sean personas afables y poco
espabiladas. Por eso a mi mujer Susan, que ha trabajado diez años allí, le gusta decir: «No hay ego pequeño en el MIT».
Supongamos que conseguíamos la financiación, algo que solía suceder (yo recibí un generoso apoyo por parte de la National Science Foundation y de la NASA). Lanzar un globo a casi 50 kilómetros de altura, con un telescopio de rayos X de casi 1.000 kilos (enganchado a un paracaídas) que tenías que recuperar intacto, era un proceso muy complejo. Debías tener la certeza de que el tiempo sería estable durante el lanzamiento, porque los globos eran tan delicados que una ráfaga de viento podía dar al traste con toda la misión. Necesitabas cierta infraestructura —sitios y vehículos de lanzamiento, y elementos por el estilo— para conseguir que los globos ascendiesen en la atmósfera y para poder seguir su recorrido. Como yo quería hacer observaciones en la dirección aproximada del centro de la Vía Láctea, lo que se llama el centro galáctico, donde están situadas muchas de las fuentes de rayos X, necesitaba hacerlas desde el hemisferio sur. Elegí hacer el lanzamiento desde Mildura y Alice Springs, en Australia. Estaba muy lejos de mi casa y de mi familia —por aquel entonces tenía cuatro niños—, normalmente durante períodos de dos meses cada vez.
Todo lo que rodeaba los lanzamientos era caro. Los propios globos eran enormes. El más grande de los que lancé (que en ese momento fue el globo más grande que se había lanzado nunca, y puede que lo siga siendo) tenía un volumen de casi un millón y medio de metros cúbicos; completamente inflado y volando a cerca de 45.000 metros de altura, su diámetro era de unos 72 metros. Los globos estaban hechos de un polietileno muy ligero (de una milésima de centímetro de grosor, más fino que el plástico para envolver alimentos o el papel de fumar). Si llegaban a tocar el suelo durante el lanzamiento podían rasgarse. Estos hermosos globos gigantes pesaban unos 320 kilogramos. Normalmente llevábamos uno de repuesto y cada uno costaba 100.000 dólares (hace cuarenta años eso era mucho dinero).
Se fabricaban en fábricas gigantescas. Las nesgas, las secciones del globo que parecen gajos de piel de mandarina, se fabricaban por separado y se unían sellándolas con calor.

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