Marian Womack. Retrofuturismos.

enero 17, 2019

Marian Womack, Retrofuturismos
Fabulas de Albión, 2014. 420 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

La princesa del centro de la Tierra Félix J. Palma
La cicloteca de BubbleLon Sofía Rhei
Biocronografía del salto lateral: el teorema de Aub Guillermo Zapata Romero
Aborrecer a Lester J. Murray Laura Fernández
Gigantes Rubén Sánchez Trigos
El pastor Cristina Jurado
Tiros a la barriga Jesús Cañadas
Berlín Mechanical Men Noemí Sabugal
El óxido del sombrerero Alfredo Álamo
Carne contra el metal Rafael Marín
El Manco Rocío Tizón
Como dentro de un reloj Luis Guallar
Los hijos de Saturno Sergio Lifante
Pre/s Moon Joseph M. Remesar
Las manos que construyeron América Ángel Luis Sucasas y Francisco Miguel Espinosa

De los que se salvan pocos. Tiros a la barriga y Berlín Mechanical Men son los únicos que me han despertado algún interés. Algunos tienen alguna idea o destello bueno (pienso en el despertar de las palabras de la cicloteca o el aire cómico de Aborrecer..) pero en general no van a ningún lado y pasan con más pena que gloria.

Por fallar, falla hasta el epílogo, que canta las loas al Steampunk como género de glorioso advenimiento y que no ha pasado de camino lateral brevemente de moda sin mucha proyección.

Mediocre selección.

La ciclotecaria se cubrió la cara con las manos, esperando el desastre. Todo había sucedido tan rápidamente que no le había dado tiempo a hacer nada.
Era posible que aquel error le costara el despido. Palideció y las manos le temblaron ante esta posibilidad aterradora. No era capaz de concebir su vida separada de aquel lugar.
—Brisa —pronunció solemnemente la alcaldesa—. Libélula. Pensamientos. Un arroyo de montaña. Los brotes de los árboles en marzo…
Los asistentes escuchaban, atentos.
—La hierba que se asoma entre la nieve antes de que se fundan las últimas nieves. Las hojas frescas del rosal silvestre, mordisqueadas por una cría de ciervo. Las flores del almendro. El calor del sol sobre las manos.
A medida que la alcaldesa iba desgranando la lista de términos y frases relativos a la primavera y el verano, todas las que se habían atascado en la memoria de las máquinas tras no haber sido impresas en sus respectivas obras, la gente sonreía, con los ojos cerrados.
—El estallido de las flores, que se multiplican al liberarse. Los insectos que abren las alas. La luz rosada
del alba tiñendo la neblina del lago. Los pétalos que caen sobre la corriente del río…
Edwinta miró a Seela, que seguía llorando. Pero en su rostro ahora había, además, una sonrisa. Los asistentes que habían llevado a la Cicloteca el calor de sus propios cuerpos parecían haberse puesto de acuerdo en cerrar los ojos para convocar, en el interior de su memoria y de su imaginación, la suma de todos los veranos. Y Edwinta se dio cuenta de que quizás aquel accidente hubiera sido el mejor poema que la ciudad encerrada habría podido dedicarle a su Poeta. Y que quizá, solo quizá, todos los eventos desafortunados que habían conducido a producirlo estuvieran cobrando ahora un nuevo sentido.
Así que ella también cerró los ojos, y se dejó llevar por aquella enumeración de imágenes y sonidos de estaciones climáticas extintas. Regresó a su Bosque de junio, y pudo acoger en sus manos los racimos de glicinias y escuchar el canto de los petirrojos.
La voz de la alcaldesa siguió recitando la lista de palabras y de frases, y en la mente de Edwinta el Bosque de junio cobró una forma y un color que nunca antes había tenido. La nitidez de las imágenes, la claridad de los sonidos era tal, que la ciclotecaria no sabía si las lágrimas que le corrían por la mejilla existían en la realidad o en su visión.


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