Miguel Mihura. Cuentos para perros.

marzo 28, 2019

Miguel Mihura, Cuentos para perros
Editorial Bruño, 1994. 204 páginas.

Selección de cuentos del autor aparecidos en revistas y dispersos. Algunos los recuperó para sus falsas memorias y tuvieron otra vida, el resto son bastante inencontrables (y el propio libro lo es).

Después de leer casi todo lo que se ha publicado de Mihura no sé a qué carta quedarme. O era un genio que dedicó su talento a escribir obras comerciales que le dieran dinero enterrando su tremenda originalidad debajo de la alfombra, o era un buen artesano que recibía de vez en cuando el susurro de las musas.

Todos los cuentos tienen su gracia, pero en general no pasan de entretenidos. Pero hay algunos, algunas ideas, algunas páginas, de un humor negro finísimo, de una profundidad que destaca del resto. Con un hálito poético incuestionable. Por esas pepitas de oro bien merece la pena pasar horas cribando barro.

Recomendable.

Entonces quiso especializarse en hacer retratos de bodas y de niños de Primera Comunión. Pero tardaba tanto en prepararlos, en enfocarlos, en hurgar dentro de su maquinita y en mover las cortinas, que cuando retrataba a los recién casados, ya ella se había puesto irritada, cosa con la que hay que tener mucho cuidado y que para que no ocurra los fotógrafos buenos tienen que darse mucha prisa. Y tardaba tanto en retratar a los niños de Primera Comunión, con su vela y vestidos de marinerito, que los niños, en el retrato, ya salían con barba y bigote y parecían viejos lobos de mar que, con los pantalones remangados, fuesen a ofrecer una vela a la Virgen por haberles salvado de algún naufragio…
Los niños le daban mucho que hacer.
Un día fue uno muy hermoso con su padre y no estaba quieto ni un segundo. No cesaba de moverse ni un solo instante. Ensayaron todos los procedimientos para retratarle. Desde sujetarle la cabeza entre unos cuantos vecinos hasta ponerle inyecciones de morfina y clavarlo en un madero. El niño, robusto, siempre se desclavaba…
—Sólo hay un medio —dijo el fotógrafo.
—¿Cuál?
—Matarle.
—Es un poco cruel —exclamó el padre.
—Sin embargo, es de la única manera que podremos retratar a este robusto niño.
—En ese caso mátelo usted. Pero que no sufra mucho, porque es carne de mi carne.
—Pondré todo mi cuidado. Yo también sé lo que es ver sufrir a un hijo…
Desde ese día el fotógrafo se especializó en retratar niños muertos.
Ya no los tenía que matar él, sino que se los llevaban muertos a su casa. Hacía preciosos grupos tristes. Cuando le llevaban seis juntos, hacía una rebaja y daba una ampliación en colores y dos cirios; ya los hacía tan bien, que algunos parecía que estaban vivos, pasándole lo contrario que a otros fotógrafos, que cuando los retratan vivos parece que están muertos.
Últimamente, se cansó de esto y se dedicó a redactor gráfico de un gran diario.
Se compró, como todos los redactores gráficos se compran, unas fotografías representando esto:
«Los ingenieros industriales visitando el patio sevillano de ABC.»
«Una colocación de una primera piedra.»
«Pola Negri durante su reciente viaje a Europa.»
«Estado en que quedó el autobús de viajeros al volcar en la carretera de Salamanca.»
«Don Gregorio Marañón.»
«Barrera en un pase de muleta a su primer toro», y «Pola Negri que, después de una breve temporada en Europa, marcha nuevamente a Hollywood.»
Todos los días publicaba estas mismas fotografías en el mismo periódico, que leían los mismos señores y que volvían a leer al otro día con la misma curiosidad.
Durante diez años él vivió desahogadamente con el producto de aquellas siete fotografías, que publicaba todos los días en el mismo periódico.


Todas las mañanas y todas las tardes las pasaba subido a las ramas de los árboles silbando bonitos tangos y habaneras dulzonas, que entusiasmaban a los chicos de los continentales 1. Para pasar las noches se había construido un nido con ladrillo y cemento y vigas de hierro, que él mismo fue transformando poco a poco con la boca. Allí vivía con su mujer y sus hijos y una criada con barba y bigote.
Como aquel señor era tan pobre, y además se creía que era un pajarito, iba siempre desnudo, como van los pajaritos, y no consentía ponerse ni siquiera una bufanda, aunque su esposa se lo decía mil veces:
—Tú, que te levantas cuando sale el sol, debías abrigarte un poco, porque por las mañanas hace mucho frío y te puedes morir… Pero él piaba y no hacía caso… Frecuentaba los parques tranquilos, y cuando veía a ese viejecito bueno que echa migas de pan a los pájaros, él era el primero en acudir y se comía todo el pan, y después le pedía un pitillo.
El viejecito, en realidad, no podía comprender que aquel señor fuese un pajarito. No es que le extrañase su tamaño, porque podía ser un pajarito grande. Pero sí le extrañaba que no tuviese plumas, pues todos los pájaros, por muy pobres que sean, tienen plumas.
Sin embargo, un día el viejo notó con sorpresa que aquel señor se le subía en el hombro, y ya no dudó de que fuese un pajarito.
—Será un pajarito raro —acabó por decirse. Y entonces construyó una jaula grande y una tarde cogió a aquel señor con un pañuelo y se lo llevó en la mano a su casa, y lo metió en la jaula y lo puso en el comedor, junto al balcón soleado, para que alegrase las comidas con sus trinos.
Aquel señor tan pobre, que siempre había vivi-
do en las ramas frías y tristes, se sentía allí bien, con el calorcillo agradable de la habitación, y, sin echar de menos a su mujer y a sus niños y a su criada con barba y bigote, silbaba aires de películas sonoras, y la mujer del viejecito le daba alpiste y lechuga con aceite y vinagre. Y un palillo luego.
Allí en aquella casa estuvo muchos años, y tomaba el sol desnudito, aunque aprendió a volverse de espaldas cuando iba de visita alguna señora irlandesa.
Los días de nieve, para que no pasase frío, el viejo lo metía en la cama, entre él y su mujer, y así dormían abrigaditos, aunque a veces el pájaro les diese, soñando, patadas en el estómago y por ahí…
Únicamente tenía una pena honda. Como se creía que era un pájaro, no podía hablar, y esto era lo que más le molestaba, pues cuando le daban pan, no podía decir que se lo diesen con manteca…
El viejecito, su amo, comprendió su pena honda, y para que no sufriese le dijo que no era un pajarito, sino que era un loro. Y entonces aquel señor ya pudo hablar, como hablan los loros, y sostenía conversaciones con todo el mundo, pues tenía un carácter muy alegre y muy gitano. Muchas gruesas señoras iban de visita después de cenar para hablar con aquel loro tan saleroso.

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