Kevin Wilson. La familia Fang.

marzo 20, 2019

Kevin Wilson, La familia Fang
Ediciones B, 2012. 382 páginas.
Tit. Or. The Family Fang. Trad. Magdalena Palmer.

Todo es peculiar en la familia Fang. Desde su apellido (colmillo) hasta su ocupación, artistas de la performance dedicados a generar el caos con sus intervenciones en los espacios públicos. Los niños también participan, y aunque al crecer se han separado de las actividades de sus padres las circunstancias les obligan a tener que volver a vivir con ellos. El problema se inicia cuando desaparezcan misteriosamente.

Una novela muy entretenida, articulada a través de las acciones artísticas que se van viendo en retrospectiva y las consecuencias que tuvieron en unos hijos que se ven forzados a averiguar si sus padres han desaparecido en realidad o es un último montaje.

Gustarme me ha gustado, me lo leí en dos patadas, pero una vez acabado te deja la impresión de que más allá de la trama detectivesca y de los padres manipuladores y nada empáticos apenas te deja poso. Pero el entretenimiento inteligente y bien construído siempre es de agradecer.

Recomendable.

Al día siguiente, consiguió colarse en el hospital. La radio y la televisión hablaban sin parar de la noticia: En nombre del arte, Hobart Waxman había recibido un disparo en el hombro derecho que le había destrozado buena parte de la musculatura. En el bolsillo, la Policía había encontrado una nota mecanografiada que decía, simplemente: «El 22 de septiembre de 1975, me disparó un amigo.» Al amigo aún no lo habían localizado, pero las

acusaciones eran graves. En las noticias locales, el jefe de Policía había declarado:
—Comprendo que el arte es un componente necesario de una sociedad civilizada, pero no se puede ir por ahí disparando a la gente. Eso va a ser un problema.
Cuando Caleb lo vio en su habitación de hospital, tubos y máquinas y el olor aséptico de la muerte demorada, Hobart no pudo ni esbozar una sonrisa.
—Lo siento —dijo Caleb.
‘ Comprendió entonces que no se había preparado, que por pura suerte aquello no había acabado muy mal.
Hobart acertó a decir, su voz un radiador siseante:
—Fue precioso, Caleb. Sentí el impacto y después estaba en el suelo. Oía el caos a mi alrededor, vi los pies de la gente moviéndose en todas direcciones. Creí que iba a desmayarme de dolor, pero me dije que debía seguir despierto, empaparme de aquello; posiblemente nunca vería nada semejante. Y fue precioso.
Caleb sabía lo que le esperaba. Se entregaría a la Policía con una carta mecanografiada que explicaba la pieza, firmada por Hobart y él. Pasaría cierto tiempo en la cárcel, aunque menos de lo que supondría una persona razonable, dado lo singular del delito, y perdería su empleo por haber disparado un arma de fuego en el campus. Las cosas irían muy mal durante un período indeterminado de tiempo. El sabía todo eso. Estaba preparado.
Hobart se recuperó. Se convirtió en uno de los artistas más comentados de la década. El año siguiente ganó una beca del NEA. La universidad, desesperada por competir con UCLA, le ofreció una cátedra. Viviría del escándalo de aquella escena los años venideros y Caleb no se resintió de ello.

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