Robert Musil. Las tribulaciones del estudiante Törless.

enero 31, 2011

Seix-Barral, 1984. 216 páginas.
Tit. Or. Die verwirrungen des zöglings Törless. Trad. Roberto Bixio y Feliu Formosa.

Robert Musil, Las tribulaciones del estudiante Törless
Pubertad

A falta de releer la monumental e incabada El hombre sin atributos bien esta no perder la pista a Musil con estas tribulaciones -su primera novela- que descubrí gracias a Magda y a Juan García Ponce.

La adolescencia es una edad complicada. La sexualidad está a flor de piel, en muchas ocasiones no está bien definida, y si se vive en una época en la que existía una cierta repesión sexual puede estallar por cauces insospechados. Violencia física y psicológica, relaciones de poder con amos y esclavos. Todo esto vivirá el estudiante Törless en su primer año de interno en el colegio.

Un fascinante retrato de época con unos personajes intemporales. Vivimos en una época mucho más abierta, pero la confusión de la pubertad es siempre la misma.


Extracto:[-]

Ellas se juntaron mientras ahogaban risotadas, por la presencia de los «señoritos». Cuando al pasar alguien les rozaba con demasiada rudeza el pecho, lanzaban chillidos, o replicaban, en medio de carcajadas, con alguna grosera palabrota o un golpe en las caderas. Otras se limitaban a mirar con grave enojo a los jóvenes, y el campesino que acertó a llegar en ese momento sonrió turbado, a medias inseguro, a medias benévolo.
Tórless no participó en estas -orgullosas, tempranas, manifestaciones de virilidad de sus amigos.
La razón de ello estaba, acaso, en parte en cierta timidez frente a las cuestiones sexuales, como le ocurre a la mayor parte de los adolescentes; pero, sobre todo, en la naturaleza especialmente sensual de Tórless, que tenía colores más escondidos, vigorosos y oscuros que la de sus camaradas y se manifestaba por ello con mayor dificultad.
Mientras los otros se comportaban desvergonzadamente con las mujeres, más por parecer «elegantes» que por verdadera avidez, el alma de silencioso del joven Tórless se revolvía flagelada por una verdadera obscenidad.
Miraba con ojos tan ardientes, a través de las venta-nitas y estrechos corredores, al interior de las casas, que sentía bailar continuamente, frente a los ojos, como una redecilla.
Niños casi desnudos se revolcaban entre las inmundicias de los patios. Aquí y allá, la falda de una mujer que trabajaba mostraba la corva desnuda, o tieso entre los pliegues del vestido se acentuaba el túrgido pecho. Y como si todo aquello tuviera lugar en una atmósfera completamente diferente, animal, agobiante, del corredor de las casas se exhalaba un aire pesado, denso, que Tórless aspiraba con vehemencia.


Era la misteriosa y melancólica voluptuosidad sin objeto, que no se refería a nadie; era esa voluptuosidad del adolescente que es como la húmeda, negra tierra de primavera, cargada de simientes, y como esas oscuras corrientes subterráneas que sólo necesitan un motivo fortuito para aflorar a la superficie.
La aventura que había vivido Tórless había sido ese motivo. Por obra de una sorpresa, de un equívoco, de un desconocimiento de sus propias impresiones, los callados escondites en los que el alma de Tórless había reunido todo lo secreto, prohibido, lascivo, incierto y solitario, habían estallado y toda aquellas oscuras conmociones se encauzaron hacia Basini. Porque allí toparon por fin con algo cálido, con algo que alentaba, que exhalaba cierto aroma, que era carne; con algo en lo que los imprecisos y voluptuosos sueños cobraban forma sin perder su belleza, siendo así que en cambio Bozena los había azotado con cáustica fealdad. Aquello le había abierto de golpe una puerta a la vida y, a la inedia luz que surgiera, se mezclaba todo, deseo y realidad, lascivas fantasías e impresiones que aún conservaban los cálidos rastros de la vida, sensaciones que le venían de fuera y llamas que la envolvían desde dentro, abrazándolas hasta el punto de que ya no era posible reconocerlas.
Y el propio Tórless ya no podía discernir estas cosas; para él todo estaba unido en un único, confuso, inarticulado sentimiento, que Tórless, en su sorpresa, bien podía confundir con el amor.

2 comentarios

  • Apostillas literarias febrero 4, 2011en5:24 am

    Es una excelente novela. Musil, es grande.

  • Palimp febrero 5, 2011en10:44 am

    Realmente grande.

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