Juan Cárdenas. Los estratos.

enero 11, 2019

Juan Cárdenas, Los estratos
Periférica, 2013. 202 páginas.

Los recuerdos difusos de su pasado y un padre desaparecido atormentan al protagonista que ve deshacerse su vida sin que le importe demasiado. La empresa que heredó se va declarando en bancarrota y él irá en la búsqueda de la mujer que lo cuidó de pequeño en busca de respuestas. Para ello utilizará a un detective muy peculiar.

Me ha gustado la desorientación vital del protagonista, los toques de irrealidad de su comportamiento y el de su mujer, la búsqueda como eje para dar sentido a su existencia y esa figura de un detective con métodos que rozan la magia. También como está escrita la novela. No tanto la ausencia de destino y el andar un poco como en círculos. Un paseo agradable de dar, por la oscuridad de un parque en cuyas sombras hay cosas oscuras, pero del que salimos igual que como hemos entrado.

Recomendable.

La psiquiatra vive en una casa enorme junto al río, una casa que parece no tener fondo, con tres patios, un jardín interior con techo de cristal, muchas piezas y varios gatos. Cuando abre la puerta me da un beso en la mejilla. Tiene ojeras, los pómulos muy marcados, el pelo corto y canoso. Parece haber perdido mucho peso en los últimos meses o quizás sólo sea el overol, que le queda muy holgado. El olor noble a cosas viejas restauradas me llena los pulmones. Es una coleccionista compulsiva de antigüedades. De hecho hace ya años que se retiró de la psiquiatría y vive de la compra y venta de muebles y objetos raros que ella misma restaura. Me pide que la acompañe al fondo, donde tiene su taller, una pieza llena de herramientas y cachivaches con olor a trementina. Los gatos se restriegan contra las patas de los muebles y maullan. Ella agarra la lata de comida que está encima de un armario y les llena un cuenco ancho y plano. Las colas de los gatos forman una especie de candelabro que se retuerce alrededor de la comida. Ella los acaricia en el lomo, luego me pide que me siente y señala un sofá tapado con una sábana blanca llena de manchas de pintura. ¿Y entonces?, dice, nos cruzamos.
Suele entrar a las conversaciones con esa clase de vaguedades. Voy a seguir con esto, anuncia y se acerca a un tocador viejo que yo habría tirado a la basura sin pensarlo dos veces. Revuelve en la herramienta y encuentra una espátula con la que va desclavando la tabla que recubre la parte trasera del tocador. Sí, nos cruzamos, le digo, nos cruzamos como fantasmas. Ella observa que siempre estoy hablando de fantasmas o de zombis, dice que son dos de mis metáforas favoritas para referirme casi a cualquier cosa, que veo el mundo a través de ese velo. ¿Velo?, digo. Sí, dice ella, el velo con el que ves las cosas. Me río y le cuento lo que ocurrió en casa de mi tía esta tarde, cuando me recosté en la cama debajo del mosquitero. Ella también se ríe y sigue sacando los clavos oxidados uno a uno y los va metiendo en una bolsa de plástico. ¿Por qué te recostaste precisamente en esa cama? Yo le digo que no sé. Quiere saber si me sentía cómodo dentro de la gasa. No tengo que pensarlo demasiado. Sí, digo, pero me arrepiento de inmediato porque temo que quiera llevar el asunto a la telenovela edípica, el mosquitero como placenta, mamá y papá. No dice nada. Está concentrada en el esfuerzo de sacar otro clavo sin dañar la madera. No es una placenta, le digo. ¿Eh? Qué cosa, dice. El mosquitero no es una placenta. Ah, no estaba pensando en eso.

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