Sergio S. Morán. El dios asesinado en el servicio de caballeros.

abril 30, 2019

Sergio S Morán, El dios asesinado en el servicio de caballeros
Penguim Random House, 2016. 336 páginas.

La detective Parabellum está especializada en casos peculiares. Casos que incorporan a seres sobrenaturales: vampiros, duendes, personajes mitológicos que son reales y pululan de tapadillo por algunos bares de Barcelona. Cuando un amigo le llama para que se encargue de un dios que se ha encontrado asesinado en el lavabo de su bar las cosas se pondrán complicadas.

Es un placer leer estas aventuras ambientadas en una Barcelona muy real pero protagonizadas por personajes de fantasía que se comportan como delincuentes, sicarios de corporaciones o ejecutivos malencarados. El enfrentamiento entre dos mitologías, con una detective en medio, me ha resultado refrescante y divertido.

No sé si el final deja abierta la puerta para una continuación de las aventuras de la detective Parabellum, pero si es así las seguiré leyendo encantado.

Recomendable.

El coche iba dando botes cada vez que hundía una de las ruedas en un socavón. La gravilla saltaba si pisaba el acelerador más de la cuenta y la pista por la que iba se encontraba en tan mal estado que me obligaba a ir por debajo de la velocidad mínima que era capaz de indicar mi cuentakilómetros. Estaba fascinada tanto por el hecho de que alguien pudiera vivir allí como porque mi GPS supiese de la existencia del camino de cabras donde había metido mi coche.
La suspensión me recordaba, a base de darme cabezazos contra el techo, que tenía que pasar la ITV, y decidí tomarme el resto del camino con calma a pesar de que ya se me había hecho de noche. Además, no quedaban más de quinientos metros hasta la cabaña donde supuestamente vivía el centauro. Por suerte, la lluvia había cesado hacía rato, pero el camino seguía embarrado y las ruedas patinaban con cada bache.
Vi la luz de la casa a lo lejos. Era una vivienda apartada, pero no se podía negar que el centauro tenía buen gusto. Una masía típica, de piedra, junto a una enorme pradera. No era ninguna sorpresa; las criaturas con más
de un siglo solían amasar pequeñas fortunas, y mi siguiente visita parecía haberlo hecho también.
A esas horas y en ese sitio supuse que no molestaría a nadie, así que dejé el coche parado en mitad de la pista. Apagué el motor, bajé del vehículo y me dirigí a la puerta de la casa. Por lo que me habían contado dé él, no creía que su habitante fuese el centauro que buscaba, solo confiaba en que me llevase hasta él, pero aun así tenía mi pistola en la funda y avanzaba con precaución. Al acercarme a la puerta, empecé a oír música a todo volumen en el interior, acompañada de unos golpes.
Llamé al timbre y los golpes cesaron; tardé poco en darme cuenta de que era un repiqueteo de cascos. El volumen de la música bajó y volví a oír el ruido de cascos acercándose, con ritmo suave, a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó una voz masculina en el interior.
—¿Hari? —pregunté en voz alta, confiando en pronunciar su nombre correctamente.
La puerta antigua de madera se abrió, al menos lo hizo su mitad superior, y dentro pude ver a un hombre en camiseta, alto, fuerte y bien parecido. Había algo en sus rasgos que llamaba la atención, un toque oriental casi sensual. No me hizo falta asomarme para adivinar que de cintura para abajo tenía cuerpo de caballo.
—Poca gente me conoce por ese nombre, y ninguno es huma…
El centauro se quedó mudo al verme y, tras medio segundo de duda, cerró con tal fuerza que casi tiró abajo la puerta, haciéndola rebotar contra el marco.

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