Liliana Colanzi. Vacaciones permanentes.

marzo 8, 2013

Liliana Colanzi, Vacaciones permanentes
Tropo editores, 2012. 118 páginas.

Se lo robé a un amigo porque lo tenía a mano, sin saber nada de la autora. Menuda sorpresa. Aparecen los siguientes cuentos:

1997
Rezo por vos
Retrato de familia
Vacaciones permanentes
El fin de semana estaré bien
Banbury Road
Tallin

Que también pueden ser capítulos de una novela, ya que están muy relacionados entre sí. Raro es que no se quiera colar como novela, que vendería mejor, y algo bueno debe decir de la editorial.

Dice la faja: es un libro sorprendente por su solidez, su delicada sensibilidad, su eficacia. Y por una vez no exageran. Me ha sorprendido muy gratamente y me ha dado mucha rabia que sea el primer y único libro de la autora, porque hubiera corrido a conseguir otros. Para seguirle la pista.

Calificación: Muy bueno.

Extracto:

A veces creo que toda mi vida hubiera sido diferente de haber vivido papá. Pero tampoco pienso mucho en eso. No tiene sentido.
No era feliz en Tallin, pero no creía que mi infelicidad fuese algo muy terrible o muy importante. Qué fea eres, decía mamá, y yo no lo discutía. Cómo puedes vestirte con ropa usada, se reían Andrea y Olga en la escuela, y yo no sabía qué contestar. Miss Katerina, la profesora de inglés, pensaba que los estudiantes pobres arruinábamos el estatus del instituto. Solo Natasha hablaba conmigo, aunque no veo muy bien por qué. No me gustaban mucho los libros, y ella siempre estaba leyendo una cosa u otra.
Miss Katerina daba una clase de inglés para los alumnos regulares y un curso especial para los que podían pagarlo. Creo que no estaba permitido, pero nadie se quejaba. Yo, por supuesto, iba con los regulares. Miss Katerina trataba de ignorarme y casi siempre lo conseguía. Pero a veces su mirada caía sin querer sobre mí y no podía ocultar su irritación. No creo que fuera su culpa. Ahora que lo pienso, debo haber parecido uno de esos animalitos callados, inexpresivos. No muy agradable de ver. Y miss Katerina había perdido a toda su familia el mismo año: a su marido por culpa de un ataque cardiaco y a su hijo en un accidente de tránsito. Yo intuía lo que era eso, así que trataba de hacerme invisible para no molestarla. Eso no significa que ella me cayera bien. Tampoco soy tan estúpida.
Natasha no la pasaba mucho mejor. Su padre se había escapado con una niñera rusa. Por las tardes nos sentábamos en el café Tallin y conversábamos. O más bien, yo la escuchaba. No mencionaba nunca a su padre. Yo no mencionaba nunca al mío. Me hablaba de lo que estaba leyendo. Se le había dado por los poetas estonios. Sobre todo por Tónu Ónnepalu, un poeta homosexual. Yo no sabía que existiera algo así.
A veces, también, sonreíamos a los hombres que pasaban. No había mucho más que hacer. De vez en cuando alguno se sentaba a nuestra mesa y fumaba y pedía una ronda de bebidas y hablaba del tiempo o del gimnasio o de viajes a lugares como Londres o París o Luxemburgo. Esas historias eran música para nuestros oídos. Ninguno parecía fijarse en nuestros zapatos ordinarios o en nuestro aire de colegialas —que es lo que éramos, al fin y al cabo—. Nosotras no preguntábamos por sus esposas o por sus hijos porque nos parecían planetas distantes donde sucedían cosas que no comprendíamos y de las que quizás era mejor no saber. Queríamos que nos deslumbraran con la posibilidad de otros mundos fuera de Tallin. Con eso bastaba.

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