Nueva Dimensión 42.

diciembre 19, 2012

Nueva Dimensión 42
Ediciones Dronte, 1968. 128 páginas.

Este número está dedicado al relato breve, pueden leer la lista de relatos aquí:

Nueva Dimensión 42

Que en esta ocasión no les copio por ser demasiado extensa. Se añade un cómic de Gyr que supongo que es un pseudónimo de Moebius, pero no lo puedo asegurar. La calidad, de todo hay, pero tampoco es que sean para tirar cohetes. Eso sí, se dejan leer bien. Les dejo una mínima selección.

LA CIRCUNSTANCIA EXTENUANTE
BELÉN

Dejo la ventana entreabierta, porque sé que volverá esta noche.
Cubro los espejos y quito los dos pequeños trozos de madera entrecruzados que mi madre se obstina en colgar encima de mi cama: es preciso que nada asuste a mi amor; lo necesito demasiado.
Ya hace siete noches consecutivas que viene, y siempre quedo sedienta de sus abrazos. Son deliciosos.
La primera noche, después de que sació su sed en mi garganta, le hablé. El muy encantador se sintió al principio sorprendido: parece que, en general, la gente tiene miedo de él. Me pregunto porqué, con lo hermoso y bien formado que es (aunque ciertamente un poco pálido, sin duda por el trabajo nocturno). Así que le hablé; y luego besé su bella boca, con gusto a sal; después, le rogué que se pusiera có-
modo; y más tarde, sin saber cómo, llegó el alba, y tuvo que partir.
Pero regresó a la noche siguiente. Y, cada vez, permaneció hasta los primeros síntomas de la llegada del día.
Ya es medianoche. ¡Ven rápido, oh único: me consumo en la espera!
Al fin estás aquí. Pero, ¿qué pasa? Tus pasos vacilan. ¡Y estás tan pálido! Bebe, bebe, mi adorado. Estoy impaciente por recomenzar nuestros juegos. Te mimo, te pongo más eufórico que nunca, una, dos, tres, cuatro veces. Y seguimos…
No son más que las tres de la madrugada. El día está aún lejano, qué suerte. Despierta. Así podremos amarnos de nuevo. ¡Vamos, mi bello vampiro, despierta rápido! ¿Por qué te muestras tan indiferente? ¿No notas que ardo de deseos por tí?
¡Oh, no, es imposible! ¿Tu también muerto de extenuación, como todos los otros, que no eran sino simples seres humanos?
¡Y cuando pienso que las gentes, malvadas, dirán de nuevo que soy una ninfómana…!

LA ELECCIÓN
W. HILTON-YOUNG

Antes de que Williams fuera al futuro, compró una cámara y un magnetofón y aprendió taquigrafía. Aquella noche, cuando todo estaba dispuesto, preparamos café y nos servimos coñac para cuando volviese.
—Adiós —dije—, no estés mucho rato.
—No lo estaré —me contestó.
Lo contemplé cuidadosamente, y apenas si se le vio desaparecer. Debió de efectuar un perfecto regreso al mismo segundo en que había partido. No parecía ni un solo día más viejo; habíamos esperado que pasase varios años allá.
—¿Y bien?
—¿Y bien? —dijo él—. Tomemos ese café.
Le serví, apenas capaz de contener mi impaciencia. Mientras se lo entregaba, le pregunté de nuevo:
—¿Y bien?
—¿Y bien? La cosa es que no puedo recordar.
—¿No puedes recordar? ¿Nada en absoluto?
Pensó un momento, y contestó tristemente:
—Nada en absoluto.
—Pero, ¿y tus notas? ¿Y la cámara? ¿Y el magnetofón?
El libro de notas estaba vacío, el indicador de la cámara seguía en el uno, donde lo habíamos colocado, y la cinta ni siquiera estaba puesta en el magnetofón.
—Pero, santo cielo —protesté—, ¿por qué? ¿Cómo sucedió? ¿No puedes recordar nada?
—Solo puedo recordar una cosa.
—¿Y cuál es?
—Me fue mostrado todo, y se me dio la elección de recordarlo o no cuando regresase.
—¿Y tú elegiste no recordarlo? ¡Pero qué cosa tan extraordinaria que…!
—¿Verdad que sí? —dijo—. Uno no puede dejar de preguntarse el porqué.

HOMÚNCULO
ILYA VARSHAVSKY
El timbre del te
léfono me despertó. La aguja horaria del despertador luminoso marcaba las dos. Preguntándome quién me llamaría tan tarde, tomé el receptor
—Al fin te despiertas —oí la agitada voz de Smirnov—. Por favor, ven inmediatamente.
—¿Qué es lo que ha pasado?
—Una calamidad. Homúnculo ha desaparecido. Ha sido invadido por una sed de destrucción, y me estremece pensar en los desastres que puede causar en tal estado.
—¿No te he dicho…? —comencé, pero ya había colgado.
No había tiempo que perder. Fui yo quien le di el nombre cuando Smirnov consiguió por primera vez crear un autómata pensante, con una voluntad propia, aplicando los elementos moleculares de
su propia invención a la construcción de un cerebro humano.
Aun cuando la extravagancia de este proyecto me había llevado al principio a protestar vehementemente, pronto comprendí que era necesario. Siempre había considerado que los problemas cibernéticos debían limitarse a la síntesis de autómatas que hiciesen más ágil el trabajo humano. Nunca había dudado de las ilimita-des posibilidades de imitar la vida, pero los intentos de crear un modelo electrónico del hombre me parecían, simplemente, repulsivos Hablando francamente, temía el inevitable conflicto entre el hombre y el ser mecánico hecho por él a su propia imagen… una imagen desprovista de todos los rasgos humanos y dotada de una voluntad propia no determinada por emociones, sino por secas reglas abstractas de lógica matemática. Estaba seguro de que, cuanto más perfecto fuera un tal autómata, más inhumanamente se comportaría cuando escogiese los medios para lograr sus fines.
Todo esto se lo había explicado francamente a Smirnov en aquel tiempo.
—Eres tan reaccionario —me contestó— como aquéllos que dicen que hacer crecer un embrión humano en una probeta es contrario a las normas elementales de moralidad. Un científico no puede permitirse el lujo de ser sentimental acerca de estas cosas.
—El hacer crecer un embrión humano en una probeta —repliqué—, con el propósito de emplear sus tejidos en cirugía de trasplantes, es una cosa hecha por razones humanitarias y moralmente defendible. Imagina, por otra parte, que alguien tuviera la idea de hacer crecer un ser humano vivo, en una probeta, por pura curiosidad. Tales esfuerzos de crear un nuevo homúnculo serían, en mi opinión, tan repugnantes como la idea de lograr un cruce entre el hombre y el mono.
—¡Homúnculo! —se echó a reír—. Eso es lo que había estado buscando. Creo que llamaré a mi robot Homúnculo.
Smirnov me esperaba en la escalera.
—Da una ojeada —dijo, abriendo la puerta de su apartamento.
Lo que vi me llamó la atención, sobre todo, por su falta de sentido. En el suelo, justo junto a la entrada, yacían los restos mutilados de un aparato de televisión. Era como si alguien lo hubiera hecho pedazos por un pervertido sentido de diversión.
Podía oler el aroma especial del gas, y entré en el baño. El pequeño calentador de agua ya no existía. Por el pasillo se
encontraban dispersos trozos de cañería, deformados.
Cerrando los grifos, me abrí camino hasta el estudio de Smirnov. Allí era menos evidente el sentido de destrucción, pero los libros de la estantería y los papeles del escritorio estaban prácticamente desperdigados.
—Dime cómo sucedió —pregunté, sentándome en el sofá.
—No puedo decirte gran cosa —contestó, tratando mientras tanto de establecer algún orden en sus papeles—. Como sabes, hace un año me traje a Homúnculo del laboratorio a casa, para poder dedicarle mayor atención. Hace un par de semanas, comenzó a sentirse deprimido. Adquirió un repentino interés por todo lo que se refería a la muerte, e hizo muchas preguntas acerca de lo que la causaba. Hace algunos días, me pidió que le explicase detalladamente la diferencia que había entre él y un ser humano. Luego deseó saber si podía decidir, en el futuro, quitarse la vida. Fue entonces cuando cometí un error. Estaba tan harto de su interrogatorio, que le amenazé con desmantelarlo si no cambiaba de comportamiento y llevaba a cabo con mayor cuidado las tareas que le encomendaba.
—¿Dejaré entonces de existir, y no quedará de mí más que un montón de componentes muertos? —me preguntó, contemplándome con fijeza. Le contesté afirmativamente. Tras esta conversación, quedó en silencio. Durante días permaneció sentado, pensando en algo; y anoche, cuando regresé a casa, hallé la puerta abierta y el apartamento como si una manada de elefantes salvajes hubiera pasado por aquí. En cuanto a Homúnculo, no había ni rastro de él.
—¿Dónde puede haber ido?
—No tengo la menor idea. La única vez que salió a la calle fue cuando lo traje del laboratorio aquí. ¿Puede haber recordado el camino y haber ido allí? El buscarlo por toda la ciudad, sin plan alguno, no tiene sentido. Creo que lo mejor sería comprobar si está en el laboratorio.
Bajamos al vestíbulo. Me di cuenta, mientras bajábamos las escaleras, de que algunos de los barrotes de hierro que sostenían el pasamos estaban arrancados. Faltaba uno de ellos.
Por un momento me sentí mal. Era fácil conjeturar lo que podría ser capaz de hacer un robot irritado tratando de evitar ser desmontado y armado con una maza de hierro.
Bajamos a la calle y doblamos la esquina. Un coche de la policía estaba aparcado frente a un gran almacén. A pesar de lo tardío de la hora, un considerable número de personas estaban reunidas frente a un escaparate roto.
Una rápida mirada al caos que reinaba dentro de la tienda bastó para explicarnos lo que había ocurrido allí. Era una demostración de la misma ciega furia, la misma loca sed de destrucción, que había visto en el departamento de Smirnov. Hasta la acera estaba cubierta por destruidos magnetofones y receptores de radio.
Silenciosamente, Smirnov señaló hacia una gran muñeca descabezada que se encontraba sobre un montón de restos, y me di cuenta del horrible destino que esperaba a quienquiera que se pudiera cruzar en el camino de Homúnculo aquella noche.
Dos policías con un perro salieron de la tienda. El perro se quedó dudando en la puerta.
—No capta ningún rastro —dijo uno de los policías.
Smirnov llamó a un taxi que pasaba, y
le dio al conductor la dirección del laboratorio.
Para nuestra sorpresa, el vigilante, que estaba allí desde primera hora de la tarde, se estaba tomando tranquilamente una taza de té, y no sabía nada de robot alguno. Buscamos por todo el edificio, pero no encontramos nada. Habíamos perdido el rastro de Homúnculo.
Cansado, Smirnov se dejó caer sobre un sillón.
—La carga de sus baterías dura dos días —dijo, secándose su húmeda frente—. Quién sabe qué desaguisados puede cometer en este tiempo. Desafortunadamente, es lo bastante astuto como para idear formas en que volver a cargarse.
Se necesitaba tomar urgentemente medidas drásticas.
Nos apresuramos a ir a la policía.
El teniente de guardia trató al principio nuestra historia con escepticismo, pero poco después, la idea de cazar a un monstruo de acero, obsesionado por su manía de vengarse de la humanidad, despertó su interés profesional. En unos minutos estuvo en contacto telefónico con todos los cuartelillos. No cabía hacer otra cosa que esperar. La maquinaria para mantener la ley y el orden empezó a trabajar.
Comenzaron a llegar informes casi inmediatamente. No obstante, casi todos ellos trataban de los acontecimientos habituales en una noche de una gran ciudad. Ninguno de los crímenes cometidos tenía las trazas de lo que los expertos llaman «la mano del criminal» y que tan familiares me resultaban ya.
Resultaba obvio que el robot estaba oculto en alguna parte, esperando que cesase la vigilancia de sus perseguidores.
Al amanecer, más cansados y preocupados que antes, nos despedimos del teniene y fuimos hasta el apartamento de Smir-nov para discutir nuevos planes de acción mientras tomábamos una taza de café.
Desafortunadamente, no pudimos tomar nuestro café.
Tras subir las escaleras, vimos que la puerta del apartamento estaba hecha astillas, y que las luces de todas las habitaciones estaban encendidas.
Contemplé a Smirnov, y me asombró la palidez de su rostro.
—Homúnculo ha venido a saldar cuentas conmigo —murmuró, apoyándose contra la pared—. Rápido, telefonea al teniente, o estamos perdidos.
En pocos minutos llegó un coche con tres policías a la casa.
—¿Está el criminal dentro de este apartamento? —preguntó el bravo sargento, desabrochando su pistolera— ¿Conoce alguien la disposición de las habitaciones?
—Su pistola no le servirá de nada ahí —dijo Smirnov—. El cuerpo del robot está construido con acero al cromo y al mo-libdeno. Espere. Bajaré y tomaré la funda del coche. La única forma de inmovilizar a Homúnculo es echándosela encima.
Regresó rápidamente, acompañado por un obeso portero que arrastraba una gran lona.
Ahora éramos seis. Seis hombres dispuestos a dejar inerme a aquel malvado ser electrónico. Y sin embargo, todos nos sentíamos un tanto inquietos.
—Debe de estar en el estudio —susurró Smirnov, atisbando por la puerta—. Síganme. Trataré de distraerlo un momento, mientras ustedes le echan la lona encima. Pero no se lo piensen demasiado, pues está armado con una barra de hierro.
Silenciosamente, conteniendo la respiración, avanzamos lentamente a través del pasillo. Smirnov fue el primero en entrar
al pasillo, e inmediatamente oímos los roncos y secos gemidos de un hombre cuya garganta ha sido atrapada por un férreo apretón.
Lo que vimos cuando entramos nos hizo frenar en seco.
En el suelo, en medio de desperdigados componentes de radio y todo tipo de piezas metálicas, con los manuscritos de su dueño extendidos frente a él, y canturreando una cancioncilla, estaba sentado Homúnculo, construyendo un pequeño robot. Cuando entramos, estaba uniéndole la cabeza de la muñeca que había obtenido en la tienda que había asaltado.

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