Julián Diez y Fernando Ángel Moreno. Historia y antología de la ciencia ficción española.

octubre 7, 2016

Julián Diez y Fernando Ángel Moreno, Historia y antología de la ciencia ficción española
Cátedra, 2014. 516 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

Nilo María Fabra, Cuatro siglos de buen gobierno
José Martínez Ruiz, Azorín, El fin de un mundo
Tomás Salvador, Polizón a bordo
Domingo Santos, Gira, gira
Gabriel Bermúdez, La última lección sobre Cisneros
Enrique Lázaro, La ciudad cuyo nombre era Llueve-muertos
César Mallorquí, La pared de hielo
Juan Miguel Aguilera, El bosque de hielo
Elia Barceló, Mil euros por tu vida
José María Merino, El viaje inexplicable
Juan Jacinto Muñoz Rengel, London Gardens

La primera parte es una extensa introducción a la ciencia ficción como género, de lo más exhaustivo y claro que he leído en tiempos. También se habla de la historia de la ciencia ficción española. Pensaba que sería el típico prólogo infumable y ha resultado lo mejor del libro, junto con la extensa bibliografía final.

Los relatos están bien escogidos, pero los que más me han gustado ya los conocía y los que no conocía no me han gustado tanto. Por ejemplo, los dos primeros, que tienen valor histórico, pero escaso valor literario.

Merece la pena echarle un ojo.

Julius Daonte observó por unos instantes los instrumentos y luego sonrió, casi tristemente. Latía en su gesto una extraña añoranza que hizo meditar al capitán. Y cuando habló de nuevo, lo hizo suavemente.
—Capitán… Según las leyes escritas Marsuf puede ser un criminal. Pero según las no escritas, las que todos aprendimos a respetar, Marsuf tiene derecho a un pasaje gratuito en toda nave espacial que cruce los cielos, esté donde esté, vaya donde vaya. ¿No lo sabía?
—No.
—Marsuf es la más bella, asombrosa y varonil leyenda de la navegación espacial. Todas las tripulaciones de todos los navios están siempre dispuestas a llevar consigo al viejo alborotador.
—¿A ese viejo asqueroso y borracho? No lo creo.
—Borracho, sucio, mentiroso, pendenciero y maloliente, Marsuf es, por sí solo, toda una ley del espacio.
—No lo comprendo —dijo el capitán, impresionado a pesar suyo por las palabras de Julius Daonte.
—Entre otras razones, existe la creencia de que todo accidente es imposible a bordo de una astronave si en ella está Marsuf. Eso explica, por lo menos en parte, la situación. Marsuf ha navegado millares de veces incluso antes de que usted naciera. Y está vivo, no lo olvide. Pero es la personalidad misma del viejo bribón lo que más cuenta. Tanto es así, que le puedo asegurar un motín si usted mantiene el castigo de Marsuf.
—¡Imposible! —casi gritó el capitán, sabiendo, sin embargo, que el segundo estaba hablando sinceramente.
Julius Daonte encendió lentamente su pipa. Sin ser viejo, tenía ya cincuenta años y llevaba treinta en la Rueda, como decían los veteranos. No era muy brillante en su teoría, pero sí muy apreciado por su tenacidad, sobrio valor y paciencia ante las dificultades. Leo Carey sabía
que, en cierto modo, le completaba en el mando de la Bandeirante. Cuando Daonte terminó de encender la pipa hizo una pregunta sorprendente.
—¿Conoce usted los versos de Hornero?
El capitán se revolvió inquieto. No comprendía bien…
—No tuve tiempo —dijo— ¿qué significa esto?
—Se tiene mucho tiempo en la navegación espacial —murmuró Daonte—. A veces el suficiente para volverse loco de soledad y aburrimiento.
—Ustedes, los veteranos exageran siempre.
Daonte volvió a encender su pipa y quedó mirando el humo que salía de la cazoleta.
—Yo encontré a Hornero hace años, cuando las naves tenían dos o tres tripulantes, que ni siquiera se veían. «Un varón ciego que habita en la escabrosa Quíos», como él mismo se retrató. Vivió nueve siglos antes de Cristo y ha sido el más grande poeta que ha producido la Humanidad. Cantó la aventura del hombre en su tiempo, cuando cruzar el Mediterráneo era una empresa peligrosa y descabellada. Ya ve usted, hoy lo hacen los niños en excursiones domingueras. Pero aquellos hombres montaban cascarones de nuez y necesitaban el viento. En cierto modo, eran iguales que nosotros, sobre distintas proporciones.
—Puedo comprenderlo perfectamente —murmuró Leo Carey.
—Sí, en cierto modo es fácil saberse desnudo y desamparado… Pues bien, Hornero fue el cantor de aquellos hombres, los que hicieron la guerra de Troya y los que se perdieron buscando el hogar. Marsuf es el Hornero de nuestro tiempo. Quizá sea pronto todavía. Pero gracias a Marsuf los hombres del mañana, los que habiten la Tierra y los planetas por ella conquistados, sabrán la aventura de todos nosotros, los locos del Espacio, los aventureros de las estrellas.

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