Nueva Dimensión 11

septiembre 21, 2012

Nueva Dimensión 11

Cuando me doy el lujo de comprar algún ejemplar de Nueva Dimensión para completar mi colección, suelo tirar a los números bajos, por ser más inencontrables. Así se explica que tenga el número 11, aunque algunos, como los del 1 al 5, todavía estén fuera de mi alcance. Se encuentran, sí, pero a unos precios prohibitivos. En este caso se incluyen (sacado de aquí):

Un Lugar Llamado Tierra, Domingo Santos
El Programa del Destino, Derek Lane
Las Trampas del Tiempo, John Baxter
El Hombre Que Adivinaba, André Carneiro
La Autopista, George Clayton Johnson
Delta, Christine Renard y Claude F. Cheinisse
El Fundador de la Civilización, Romain Yarov
Un Envenenamiento en el Siglo XXI, Jean Rameau

Y el portofolio de José Baqués

Es un número bastante bueno. Algunos de los relatos los utilizaron en un especial de viajes en el tiempo, el mejor es El Fundador de la Civilización. Delta, sobre las relaciones entre una humana y unos apuestos extraterrestres que tienen un complicado sistema amoroso, es poético y original (sobre todo para la época). Un Lugar Llamado Tierra, sobre el último vagabundo de una tierra totalmente computerizada, muy de la época.

Mi preferido es El Hombre Que Adivinaba, auge y caída de un hombre capaz de predecir el futuro, arrastrado por la fama y la televisión.

Calificación: Muy bueno.

Extracto:
«No, no recuerdo nada de eso». Con una extraña sensación, que más tarde pudo entender, fue acertando, casi sin ninguna desviación. El aplauso total que recibió parecía el de los primeros éxitos. Fernando exultaba, aunque su sensibilidad le avisara de algo.
Aquella misma noche hubo una reunión a puerta cerrada con Fernando, el director y los dos representantes de la agencia y del patrocinador. Presentaron encuestas de audiencia. Los antiguos índices bajaban de manera alarmante. Fernando se justificó: «Eso fue porque los aciertos disminuían, pero, con el éxito de hoy, todo se restablecerá». El agente de publicidad estuvo de acuerdo, dando casi una conferencia: «El espíritu humano es ávido de soluciones sobrenaturales y maravillosas. Todos creen en historias fantásticas, sin pensar en que solamente una, entre diez mil, puede ser legítima. Una facultad como la suya (y señalaba a Fernando), que debería ser estudiada por la ciencia, si no pasase en nuestro país, pasma a los crédulos y perturba a los escépticos, aunque no los convierta. Sin embargo, la gente no se contenta —como lo haría un científico— con comprobar un solo hecho que los sentidos comunes no pueden explicar. Viviendo entre supersticiones y creyendo en todos los milagros, no se conforman con una sola demostración. Quieren que se repita siempre».
Miró nuevamente a Fernando, hizo con las manos un gesto de aviso: «Usted tiene que aceptar la realidad, usted está luchando con el público, que es ciego, influencia-ble y exigente. Usted le presentó los fenómenos más raros, y él quiere más y más. Tenemos que satisfacerlo, de cualquier manera, o fracasaremos». Cambió de tono, volviéndose hacia Fernando: «Debo informarle que el programa de hoy fue «facilitado» por un agente nuestro. La gente no quiere la mitad de un milagro. Démosle pues un milagro entero, aunque sea falso».
Fernando se levantó indignado. Nadie lo había prevenido. Se sentía frustrado e incapaz de modificar la situación. Sus argumentos caían blandamente ante las respuestas lógicas del director y del publicista. Para ellos solo existía un aspecto. Fracasado el programa, se perdía el público, el patrocinador y los beneficios (de los cuales ellos absorbían la mayor parte). Para Fernando, era la alternativa entre la dignidad y el dinero. Acabó callándose, sin tener nada que decir. El publicista justificó aquel procedimiento. No era preciso usarlo siempre, continuaría adivinando tal y como acostumbraba, con el recurso de valorizarse, de vez en cuando, para la avidez del gran público.
No estaban allí para pedir su opinión, sino para informarle de que sólo así podrían continuar. La ambición se consuela con el atraso ajeno. Fernando rememoraba sus éxitos y la incomprensión, la estrechez mental de los que no creían, y también de los que desfiguraban la verdad por exceso de credulidad.
Salió en silencio, lo que equivalía a una aceptación. Cuando abdicamos un principio, pasamos a justificar, a convencernos de una inevitabilidad que antes no percibíamos. Al final, ¿qué obligación tenía de respetar a los televidentes o a los radioescuchas, que lo miraban con ojos asombrados, como a un fenómeno de feria? ¿Por qué tendría que ser una fábrica de magia, bajo las exigencias insaciables de todos? ¿Qué importaba que fueran engañados a veces…? No creerían ni más ni menos que cuando todo era auténtico.

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