Juan Gómez Bárcena. Los que duermen.

marzo 6, 2013

Juan Gómez Bárcena, Los que duermen
Salto de página, 2012. 126 páginas.

Otro libro que me vino recomendado, pero en esta ocasión coincido con los recomendadores. Se incluyen los siguientes cuentos:

Cuaderno de bitácora
Fábula del tiempo
La leyenda del rey Aktasar
Cuaderno de bitácora II
El regreso
El mercader de betunes
La Virgen de los Cabellos Cortados
Zigurat
El Padre Fundador de Alemania
Hitler regala una ciudad a los judíos
Los que duermen
Las buenas intenciones
Como si
2374
La espera

De corte fantástico y, en general, de gran calidad. En La leyenda del rey Aktasar (Cuentan las leyendas cairas -aunque miente todo aquel que cuenta una historia[…]) se nos narra la mitología de un pueblo que puede cabalgar al pasado o al futuro. Aquiles cambia su historia en El mercader de betunes, y no sabemos si para mejor. Los que duermen que da título al libro, nos presenta al guardia de un museo, vigilando a las momias. Y en 2374 despiertan los criogenizados en un futuro incógnito.

Sólo por la originalidad de algunos de los planteamienos ya merece la pena echarle un vistazo. Más reseñas: Los que duermen, Los que duermen.

Calificación: Muy bueno.

Extracto:

Fábula del tiempo

Cada vez que un forastero habla del paso inexorable de los años o lamenta la imposibilidad de trocar nuestro destino, el bardo toma la lira y canta la historia de la joven reina Bandica, que por amor a un muerto concibió la locura de viajar en el tiempo. Pues su esposo el rey, que por edad casi hubiera podido ser su padre, acababa de fallecer, y ella lloraba día y noche desconsolada sobre su tumba. Quienes la escucharon dicen que imprecaba a gritos a los dioses, que habían permitido que se enamoraran siendo él un anciano y ella apenas una niña que comenzaba a vivir. Los hados habían equivocado sus edades, y ellos, que estaban destinados a nacer y morir juntos, habían estado separados primero por cuarenta años de distancia y ahora por el insondable abismo de la muerte.
Un día, Bandica hizo llamar a los magos y sabios de la corte. Les dijo que su corazón moría de pena y que su única esperanza era encontrar la manera de ver de nuevo con vida a su amado. Por eso les consultaba a ellos, que todo lo sabían, para que le enseñaran la forma de remontar las aguas del tiempo hasta los días felices en que su esposo el rey aún vivía.
Los magos se miraron con impotencia. Todo esto ocurría en tiempos muy lejanos, cuando el mundo era tan joven que aún estaba lleno de prodigios y hechos asombrosos; pero no tanto como para que simples mortales supieran rebobinar las ruedas del tiempo, cuyos ejes sólo conoce el Altísimo. El primero de los sabios dijo que el pasado era irrecuperable como la honra de la mujer una vez perdida, pero que podía aconsejar a la reina sobre el modo de ensanchar las fronteras de su reino y conseguir cuanto su apetito de poder anhelara. La reina respondió que ningún bien necesitaba, pues ya no tenía a nadie con quien compartirlo. El segundo de los magos dijo ser capaz de preparar filtros amorosos para tener a su disposición a los hombres más apuestos del orbe. La reina contestó que el único hombre en quien querría resucitar el amor yacía bajo tierra. Por fin, el último hechicero dijo que el retorno al pasado era tan imposible como inevitable era el viaje al futuro, y que en eso consistía la tragedia de ser hombre. Por ello no se sentía capaz de enseñar a la reina nada más que conocimientos inútiles; meros sofismas con que entretenerse mientras sus vidas se consumían como el cabo de una vela. A éste tomó la reina como su consejero privado e hizo cubrir de honores.
Una noche que contemplaban las estrellas, el mago señaló el cielo y entre otros muchos comentarios estériles dijo: «Mírelas, Alteza. Están tan lejos que su brillo continúa llegando hasta nosotros, aunque muchas de ellas ya se hayan apagado». Aquella noche la reina no pudo conciliar el sueño. Pensó en las palabras del sabio; pensó en el resplandor disperso del cielo y en cómo desde la tierra las estrellas muertas continuaban estando vivas. Pensaba en ellas al vestirse en silencio y aún seguía haciéndolo mucho tiempo después, mientras corría por el jardín del palacio aprovechando las sombras de la noche. El amanecer la sorprendió al otro lado de las murallas de la ciudad y sólo entonces su decisión estuvo tomada.
Durante días y días, la reina prosiguió su marcha hacia el sol naciente. En su camino atravesó llanuras infinitas en las que descubrió la soledad y aldeas miserables en cuyas chozas comprendió la pobreza. Por todas partes, encontró ruinas y hombres que arañaban los frutos de la tierra con esfuerzo. La reina conoció también el hambre y se vio obligada a mendigar raciones de pan y agua. En cada posta se detenía para preguntar quién era el monarca que gobernaba aquellas tierras. Los posaderos contestaban que su rey había muerto tras dolorosa agonía y que su joven esposa la reina Bandica lloraba día y noche sobre su tumba. La reina cabalgó aún más lejos, sin pensar en nada. Reventó caballos, salvó infranqueables ríos, recorrió de cabo a cabo el desierto donde los viajeros perecen de sed. En una posada que se alzaba en medio de ninguna parte, repitió la pregunta. El mesonero contestó que su rey, un hombre ya muy anciano, acababa de desposarse con una joven mujer que por edad habría podido ser su hija.
Bandica apresuró su paso. Llegó hasta donde llegan los hombres sensatos y después continuó hacia adelante. Atravesó las montañas desoladas que ni siquiera los buitres sobrevuelan y los pantanos en los que se hunden y extravían las muías de los correos. A bordo de un balandro desvencijado cruzó los siete océanos y cada uno de sus insondables piélagos. Bandica no sabría decir si continuaba dentro de las fronteras de su reino o si estaba a punto de llegar al límite de la tierra, donde los mares se desvanecen en una catarata que cae eternamente. Pero cierto día encontró una isla, en esa isla una aldea, y en esa aldea una posada en la que los hombres pagaban sus rondas con monedas que tenían acuñada la efigie de un rey niño. Bandica sonrió y supo que por fin había llegado al lugar que buscaba.
En aquella isla remota, la reina dejó pasar la vida entera. Año tras año creció con ese niño; en el reverso frío de las monedas vio definirse cada vez más claramente los rasgos que algún día amaría y cubrirse de nuevo de barba sus mejillas.

Lentamente aprendió a amarlo como lo amaban sus subditos: en la distancia. Cada año arribaba a la isla un barco que traía noticias de la capital. Bandica aguardaba incansablemente su llegada. Por él supo cada uno de los avatares que su amado vivía al otro lado del reino. Sufrió con él la derrota a manos de los bárbaros del norte de la que recordaba haber oído hablar a sus abuelos y, la primavera siguiente, celebraron los festejos de su definitiva victoria. Conoció también la noticia de que el rey había sido herido en el campo de batalla. Día y noche, Bandica esperó en el puerto la noticia de su recuperación, con la fidelidad de una amante esposa.
Lentamente, fue pasando el tiempo. Juntos cumplieron treinta años y después cuarenta y cincuenta. La vejez les dio alcance al mismo tiempo y sus rostros se fueron cubriendo de idénticas arrugas. Ambos eran ya muy ancianos la mañana en que el barco de correo llegó anunciando la boda del rey con una joven princesa que por edad podría haber sido su hija. Bandica contempló el rostro de aquella niña en una de las monedas recién acuñadas y le pareció una extraña. Sintió como si su juventud en palacio hubiera sido sólo un sueño: una fantasía mucho más irreal que la vida de su amado, que sin duda continuaba caminando y respirando en algún lugar de la tierra. Y el día que sufrió los primeros estertores de la muerte supo que en ese rincón opuesto del mundo el rey estaría sintiendo aquel mismo dolor en el mismo instante. Tal vez por eso no sintió ninguna tristeza, y se limitó a sonreír con una sonrisa que no sabía si le pertenecía a ella o a él.
Poco después llegó el barco del correo. Tenía el velamen negro y las banderas del reino ondeando a media asta, pero en el puerto no había nadie para apreciarlo. Del barco descendió un cortejo de plañideras que traían tristes noticias de la capital: pues el rey había muerto tras dolorosa agonía y su joven esposa había desaparecido en el desierto donde los viajeros perecen de sed, persiguiendo la locura de retroceder en el tiempo. No
encontraron a nadie a quien comunicar las nuevas. Ni hombres trabajando en los sembrados ni pastores apacentando sus rebaños de cerdos y cabras. La isla estaba desierta. Las plañideras la recorrieron de costa a costa mesándose los cabellos y profiriendo tristes quejidos de dolor, pero nadie pareció escucharlas. Por último se dirigieron a la iglesia. En su camino se cruzaron con un grupo de hombres y mujeres que venían en dirección contraria, acompañando un féretro. Por un instante, cesaron en sus lamentos para preguntar qué sucedía, pero los desconocidos les indicaron con un gesto que callaran y continuaron su camino. Aquellos eran los funerales por la anciana Bandica, conocida en toda la isla por su nobleza y por su costumbre de mirar fijamente las estrellas. Y eran tantos los que la acompañaban en su último viaje que las plañideras tuvieron que hacerse a un lado y esperar su paso.

Un comentario

  • Amadeo Berce marzo 6, 2013en8:13 pm

    «Salto de Página» está haciendo una buena labor con la literatura de género en lengua española.

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