Steve Redwood. El pescador de demonios.

septiembre 12, 2014

Steve Redwood, El pescador de demonios
El tercer nombre, 2008. 384 páginas
Tit. Or. Fisher of devils. Trad. Frank Schleper.

Ya he comentado por aquí ¿Quién necesita a Cleopatra?, una novela muy divertida. Aunque los temas y la estructura son muy diferentes el estilo y el humor se parecen mucho.

Les copio de la tormenta que estoy vago:

La historia que narra Steve Redwood no es precisamente modesta: comienza con la Creación y termina un poco después del Apocalipsis, un Apocalipsis muy especial. Sus escenarios son el jardín del Eden, el Infierno, el Limbo y el Cielo, con un par de paradas en la Estación de Tránsito. Sus protagonistas son Dios, Satán, San Pedro, Adán, Eva, la serpiente y su mujer, la Virgen María, los principales arcángeles y los principales demonios, más un par de santos y varios personajes infernales.

El argumento deja bastante que desear, ya que no hay una trama propiamente dicha, sino sucesiones de situaciones en el mismo ambiente mítico. La traducción cojea a veces, y el humor en ocasiones es de sal bastante gruesa.

Como ven, defectos muchos. Pero también virtudes que los compensan con creces. Hay escenas muy divertidas, mucha irreverencia y mucha humanidad (a veces donde menos uno se lo espera, como en los demonios). Cariño por los personajes y buen hacer.

No puedo evitarlo, el autor me gusta. Otras reseñas: El pescador de demonios, Steve Redwood y Reseña y Opinión : El pescador de Demonios (Steve Redwood) Val : 679.

Calificación: Bueno.

Extracto:
Aquella noche, a la luz de la Nube, trabajó hasta altas horas para suavizar, redondear y refinar las formas de su creación. Retocó mil veces los senos hasta que al final ya no parecían un mero añadido al cuerpo de Adán, sino la pura esencia del nuevo ser. Emergían como la promesa suave de alegría, paz y emoción, ofrecían tanto, lo desconocido y lo conocido a la vez, parecían seguros y al mismo tiempo extrañamente vulnerables, con el malicioso y triunfante empuje de los pezones sugiriendo el capullo indeciso de una flor que aún estaba por nacer. Proponían un mundo de sueños, mientras suplicaban ser tocados para evitar que ellos mismos se desintegrasen en un sueño. Se movían con desafiante sensualidad y, con el contacto más suave, se balanceaban como dos nenúfares fantasmas de Andrómeda a punto de abrirse, meciéndose sobre un lago plateado.
A su vez, también la fonda era mucho más que la mera ausencia de un colgante. Dios formó la arcilla con tal intensidad que la carne misma adquirió una consistencia diferente, más húmeda y elástica, llena de extrañas potencias y cubierta de delicadas capas de piel que parecían llamar con cantos de sirena y urgentes susurros de fuego y santuario, dominio y rendición. Si la naturaleza del colgante era estar preparado para quemarse en una rápida llama impetuosa, la de esta nueva maravilla era hervir a fuego lento, arder despacio, insinuando una paz que va mucho más allá del entendimiento.
Sin embargo, éstas eran sólo las diferencias más superficiales. Había un millar de otros cambios pequeños. Todo el cuerpo daba una impresión más suave —más suave, no más débil—, ya que Dios había destilado de la bruta fuerza física de los músculos de Adán el conmovedor poder de la belleza: la delicada curva de la nuca, los esbeltos brazos con apenas una sombra de pelo y una corriente sumergida de tímidas venas recorriéndolos, el elegante movimiento de cintura y cadera, los rizados arpegios del vello del vientre, las frescas y lánguidas cadencias de muslo y pierna. Una nueva clase de belleza. Una nueva clase de armonía. Una nueva clase de poder.


—Por cierto, ¿por qué se molestan en convencer a la gente para que vendan su alma si la mayoría viene al Infierno de todos modos?
—Eso es por una de las adendas del Tratado de Edén. Ya sabes que el alma en sí no siente dolor. Por consiguiente, cuando hablamos de almas, hablamos de los cuerpos que las contienen. Aunque no caigan por muerte natural, pueden morir aquí igual de rápido que en la Tierra, y luego las almas flotan por ahí y ya no sirven de nada; como mucho para que los niños sagarrines las utilicen en sus prácticas de catapulta. Es más, como ya no podemos hacerles más daño, se vuelven increíblemente insolentes. Por la noche tengo que cerrar la ventana porque, si no, se meten dentro y gritan cosas como «¡Dios mola!» y otras obscenidades.

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