Montse González de Diego. La tercera sala.

junio 5, 2019

Montse González de Diego, La tercera sala
Atlantis ediciones, 2019. 300 páginas.

Una familia, testigos de Jehová, se traslada de Madrid a Barcelona a finales de los sesenta y principios de los setenta. Lea, la única hija de la familia, deberá adaptarse al nuevo ambiente, viviendo entre las normas rígidas de su religión y sus nuevas amistades, que le van abriendo la mente y alejando el miedo del inminente fin del mundo, que según su doctrina está ya cerca.

Mira que he leído libros y esta es la primera vez que me encuentro con una protagonista que es testigo de Jehová. Estamos acostumbrados a la presencia de esas parejas que van repartiendo ‘Atalayas’ y hablándonos de la venida de Cristo en una especie de spam avant la letre. Pero no a encontrarnos libros protagonizados por ellos.

Ojo, que el libro ni es un ajuste de cuentas con los testigos ni es relevante para la trama, que es las vivencias de una joven que va entrando en el mundo, y sus conflictos son los de cualquier otro en esa época. Una época sin épica, la de un barrio obrero de Barcelona, donde a pesar de que la transición está a la vuelta de la esquina sigue imperando el tono gris de la dictadura. Un ambiente que algunos hemos conocido muy de cerca y que recientemente escritores como Pérez Andújar están volviendo a traer a la palestra.

Comparte con Pérez Andújar el cuidado del lenguaje, la búsqueda de una voz personal alejada de clichés y del puro contar, un estilo muy cercano a lo que podemos encontrar en editoriales como Anagrama. Esto es lo importante, porque si un libro tiene que convencer lo tiene que hacer por su estilo. Y éste lo hace.

Resumiendo: una buena historia, temas interesantes, bien escrito… yo creo que no hace falta más para animar a todo el mundo a comprarlo y, sobre todo, a leerlo.

Muy bueno.

A medida que las primeras nieves cubrían el pueblo castellano, que el nuevo año abrigaba en su nido a la recién llegada cigüeña, a medida que el pertinaz arado surcaba la tierra y la sembraba de incertidumbres, Elena asumía que, durante el resto del año, compartiría pupitre con Marcela. Sin embargo, el aliciente necesario para levantarse de la cama y enfilar el sendero que conducía a la escuela, sólo volvería en los últimos meses del curso, junto a las cartas de su padre que anunciaban su regreso de la capital, donde había pasado el invierno para consolidar un negocio tramitado con el dinero de la herencia. De modo que cuando acababan las lecciones de la tarde o recogían los costureros, Elena apremiaba a las amigas que se rezagaban por el camino, y una vez alcanzada la plaza, corría hasta la calle Real motivada por el abrazo de la prometida muñeca, procedente de Madrid. Pero los días se sucedían sin más novedad que las propias del cambio estacional, así que no tardaría en centrar su interés nuevamente en la parte izquierda del aula, en la mesa de su condiscípula.
Años después, antes no pensaría en ello, Elena relacionaría lo ocurrido durante una de aquellas tardes en las que nada sucedía, con lo que había sido su vida hasta el momento presente.
Habían cerrado los catecismos cuando un arco iris de voces, gritos, risas y llamadas al orden resplandecía junto a la puerta de la escuela a la espera de que la lluvia primaveral amainara. Marcela Carrasco Cifuentes saltó un charco y siguió su camino como si el agua sólo mojara a los demás, pues lo consideraba un don divino perfeccionado para ella, mientras las compañeras reían su desvarío y extendían los brazos resueltas a comprobar la temperatura del agua con la yema de los dedos. Elena no prestaba atención a las particularidades del carácter de su prima lejana, del mismo modo que su madre limitaba todo trato con Trinidad Cifuentes, la beata. Los padres de Elena atribuían el distanciamiento de las dos familias a las horas que Trini pasaba en la iglesia o en sus rezos diarios, desde el accidente en el que murió su marido, aunque la
realidad menos grata la situara en el campo ayudando a sus hijos en las cosechas y madrugando más que el resto de las vecinas. En cualquier caso, la devoción de la viuda era incuestionable, al menos en opinión de la madre de Elena, mujer poco religiosa, y a su hija, cualquier medida destinada a tomar distancias con la familia, especialmente con el hermano mayor, quien no dudaba en pasar por la hoz a los perros viejos o a los gatos incautos, según los rumores avivados por su aspecto fuerte y bobalicón, las aceptaba de buen grado.
Elena y sus amigas salieron del porche en cuanto despuntaron los primeros rayos del sol. En la plaza, junto al olmo, encontraron a Marcela acompañada por el más pequeño de sus hermanos, al que peinaba con los dedos y abrazaba cariñosamente, y aunque no la saludaron enseguida cambiaron de conversación para hablar de ella. Les alteraba la solicitud con la que recitaba las Virtudes Cardinales, las Teologales o los Enemigos del alma, durante las clases de catecismo. Una de las niñas, la más voluminosa y chillona, se adelantó a las otras imitando su ligero caminar.
—Fortaleza —se burló uniendo las manos como si rezara—. Templaza —continuó.
Pero las risas cesaron cuando la niña chillona gritó y señaló al hermano mayor de Marcela que se acercaba a ella, con las alforjas al hombro, y le propinaba un empujón. La niña, en un movimiento muy propio, saltó como si danzara, dio media vuelta, tomó la mano del pequeño y corrieron a casa.

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