Philippe Claudel. La nieta del señor Linh.

febrero 15, 2013

Philippe Claudel, La nieta del señor Linh
Salamandra, 2006. 126 páginas.
Tit. Or. La petite fille de Monsieur Linh. Trad. José Antonio Soriano.

Una breve novela que me dejó una amiga y en cuya lectura fallé estrepitosamente. Luego lo cuento.

El señor Linh es un refugiado que no se separa de su nieta, y que trabará amistad con un desconocido en el parque. No se entienden mutuamente por razones de idioma, pero los dos comparten la pérdida de sus seres queridos, y pese a todo se harán amigos.

La descripción y el desamparo del emigrante en una tierra extraña están muy bien conseguidas, la ternura de la relación de los dos protagonistas me conmovió, pero me pareció que el libro quedaba en nada. Pero se me escapaba algo, un detalle del que se dan pistas en varios momentos pero yo no supe ver (buscando por internet veo que no soy el único, pero error de muchos…).

No sé si el percatarse de ese detalle mejora o no la lectura, pero mi valoración está sesgada. Aunque me gustó no sé si me hubiera gustado más o menos. Es breve, así que ustedes mismos pueden hacer la prueba. Otra reseña aquí: La nieta del señor Linh

Calificación: Se deja leer.

Extracto:
Avanza por la acera sin ver realmente la ciudad, absorto en su propio avance. La mujer del muelle y la joven intérprete tenían razón. Es verdad que sienta bien andar, moverse un poco, y la niña, que lo mira con sus negros ojillos, tan brillantes como piedras preciosas, parece pensar lo mismo.
El señor Linh sigue caminando un buen rato, sin apenas darse cuenta de que pasa y vuelve a pasar por delante del edificio del dormitorio, porque, como no baja de la acera, su paseo circular lo hace dar vueltas alrededor de una gran manzana de casas.
Una hora después, más o menos, se nota cansado y se sienta en un banco, frente al parque que hay al otro lado de la calle. Se coloca a la niña sobre las rodillas y saca de un bolsillo un envoltorio en el que ha metido arroz hervido. Se lleva el arroz a la boca, lo mastica hasta hacerlo tan pastoso como papilla y a continuación se lo saca y se lo da a la niña. Después deja vagar la mirada en derredor.
Nada le resulta familiar. Es como si hubiera venido al mundo por segunda vez. Pasan coches que nunca ha visto, en un número incalculable, como un fluido y ordenado ballet. En las aceras, los hombres y las mujeres andan muy deprisa, como si les fuera la vida en ello. Nadie lleva harapos. Nadie pide. Nadie mira a nadie. También hay muchas tiendas. Sus anchos y hondos escaparates están atestados de artículos que el anciano ni siquiera sabía que existieran. Mirar todo eso le da vértigo. Recuerda su aldea como se recuerda algo que se ha soñado sin saber a ciencia cierta si era un sueño o una realidad desaparecida.
La aldea no tenía más que una cañe. Sólo una, y de tierra batida. Cuando caía la lluvia, violenta y perpendicular, la calle se convertía en un impetuoso torrente en el que los niños correteaban desnudos. Cuando estaba seca, los cerdos dormían y se revolcaban en el polvo, y los perros se perseguían ladrando. En la aldea se conocía todo el mundo, y todo el mundo se saludaba. En total eran doce familias, y cada una se sabía la historia de las demás, los nombres de los primos, los abuelos, los antepasados, y estaba al corriente de los bienes que poseían unos y otros. El pueblo, en suma, era como una gran y única familia distribuida en casas erigidas sobre postes, entre los que gallinas y patos picoteaban el suelo y cacareaban. El anciano repara en que, cuando habla de la aldea consigo mismo, lo hace en pasado. Y siente una punzada en el corazón. La siente realmente, así que se lleva la mano libre al pecho y se lo aprieta con fuerza para hacerla cesar.

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