Ken Grimwood. Volver a empezar.

octubre 28, 2016

Ken Grimwood, Volver a empezar
La factoría de ideas, 2008. 320 páginas.
Tit. Or. Replay. Trad. Celia Filipetto.

El protagonista del libro sufre un extraño fenómeno: al morir de un infarto retrocede hasta un punto de su pasado con sus recuerdos intactos. Esta vuelta a empezar le permite tomar diferentes decisiones y aprovecharse del conocimiento del futuro para ganar dinero y explorar futuros alternativos.

Se me hace difícil juzgar este libro porque es algo a lo que yo mismo le he dado muchas vueltas ¿Que haría si pudiera volver atrás con todo lo que ahora sé? Es curioso comparar los caminos que ha seguido el autor (por ejemplo, gana dinero con apuestas deportivas, algo que yo no podría hacer) con los que yo tenía pensados (por ejemplo, escribir canciones). Me ha resultado sorprendente la soledad del protagonista, que casi no ve a su familia y no se reencuentra con amigos -ni los tiene- en ninguna de sus repeticiones.

Por otro lado el propio autor murió de un infarto a los 59 años, y a uno le gustaría creer que está teniendo sus sesiones de replays en algún universo alternativo.

Delante de McDonough vio un puesto callejero que vendía melocotones y sandías. En uno de sus viajes a Florida, Martin y él se habían parado en un puesto parecido, sobre todo por la granjera de largas piernas y blanco pantalón corto que vendía la fruta. La chica tenía un enorme pastor alemán y, después de la típica charla sin sentido entre chico-de-ciudad/chica-de-campo, Martin y él le habían comprado una cesta entera de melocotones. Ni siquiera estaban interesados en las condenadas frutas, y al cabo de cuarenta kilómetros el olor mismo empezó a provocarles náuseas por lo que se dedicaron a usarlas para practicar tiro al blanco con las señales de tráfico y a gritar con una alegría hueca al oír el paf pam que se producía cuando le acertaban a una.
¿Cuándo había sido aquello? El verano de 1964 o 1965. Dentro de dos años. Porque en ese momento, él y Martin todavía no habían hecho ese viaje, ni habían comprado aquellos melocotones, ni habían ensuciado y abollado la mitad de las señales indicativas de los límites de velocidad que había de allí a Valdosta. ¿Y qué significaba aquello, pues ? ¿ Si Jeff siguiera en este pasado inexplicablemente reconstruido en el momento en que se repitiera aquel día de junio, volvería a hacer ese mismo viaje, compartiría con Martin las mismas bromas, lanzaría aquellos mismos melocotones maduros a las mismas señales de tráfico? ¿Y si no lo hacía, si esa semana decidía quedarse en Atlanta, o si simplemente pasaba de largo delante de la chica de las piernas largas que vendía melocotones…, qué pasaría entonces con el recuerdo que tenía de aquel episodio? ¿De dónde habría venido y qué iba a ocurrir con él?
En cierto modo, era como si estuviera volviendo a vivir su vida, «rebobinando» en el vídeo; sin embargo, no parecía estar ligado por lo que había ocurrido antes, no del todo. Por lo que podía deducir, había vuelto a este punto de su vida en exactamente las mismas ciramstancias, matriculado en Emory, compartiendo habitación con
Martin, cursa mío kis mismas asignaturas de un cuarto de siglo antes,
pero en las veinticuatro horas transcurridas desde que despenan) allí, ya había comenzado a apartarse ligeramente de los senderos que siguiera originalmente.
El haber dejado plantada a Judy la noche anterior era el cambio más grande y más evidente, aunque a la larga aquello no fuera a influir absolutamente en nada en un sentido u otro. Recordaba que solo habían salido seis o siete meses, más o menos hasta las siguientes Navidades. Recordó con una sonrisa que ella lo había plantado por un «hombre mayor», un muchacho de los cursos superiores que iba a continuar sus estudios en la facultad de Medicina de Tulane. Jef f se había pasado unas cuantas semanas deprimido y afectado, y luego había empezado a salir con una serie de chicas: una morena delgadita llamada Margaret, luego otra morena cuyo nombre empezaba con «D» o con «V», después con una rubia capaz de anudar con la lengua el rabo de una cereza. No había conocido a Linda, la mujer con la que se casaría, hasta que terminó la carrera y entró a trabajar para una emisora de West Palm Beach. Linda estudiaba en la Universidad de Florida Atlantic. Se habían conocido en la playa de Boca Ratón…
Caray, ¿dónde estaría Linda en ese momento? Tenía dos años menos que él, por lo tanto seguiría en la secundaria y viviría con sus padres. De repente, sintió la necesidad de llamarla, o tal vez de seguir rumbo al sur hasta Boca Ratón para verla, conocerla… No, no tenía sentido. Habría resultado demasiado extraño. Sería alejarse peligrosamente, podría crear una horrible paradoja.
¿ O tal vez no ? ¿ De verdad tenía que preocuparse por las paradoj as, por la antigua idea de matar al propio abuelo? Quizá no fuera una preocupación adecuada. No era un espectador que vagaba por su tiempo, temeroso de encontrarse consigo mismo, aunque más joven, sino que era él mismo más joven y formaba parte del entramado de aquel mundo. Lo único que pertenecía al futuro era su mente, y el futuro solo existía en su mente.

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