Mihura, Poncela y otros. Cuentos Divertidos.

septiembre 29, 2011

Editorial Popular, 1998. 94 páginas.

Mihura, Poncela y otros, Cuentos Divertidos

Una recopilación de autores cómicos con más o menos acierto, y en letra grande, así que dirigida a un público más bien mayor. Es una segunda edición, y no se entiende como el índice está a la mitad. Los cuentos incluidos son los siguientes:

La madre de Lucifer, Hijos noruegos
Miguel Mihura

El extraño suceso del auto «Rosa Liberty», Un amor oculto, La momia analfabeta
Enrique Jardiel Poncela

Amor y límites de velocidad, Papeleo y siniestros en Chichitowa College
Juan Pablo Ortega

Cuidado con los prisioneros
Angel Palomino

Las paredes y las barbas
Père Calders

El probador de señoras
Antonio Gómez Rufo

Mihura, Calders y Poncela nunca defraudan. El resto, pasable. Les dejo una muestra.

Calificación: Algunos buenos, otros olvidables.

Un día, un libro (29/365)

Hijos Noruegos
Nadie sabe lo espantosamente triste que es casarse y tener ocho hijos noruegos.
Sólo lo sabía aquel honrado matrimonio de Albacete, que jamás había salido de Albacete y cuyos antepasados, aun los más podridos antepasados de todos, no habían pisado tampoco un palmo de terreno más allá de la campiña de Albacete. Aquel honrado matrimonio de Albacete era el único que sabía lo espantosamente triste que es casarse y tener ocho hijos y que los ocho les salgan noruegos en vez de salirles de Albacete. Pero no noruegos dudosos o de mentira, como otros noruegos que andan por ahí falsificados. No. Estos eran hijos noruegos auténticos, que solamente hablaban en danés y que tenían el pelo rubio, rubio, como las llamas de lumbre de los hogares sencillos de Noruega.
Cuando tuvieron así, noruego, el primer hijo, no le dieron demasiada importancia. No se apuraron excesivamente.
—Después de todo —pensaron—, el primero no nos va a salir ya bien. No nos va a salir de Albacete y todo, como nosotros, y hasta con su naricita parecida a nuestras naricitas. Esto no es tan fácil como parece. Hay que tener más costumbre. Para conseguir uno normal, antes tendremos que desperdiciar cuatro o cinco lo menos. Es lógico.
Pero también el segundo fue noruego. Y el tercero también. Y el cuarto. Y así hasta el octavo, que, además de ser noruego, era blanco con manchas de café.
—Yo creo que esto ya no es natural —dijo la madre con franca melancolía—. A nadie le ocurre esto, Señor. Es demasiada torpeza ya…
Y fueron a consultar a un médico de barba blanca que pintaba marinas con una maquinita de retratar.
Y el médico les dijo, después de oírles sus lamentos: —Le dan ustedes a esto una importancia que no
tiene. La cosa es bien natural. No tiene nada de extraño. Comprendan ustedes que en alguna parte tienen que nacer los niños noruegos.
—¡Es verdad! —exclamó el matrimonio—. Realmente en alguna parte tienen que nacer los niños noruegos, tiene usted razón.
Y se marcharon a su casa un poco más convencidos y más alegres.
Pero esta alegría duró poco, porque los honrados padres sufrían mucho con aquellos niños noruegos, que alejados siempre de ellos, hablaban en su idioma, escondidos en un rincón, bebiendo ginebra en vasos grandes y cantando canciones de marineros que, traducidas al castellano, querían decir esto, poco más o menos:
La luna se bebe toda el agua del mar durante el
día…
y por la noche la vomita como si fuera leche.
Y es una maravilla el efecto en el mar…
—Antes que así, hubiese preferido tener hijos huer-fanitos —decía la pobre madre con frecuencia.
Y lloraba mucho, una hora, antes o después de merendar.
Y un día, cuando los niños noruegos eran ya noruegos gordos con bigotes, aquel matrimonio recibió una carta del amo de Noruega, diciéndoles que se había enterado de que tenían ocho hijos noruegos, y que hicieran el favor de mandarlos enseguida a Noruega, pues eso era una trampa y no valía hacer eso. Que eso no estaba permitido y que como lo hiciesen otra vez ya verían las consecuencias. Y que a ver si hacían el favor de mandarlos pronto. . .
Y el honrado matrimonio contestó que no se los mandaba. Que ya les habían tomado cariño y que no se separarían jamás de ellos. Y que, además, no eran ocho sino que eran siete, pues el blanco con manchas café tenía mala la barriguita y no servía.
Entonces, el amo de Noruega vino desde allí a hacerles una visita, en su carroza de caballos blancos, que parecían palomas grises, y les habló muy conmovido, con su corona de diamantes torcida por el temblor.
—Es preciso que ustedes me den estos chicos noruegos —dijo—. Me hacen falta a mí. Los necesito yo. En Noruega no nace apenas nadie. No me queda ya casi ninguno. Parece que no, pero hacer noruegos es bastante difícil. Ustedes que viven en España lo notarán. Verán muchos franceses, abundantes ingleses, colonias enteras de alemanes, comerciantes chinos, rusos a montones… Pero noruegos verán pocos. Es lo más difícil. A mí me costó mucho dinero reunir mil o dos mil para formar Noruega. Al principio nacían bien allí y con facilidad. Dios me ayudaba. Pero después la cosa fue mal. La gente de allí dice que no quiere tener hijos noruegos. Que es más fácil tenerlos franceses o rusos. Y, en parte, tienen razón. Y yo estoy desesperado, caballeros. Si ustedes, que los tienen fácilmente, no me los quieren vender, no tendré más remedio que cerrar Noruega. Y esto será mi ruina. Vengan ustedes conmigo. Yo les daré lo que necesiten. Allí pondrán ustedes una tienda de niños noruegos y ganarán todo el oro que quieran.
Pero el honrado matrimonio de Albacete no aceptó.
Pensó que ya que tenían aquella mina, aquel manantial inagotable de niños noruegos y rubios, serían necios si lo vendiesen a otro.
Y compraron un campo muy grande que había tirado en el suelo allí, cerca de Albacete. Y allí tuvieron más hijos noruegos. Muchos más hijos noruegos, auténticos como los primeros. Y los hijos se casaron. Y se formó
un gran pueblo. Un pueblo noruego de verdad.
Y la Noruega antigua se arruinaba con la competencia que le hacía aquella Noruega moderna acabada de fabricar, aún caliente, que estaba más cerca de todos los sitios y en donde no hacía el frío helado de aquel Océano Glacial. Y la Noruega antigua se arruinó por completo.
Y el matrimonio de Albacete hizo un buen negocio; y cuando hubo ganado lo necesario para pasar una vejez tranquila, cerró Noruega, vendió todo y se fueron a vivir a un chalet de las afueras con sus dos millones de hijos noruegos con bigotazos rubios.
Y como recuerdo de aquella aventura sólo conservaron una postal con la vista de una calle principal de Cristianía.

Un Amor oculto

La emoción apenas me dejaba tomar el helado de chocolate que había pedido el camarero. Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, volví a darle cuerda, le consulté de nuevo, le di cuerda nuevamente y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en el fieltro de mi sombrero; sacudí otras motitas que aparecían en mi traje, revisé dieciocho
veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince cuplés y dos romanzas; leí tres periódicos, sin enterarme de nada de lo que decían; medité, moví la cabeza, alejando meditaciones, y luego volví a meditar; rectifiqué repetidamente mi peinado y la raya de los pantalones; hice fiestas a un perro, propiedad de un parroquiano finísimo, calculé los kilos de cacahuetes que se comen al año los niños madrileños e hice girar la cuerda del reloj hasta darme cuenta de que estaba rota y de que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas durante un mes entero. ¡Oh! Había una razón que justificaba todo aquello. Mi ¡excepcional Leocadia! Su dulce amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los autores de libretos para zarzuelas.
Sí. Estaba muy enamorado de Leocadia Sus cartas, llenas de esa gracia tierna, elegante e inconfundible que ponen en sus escritos las personas de verdadero talento, habían sido el lugar geométrico de todos mis besos. A fuerza de hablar con ella sólo por escrito, había llegado a temer que nunca le hablaría vis-a-vis. Sabía por varios retratos que me envió que era hermosa como una mujer hermosa, y elegante como una mujer elegante.
Pero en el libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Leocadia y yo nos veríamos al fin frente a frente, y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café moderno —donde era imprescindible aguantar a los cinco pelmazos de la orquesta— me había colocado en el Empíreo, primer sillón de la derecha.
Un «taxi» se detuvo a la puerta del café. Ágilmente —es muy difícil hacerlo ágilmente- bajó de él Leocadia. Otro cualquiera se hubiera apresurado a salir y a pagar al chófer; pero yo soy un hombre de mi tiempo y no suelo ocuparme en bagatelas. Además, si todo el que espera a alguien tuviera que pagar el «taxi» en que viniera ese alguien, todos nuestros amigos acudirían en «taxi» a las citas, y la buena circulación de vehículos por la capital perdería mucho con ello.
Leocadia entró en el café levantando al pasar, por obra de su acabada hermosura, una oleada de requiebros y de resoplidos masculinos.
Leocadia llegó junto a mí, me tendió sus manos con la sonrisa más celestial que hayan visto ojos humanos y se dejó caer en el diván con un chic indiscutible.
Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser, de lo que ya me amaba…
—También yo te quiero con toda mi alma —le dije, porque verdaderamente era así, pues hasta entonces no había tropezado con una mujer que tuviese menos defectos que ella.
—¿Qué dices? —me preguntó.
—Que yo te quiero también con toda mi alma.
—¿Qué?
Vi la horrible verdad. Leocadia era sorda.
—¿Qué? —me apremiaba.
—¡Que también te quiero con toda mi alma! —repetí gritando.
Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.
—¿De verdad que me quieres? —preguntó ella, con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de vida—. ¡Júramelo!
—Lo juro.
—¿Qué?
—¡Lo juro!
—Pero dime que me juras que me quieres…
—¡¡Juro que te quiero!! —vociferé.
Veinte parroquianos me miraron con odio.
—¡Qué idiota! —susurró uno de ellos—. Eso se llama amar de viva voz.
—Entonces —siguió mi amada, ajena a aquella tormenta— ¿no te arrepientes de que haya venido a Madrid?
—¡De ninguna manera! —grité, decidido a arrostrarlo todo, porque me parecía estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablan del Gobierno.
—¿Y te gusto?
—¡Mucho!
—En tus cartas decías que mis ojos eran muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?
—¡Sí —grité, como si estuviera dando una conferencia en la Plaza de Toros—. ¡Tus ojos son muy melancólicos!
—¿Y mis pestañas?
—¡Tus pestañas, rizadísimas!
—¿Y mi figura?
—¡¡Muy elegante!!
Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y sólo a mí se oía. En las cristaleras empezaron a verse transeúntes curiosos que contemplaban la escena.
—¿Mi amor te hace dichoso?
—¡Muy dichoso! ¡Dichosísimo!
—¿Y cuando puedas abrazarme?…
—¡¡Cuando pueda abrazarte creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!
—¿Y cuando me beses?…
—¡¡Cuando te bese creeré que he hallado un manantial en el que fluirán confundidas las aguas más puras y dulces de todos los manantiales!!
No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena.
Sé, que al final, se me acercó un guardia.
—Haga el favor de no escandalizar —me dijo—. Le ruego que usted y la señorita se vayan del local.
Me volví a Leocadia.
—Nos echan por escándalo.
—¡Por escándalo! —dijo ella, estupefacta—. Pues si estábamos en un rinconcito del café, contándonos en voz baja nuestros secretos…
Cuando atravesamos el salón para irnos, murmuró un parroquiano:
—¿Habéis escuchado lo que dijo ella? ¡Qué enormidad! ¡Habrá que oírles lo que gritarán en su casa, cuando estén solos y nadie pueda entrar a hacerles que se callen!…
Un mes más tarde nos conocía todo Madrid. Lo mismo nos sucedió en Burdeos, en París, en Marsella y en Londres.
Hace quince días que estamos en Buenos Aires, y ya planeamos el traslado a México.

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