Mónica Lavín. Manual para enamorarse.

marzo 4, 2013

Mónica Lavín, Manual para enamorarse
Menoscuarto, 2012. 120 páginas.

En pocas páginas se reune una cantidad de cuentos buenos y de temas diferentes. La lista:

El caso estándar
La felicidad

El encuentro de unos viajeros con una familia que vive de otra manera, más libes.
Frotar
Un medio poeta enamoradizo y ligón cuya perdición son los cabarets.
Todas las playas son la misma playa
Reproducido al final.
Iniciales
Desmemoria progresiva con solo unas iniciales como ancla
El árbol
El velatorio de un árbol caído en la noche por una mujer.
Ladies bar
Un bar donde abandonarse y dejarse llevar.
El hombre de las gafas oscuras
El cielo de los pies
Los últimos pensamientos del Capitán Scott.
La desmesura
Una anciana que vuelve a animarse por el escrito de un admirador secreto.
El desayuno
La presentadora de las noticias se deja arrastrar por el encuentro con un desconocido.
Manual para enamorarse
Un escritor escribe un manual de autoayuda con tanto éxito que una admiradora se irá a vivir con él.

Escribo ese brevísimo resumen porque por una vez lo tengo fresco. Estupendos Todas las playas son la misma playa, Iniciales y Manual para enamorarse, sugerentes Ladies bar y El desayuno. Buenos todos los demás.

Calificación: Muy bueno.

Extracto:
Todas las playas son la misma playa
Julia entrecerró los ojos mirando el latido plateado del mar. Era la una de la tarde, la hora incorrecta para tirarse en la arena a broncearse. De todos modos ella ya no lo hacía y las horas todas se volvían una bajo la sombra de la palapa. La incisiva luz sobre el ondular del Pacífico desmentía ese desdén a los rigores del sol. El sol a plomo, la playa dorada y el ánimo queriendo refrescarse con una cerveza. A su lado un par de hermanos con cubetas y palas construía algo. Sobre sus pieles tiernas el sol caía desvalijado y los padres, extendidos sobre unas toallas, no sentían el deber de protegerse ni protegerlos. Eran padres jóvenes, como ella alguna vez lo fue. Los niños en la playa siempre la remitían a su propio placer de rascar la arena con el rastrillo en las vacaciones largas que su familia se permitía en Acapulco, cuando Chano les traía el costal de ostras frescas y las abría una a una, frente a ellos, en la playa de la Condesa. Cómo le había fascinado la sorpresa nacarada de aquellos bichos blandos y salados. Ella le ganó a su hermana y a sus primos probándolos primero, atreviéndose a que el animal se deslizara, paralizado por el limón, de la concha a su lengua. El placer de sus padres en aquel ritual la contagió. Ostras-infancia-palas-cubetas-crema Nivea en la nariz, una plasta enorme para que la nariz no se pusiera como un tomate. Ella a su vez colocando sombreros de tela, de marinero, sobre la cabeza de sus hijas, poniéndoles camiseta, crema-pre-cauciones-gozos.
«Prueben, les van a encantar», pero los ostiones no conquistaron sus curiosidades niñas. O tal vez ellos no las llevaron a la playa las suficientes veces para que se diera el conjuro, la repetición. Les gustaba ir a Veracruz y no a Acapulco, y allí eran las picadas y el lechero y las brocas. Pero las playas para Julia eran las del Pacífico. No las plomizas del Atlántico, no las turquesa y blanco del Caribe; su idea de playa se confirmaba en Mazatlán. La palabra evocaba las de arena grumosa, rubia, de duna, agua azul oscuro con destellos grises. Agua azul negruzco. Ola de rizo inacabable, olas de Pie de la Cuesta, de la Condesa, de Zicatela, plácidas como las de La Manzanilla o Las Gatas o Tamarindos, atrevidas y lejanas como las de Todos Santos, indecisas como las de Cabo, rabiosas como las de las rocas en Ensenada. Pacífico que la vio crecer. Bolero que acompaña ese mediodía en que Julia se toma un respiro entre charla y charla desprendiéndose con dificultad de la idea que se hizo de la playa desde niña y que ahora se confunde con trabajo, posibilidad de viaje y solitaria estancia. Esa playa de sus playas, se pone cursi incluso antes de beber tequila, era un patio de recreo; tener a sus hermanos y
las puestas de sol y las horas largas en la alberca y las incursiones atrevidas al mar, y los mangos verdes con chile y la llegada de papá el fin de semana, porque durante la semana de esas vacaciones era mamá la que compraba las sandalias, las llevaba por helados en la tarde y a la playa por las mañanas.
Las vacaciones duraban un mes. Bienestar. Su cuerpo estrenó adolescencia a la vera del Pacífico. Los días de primeros bikinis, de depiladas necesarias, de tampo-nes inevitables. Y luego la lucha porque las dejaran ir a la discoteca —«El Tiberios, papá nos traen de regreso»—, y si esa vez no se pudo fue otra de mucho arreglo, de rímel en las pestañas, de vestido con hombros sesgados. Los niños bien, y ella ni bien ni mal, el mar y sus provocaciones, el Revolcadero y el deslizar largo sobre un colchón de hule o a cuerpo, hasta que la panza se atorara en la playa larga; días de cerveza en el pelo para que se aclarara, de lucir el vestido que habían hecho entre amigas con un patrón que permitía varias posibilidades: corto, con apertura, con tirantes (el suyo fue de lunares blancos sobre negro). No más pasteles en El Mirador después de ver el clavado, en vez, las cubas y retozar en la playa de noche, quién iba a decir, tan decentitas, tan monas, midiendo su .capacidad de corromperse, de pedir aventón, de besar desconocidos. Playas de fines de año con familia, con familia y amigos, con familia y novio, con amigos, con esposo, con familia y esposo, con familia e hija, con familia e hijos. Feliz año entre veladoras marcando el contorno de la bahía, centellas amarillas, vibrantes contra el ronroneo del mar, champaña y felicidad, todos juntos. El mundo en su lugar: en una toalla sobre la arena.
Julia pidió una segunda cerveza y el tequila obligado. Inmóvil sobre el camastro, las piernas cerca del pecho, el cuerpo envuelto en el pareo de flores, la sombra amiga, la arena al alcance de una mano que cae y la apresa y la deja escurrir como en un reloj… y el camello atrapado en uno de los conos porque no puede pasar al otro lado, atorado en un cuento de Arreóla y ella resbalando entre grumos en una inmensa playa del Pacífico, una playa desde Rosarito hasta Puerto Madero, una ola rizo largo envolviéndola y cambiándole el cuerpo como crisálida, niña rellenita y rubia cerca del Istmo, canosa y pecosa en Guaymas, craquelada e intensa, mujer con sombrero en Mazatlán.
El hermano llora, la niña tiene la cubeta que él quiere. Hace un pastel, le incrusta conchas, piedras, una cascara de coco. El niño pisa el pastel marino, la niña le avienta arena a la cara. El niño berrea y llama a su madre. La niña lo persigue con el puño atiborrado de arena. Julia los mira deseando que no le caiga arena a ella, que los padres no griten tanto porque no quiere añadir nuevos nombres a sus pensamientos de por sí cargados de papá, mamá, hermanos, novios, amigas, pretendientes, marido, hijos, cuñados, tíos, colegas, compañeros de clase. Héctor y Susana —así llaman los padres a los niños— laceran el flotar de su mirada sobre la luz centelleante del agua. Nalgadas, llanto, recriminaciones de los padres entre sí, contra sí, miran a Julia de pronto como si ella tuviera la culpa. «Disculpe», dice
el hombre recomponiéndose, la madre lo mira celosa. Julia sonríe por poder causar un poco de turbación. Más que su cuerpo debe de ser su edad: una mujer sola y bebiendo tequila en una playa. Han visto que la solución es irse a comer. «Los niños tienen hambre», dice la madre sacudiéndose la arena. Julia se incorpora sobre el camastro, tiene ganas de apreciar bien ese mar enga-viotado, ese mar salpicado de bañistas, interrumpido por los vendedores de plata, de gorros, de trapos, de aceites. Los mismos que conoció desde Hornos y que no han envejecido, válgame dios, solo faltan los ostiones frescos que ya no se consiguen ni en Colimilla ni en Melaque. Siente el gusto resbaloso de esa carne ofrenda de mar a sus sentidos. Entonces le viene la idea, es viernes, hoy termina su curso, pero puede prolongar la estancia. Sola no. Convocará a las playas de su vida.
Llama a sus padres: que si está loca, que cómo van a ir por un boleto de avión a toda prisa, su madre le dice que mañana le toca limpiar la plata y su padre que el domingo hay fútbol y ella insiste que qué importa, todos juntos en esa playa hermosa, la isla enfrente (recuerda la vez que vino a un campamento y el gringo que había intentado nadar hasta la isla nunca regresó). Su hermana no quiere volver a hacer pasteles de arena, pero sí le gustaría una pulsera de plata de esas que venden buenas y baratas, que se la lleve por favor. Sofía tiene una cena el sábado con los Castro; Marcela una exposición, Claudia se va a ver a sus padres pero le encantaría reírse bajo la palapa imitando a los amigos del kinder. Marca larga distancia internacional y Santiago se pone nervioso, que si está grave o le pasa algo. La playa, ¿recuerdas? Nuestra playa. Le cuelga, seguramente temeroso de que lo comprometa en algo que haga peligrar su matrimonio. Vuelve a marcar y le dice: «Tráete a todos, tu mujer, los niños». «No puedo, con tiempo tal vez.» Le habla al compañero de universidad que sacaba los ostiones con el cuchillo en Barra de Navidad y él contesta que está muy frío el mar, se necesita traje de neopreno y no tiene. Intenta con el chileno que contesta el celular en Playa Negra, por lo menos tocan el mismo mar desde ese Pacífico fosfórico. Su marido, con el que ya no vive hace tiempo, se ríe de la ocurrencia de Julia, le dice que se beba un tequila a su salud y, aunque ella habla de las niñas cuando eran pequeñas y Celia no quería pisar la arena y Matilde gozaba comiendo tacos de pescado, no lo conmueve. «Hay trabajo mañana», dice, y ella siente que el pasado se le atraganta porque no puede creer que en esa playa tan la misma y en ese mar tan parpadeante nadie asista a su llamado. Que después de llenarla de ruido, de ocuparla como a un edificio, de ser inquilinos, caseros, vecinos en los años transcurridos, ahora no se puedan asomar por una ventana. Una hija no contesta; la otra tiene una entrega de trabajo para el lunes. Su amigo escritor está de gira, su pareja está grabando en la sierra y no tienen una playa en su haber. Un amante se hace el que no la conoce, un cónsul no la puede atender, una chef ya murió y la vecina, que casi siempre puede, debe cuidar a su madre. Pasa el hombre con la caja de platería y ella mira con la misma insistencia per-
dida que al agua del mar; se entretiene palpando aretes, anillos, encuentra la pulsera para su hermana. La compra. Pide al mesero unos ostiones. No es temporada. Por fin comprende. Hay que venir en otra época, entonces todos podrán estar en la misma playa.

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