Philipp Vandenberg. El tesoro de Troya.

marzo 26, 2014

Philipp Vandenberg, El tesoro de Troya
Javier Vergara, 1997. 430 páginas.
Tit. Or. Der schatz des Priamos. Trad. María Gregor.

En este libro se cuentan dos hstorias que parecen de novela. La vida de Heinrich Schliemann, que de la nada consiguió hacer una enorme fortuna mediante el comercio primero y haciendo de banquero en Sacramento durante la fiebre del oro, además de con negocios inmobiliarios. En 1868 decide dedicarse a la arqueología y buscar nada más y nada menos que las ruinas de Troya. !Y va y las encuentra!

Por otro lado, y más brevemente, se cuenta la historia del tesoro de Príamo, que Schliemann donó a Alemania, y que se perdió durante la segunda guerra mundial. Pero no se perdió, lo estuvo custodiando el profesor Unverzagt hasta que se lo llevaron los rusos. Luego estos cantaron el pío pío yo no he sido, yo no lo tengo y así hasta 1993. En ese año aparece en el museo Pushkin, donde había estado siempre. Y se montó la marimorena: La aparición del tesoro de Príamo enfrenta a cuatro países en una nueva guerra de Troya

Que alguien alcance una fortuna es meritorio, aunque no infrecuente. Que un aficionado con pájaros en la cabeza y sin ninguna formación arqueológica le pase la mano por la cara a los mayores expertos de su tiempo es memorable. Que encuentre el tesoro de la guerra de Troya (aunque luego no era tal) lo escamotee, se lo ponga a su mujer para decirle ‘Llevas puestas las joyas de Helena’ roza lo inverosímil. De Schliemann dice el autor:

La historia del tesoro de Troya es también la historia de un egómano cargado de complejos, un necrómano saqueador de cadáveres, un mitómano obsesivo y un psicópata, héroe y villano a la vez en la novela de su vida, una mezcla extrema de lo fantástico y lo real, que él mismo urdió.

El autor, por lo visto, ha escrito bastante novela histórica de éxito. Es posible que el libro sea menos ensayo y más literario, pero no cabe duda de que el autor está informado. Eso sí, no creo que encuentren este libro fuera de alguna biblioteca.

Calificación: Bueno y la historia muy interesante.

Extracto:
Ese encuentro de la noche del 9 de julio de 1868 despertó en él la fiebre de cavar. Desenterraría tesoros del pasado con sus propias manos y empezaría por la mañana del día siguiente. Heinrich contrató cuatro peones, además de un muchacho y una niña para transportar las provisiones al monte Aetos, un caballo para su uso personal y un asno para cargar las herramientas necesarias.
A las cinco de la mañana se puso en camino con su pequeña expedición. La meta: la cima del monte Aetos y el palacio de Odiseo. Primeramente, escribió Schliemann, mandé a los cuatro hombres arrancar de raíz los matorrales, y luego cavar en el ángulo nororiental, donde, de acuerdo con mis sospechas, debía de erguirse el magnífico olivo, de cuya madera Odiseo confeccionó su tálamo nupcial y luego construyó su alcoba en el lugar que había ocupado el árbol.
Las anotaciones de Schliemann hacen evidente la ingenuidad con la que el excavador emprendió la tarea, ingenuidad que más tarde lo haría blanco de burlas. Sin embargo, fue precisamente su ingenuidad lo que lo convirtió en el arqueólogo más grande de la era moderna.
El lugar donde Schliemann hundió la pala por primera vez prometió pocos resultados: escombros, ladrillos, y, a sesenta y seis centímetros de profundidad, la roca desnuda.


La manera como Heinrich Schliemann manipuló el tesoro, como lo usó para sus fines y para cimentar su fama puede ser cuestionable, pero arroja una significativa luz sobre su descubridor, que, según sus propias palabras, ya no vivía sino para la ciencia. Esta luz ayuda, al menos en parte, a explicar su inmenso éxito.
Schliemann, el héroe de la Crisis del Progreso, reconoció precozmente —estamos tentados de decir con cien años de anticipación— el poder de la propaganda. Esta, al igual que él una criatura del siglo xix, oculta a grandes voces las faltas de un producto. Aquí el producto que había que imponer en el mercado era su propia persona. Si viviera aún el héroe de la apartada provincia de Mecklemburg, de la cual Bismarck dijo cierta vez que cuando el mundo se acabara tardaría tres meses en hundirse allí, sería celebrado tan sólo por el perfecto retrato que hizo de sí mismo.
La historia del tesoro de Troya es también la historia de un egómano cargado de complejos, un necrómano saqueador de cadáveres, un mitómano obsesivo y un psicópata, héroe y villano a la vez en la novela de su vida, una mezcla extrema de lo fantástico y lo real, que él mismo urdió. Es decir: primeramente ideó su vida, luego trató de materializar esa idea.
Sofía Schliemann, ella también un producto de su marido como todo lo que él tocaba, continuó su egomanía al encargar en 1925 a Emil Ludwig, el famoso escritor alemán de moda, una biografía de su difunto esposo. ¡Cómo una biografía! ¡Iba a ser la biografía! Ludwig, nacido en Breslau, vivía junto al lago Maggiore y ya había escrito las vidas muy leídas de Guillermo II, Bismarck, Goethe y Napoleón. Por lo tanto, sería un digno biógrafo de su esposo.


Los gendarmes lo llevaron al hospital más cercano, pero no lo admitieron allí. El desconocido mudo no traía consigo documentos ni dinero, sólo una receta médica, extendida por el doctor Cozzolino.
El facultativo lo identificó como el gran Heinrich Schliemann, el descubridor de Troya y del Tesoro de Príamo. Simultáneamente Schliemann salió de su inconsciencia y le indicó con insistentes ademanes que deseaba regresar enseguida a su hotel.
Cuatro hombres lo introdujeron a través del vestíbulo. Sucabe-za pendía laxa hacia adelante, tenía los ojos cerrados y su tez era de un color ceniciento.
Un huésped del hotel, que muchos años más tarde alcanzaría fama mundial, fue testigo del episodio. Se trataba de Henryk Sienkiewicz, Premio Nobel de Literatura y autor de Quo Vadis?
Sienkiewicz observaba la escena desde un sillón. Entonces se le acercó Hauser y le preguntó:
—Señor mío, ¿sabe usted quién es el enfermo?
—No —contestó el huésped.
—Ese es el gran Schliemann —informó Hauser, enigmático.
—¡Pobre gran Schliemann! Descubrió Troya y Micenas, mereció por ello la inmortalidad y ahora yace en agonía.
El estado de Schliemann era en extremo crítico, por lo cual el doctor Cozzolino mandó llamar al profesor von Schroen, médico clínico y este diagnosticó una inflamación purulenta de ambos oídos que ya había dañado al cerebro, meningitis y hemiplejía.
Con la premura del caso, el profesor llamó a consulta a otros siete facultativos que en una habitación contigua a la del paciente deliberaron varias horas sobre el procedimiento a seguir.
Finalmente decidieron practicar una trepanación, pero no llegaron a tiempo porque Schliemann expiró mientras los ocho galenos cambiaban opiniones. Fue el 26 de diciembre de 1890 a las tres y media de la tarde. El óbito solitario de un solitario.

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