Paul Di Filippo. Páginas perdidas.

noviembre 6, 2011

Grupo AJEC, 2004. 240 páginas.
Tit. or. Lost Pages. Trad. Eugenia Arrés López.
Paul Di Filippo, Páginas perdidas
Contrafacta

Dado el buen sabor de boca que me dejó La trilogía Steampunk no es de extrañar que repita y con parecido resultado: disfrutar de un buen libro.

Se denomina ucronía a las historias alternativas; por ejemplo, que Hitler hubiera ganado la segunda guerra mundial. Algo parecido hace aquí Di Filippo, plantea alternativas a la vida de ciertos escritores, pero en vez de aspirar a la verosimilitud juega con los géneros y los hace protagonistas de tramas literarias. Por ejemplo, Kafka es contratado por su tío, que trabajaba en Madrid a cargo de la construcción de ferrocarril, viaja por todo el mundo, y en el Nepal conoce a un maestro que le enseña lo suficiente para convertirse en la Grajilla (kavka). Su tapadera es su profesión de periodista encargado de responder a las consultas de los lectores, donde da rienda suelta a su vena narrativa.

Los relatos son los siguientes:

¿Qué mató a la ciencia ficción?
El último caso de la Grajilla
Ana
El valle feliz del fin del mundo
Mairzy Doats
El mundo de Campbell
Inestabilidad
La Tercera Guerra Mundial
Linda y Phil
Alice, Alfie, Ted y los extraterrestres

En Ana Ana Frank emigra a los Estados Unidos y llega a protagonizar El mago de Oz, en El valle feliz del fin del mundo el autor del principito se junta con el mundo decadente de Ballard y en La Tercera Guerra Mundial Pynchon se encuentra con un Hemingway que se ha dedicado a eliminar de la tierra a los científicos que condujeron a la creación de la bomba atómica. El mejor cóctel, en mi opinión, es Inestabilidad, que tiene de protagonistas a Jack Kerouac, Neal Cassidy, William Burroughs, John Von Neuman y Richard Feynmann.

Di Filippo tiene mucho talento, y es único en este género que prácticamente ha inventado y que sólo podría haber nacido de los márgenes de la ciencia ficción. La única pega es que el libro tiene bastantes erratas, algo que le perdono a la editorial por haber editado a este autor.

Más reseñas aquí: Entrelectores, Pasadizo.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (67/365)

Extracto:
Una vez en su oficina, Kafka depositó la pastilla de levadura en un cajón donde yacían una veintena de otras variedades. Entonces cogió el sobre cuya apertura había sido interrumpida por la citación de su jefe y extrajo su contenido.
«Querida Josefina: —comenzaba la carta— ¡No sé por donde empezar! Mis padres, enfermos y mayores, van a ser desahuciados de nuestra granja porque los últimos años no han sido prósperos y no pueden pagar los préstamos, y mi propio trabajo —nuestra única esperanza— también puede estar en peligro. Ya sabe, es mi jefe. Me ha proporcionado adelantos indebidos, que yo he rechazado modestamente. Pero tengo la impresión de que no respetará mi casta actitud durante mucho tiempo más, ¡y tendré que elegir entre ceder a su voluntad o ser despedida! Estoy muy preocupada por este asunto, no puedo dormir, no quiero comer, etc., y hasta no pienso en otra cosa, sólo deseo escapar de esto de algún modo. ¿Me hace esto una mala hija? ¡Ayúdeme, por favor!»
Kafka introdujo un folio en su máquina de escribir. Intentando acordarse del consejo de Macfadden, pisó delicadamente las teclas con sus dedos.
— No pierdas la esperanza. Cuando parece que todo está perdido, nos desbordan nuevas fuerzas, y eso significa precisamente que estás vivo —Kafka hizo una pausa, después añadió un codicilo—. Y si éstas no vienen a ti, entonces todo está perdido, para siempre.
Sentado en el despacho de su apartamento de la Quinta Avenida en una mesa que era la réplica ordenada de su colega de la oficina, con el polvo de otra tarde cayéndole sobre los hombros como una capa moleskin, Kafka componía con un bolígrafo en su alemán nativo su carta semanal a la más pequeña de sus hermanas, su favorita, Ottla, que entonces residía en Berlín con su marido Joseph David.
Querida Ottla:
Estoy encantado de saber que al fin te sientes cómoda con tu nueva casa y los alrededores. Las garras de la «madre» Praga son difíciles de sacar de la piel. A veces me imagino a los ciudadanos más sensibles de Praga como si estuvieran suspendidos metafóricamente de las torres de la ciudad y de los campanarios y de los ganchos agujereadores de carne, como indios tomando parte en torturas rituales. A pesar de que hace dos
décadas que soy un expatriado errante, todavía recuerdo mi desorientación inicial, cuando el tío Alfred me acogió y me lanzó a la fuerza hacia mi carrera de trotamundos. Creo que mis profundos recuerdos de Bohemia y mi intenso sentir hacia nuestra ciudad natal fueron los que han evitado que echara raíces hasta hace poco. Aunque, la verdad sea dicha, enseguida llegué a disfrutar mi itinerante modo de vida. La falta de lazos cercanos y duraderos con otra gente no era desagradable, como tampoco lo era el estimulante cambio continuo de decorado.
Claro que todo eso cambió tras «El Encuentro», que ya te detallé de un modo, creo, demasiado copioso y aburrido. Ese encuentro en los límites del Himalaya con el Maestro, escondido como una perla de gran valor en su cueva de ermitaño alpina, y mi posterior año de tutelaje revelatorio bajo su manto, resultaron en mi decisión de qué medidas tomar, aquellas calculadas para hacer el mejor uso posible de mi talento. Mi tierra adoptiva, me siento seguro al decirlo, es ahora América, prácticamente el único país que no visité en calidad de ingeniero, pero con el que soñaba a menudo… ¡hasta con detalles falsos como una Estatua de la Libertad manejando una espada! Y es aquí, en el dinámico nuevo centro del siglo, donde al fin he echado raíces.
En cuanto a tu nuevo papel de madre y esposa, acepta mi más sincera enhorabuena. Sabes que tengo en gran estima la paternidad, aunque tenga muchas razones que ya conoces para el desarrollo probable de la opinión totalmente contraria. En realidad, una vez me atreví a soñar con ese papel para mí. Pero dicha feliz circunstancia no sucedió. Aunque ha habido algunas mujeres en mi vida, ninguna me parecía correcta para mis necesidades idiosincrásicas. (Cualquier pesar que pudiera tener respeto a mi eterna soltería se extinguió hace tiempo, por supuesto.) Curiosamente, mi jefe, Herr Macfadden, vio adecuado el abordarme hoy para hablarme de este tema. Quizá deba tomarme este franco consejo en serio y reanudar mi cortejo al bello sexo, aunque sea por diversión temporal. Aunque los rigores de mi curioso modo de vida han crecido, si acaso, cada vez más exigentes…
Añadió a su carta una página o dos de anécdotas triviales y preguntas de rigor sobre la familia y se detuvo a pensar el cierre. Tras meditarlo un rato, finalmente inscribió: «Dale recuerdos a Madre de mi parte. .. sólo a Madre». Pesó la carta sellada en una balanza pequeña, pegó el franqueo adecuado y cogió el ascensor para dirigirse al vestíbulo del edificio, donde dejó la misiva al conserje.

2 comentarios

  • Cities: Walking noviembre 7, 2011en2:12 pm

    Me lo apunto. Me gustan los relatos cortos (cada vez más) y me gusta el concepto de ucronía, aunque de momento lo único que me he leído encuadrable en este subgénero sea El Hombre en el Castillo de mi admirado Philip K. Dick

  • Palimp noviembre 9, 2011en12:51 pm

    Está muy bien, aunque prefiero la trilogía SteamPunk.

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