José Luis Pardo. Nunca fue tan hermosa la basura.

diciembre 18, 2018

José Luis pardo, Nunca fue tan hermosa la basura
Círculo de lectores, 2010. 398 páginas.

Ensayo de temas diversos, relacionados con el arte, que he disfrutado como un enano de principio a fin. José Luis Pardo no sólo cuenta cosas inteligentes, sino que además las cuenta muy bien. En algunos casos incluso he llegado a emocionarme.

Muy recomendable.

El significado del arte:

[…]trenes que hacían el trayecto hasta Auschwitz en cuatro días y tardaban otros cuatro en regresar para recoger una nueva carga. Al cabo de unos cuantos viajes, un ayudante de la enfermería del campo holandés se dio cuenta de que siempre eran los mismos trenes los que hacían el transporte. A partir de ese momento, los deportados dejaron mensajes ocultos en los vagones, mensajes que volvían en los trenes vacíos y que avisaban a sus sucesores de que debían llevar víveres, agua y todo lo necesario para sobrevivir. Pero no quedaron supervivientes de los primeros viajes, de aquellos en que los deportados no estaban sobre aviso y habían partido a ciegas, en la creencia infundada de que los verdugos les proveerían automáticamente de lo preciso para subvenir a las necesidades más elementales de un viaje de cuatro días. Ellos no pudieron siquiera dejar una nota. Las obras de arte se parecen a esas notas: están siempre en lugares de tránsito, frecuentados por viajeros que, como los denortados de esta historia, no son ya de ningún lugar, están en paradero desconocido, en el no lugar, vienen de un lugar que no es ninguno (¿o es que acaso un campo de concentración es algún lugar?) y, aunque ellos no lo saben, van a otro sitio que tampoco es un lugar; los artistas no son mejores que ellos, tienen su mismo origen y su mismo destino (o sea, ninguno), simplemente hicieron el viaje primero y dejaron esas inscripciones para que quienes les sucedieran pudieran vivir algo que, de otro modo, resultaría insufrible, les dejaron esas instrucciones para sobrevivir al no lugar, para hacer mínimamente habitable lo esencialmente inhóspito, para inventar un modo de vivir allí donde no se puede vivir. Por eso digo que les permitieron sobrevivir al permitirles no ser originales: les enseñaron que su dolor, su falta de refugio, no era el primero, que no era original sino repetido, que ya había otros hombres que lo habían padecido y que ahora ellos, los nuevos viajeros, podían mirarse en esas notas como en un espejo en el cual llegar a sentir su propio dolor que, entonces, se convertiría en un dolor común, compartido.

El meollo de Bartleby:

Y, en cierto modo, el problema de Melville parece ser éste: hay que elegir un género menor (menor que la novela) para narrar algo cuya grandeza consiste en ser demasiado pequeño para la literatura. Bartleby es una objeción contra la novela, uno que ha muerto tan pobre que no ha dejado nada. Melville prefiere no escribir una novela cuyo narrador prefiere no hacer literatura acerca de un escribiente que prefiere no escribir.

El paradigma basura:

los restaurantes-basura o los libros-basura eran subproductos destinados a las masas incultas, dóciles y amedrentadas. Ahora, no. Ahora tenemos restaurantes-basura de lujo, libros-basura de lujo, y quien no viva en una casa-basura o padezca alguna enfermedad-basura perderá rápidamente su crédito social y transmitirá una depauperada y deprimente imagen de «clase baja» y de «retraso social». Hemos convertido, como diría Pierre Bourdieu, las «marcas de infamia» en «signos de distinción». Si no puedes vencer en tu lucha contra la basura, únete a ella. La palanca fundamental gracias a cuyo punto de apoyo hemos conseguido mover el mundo en esta dirección -es decir, gracias a la cual hemos conseguido empezar a no ver y a no sentir como tal la basura que nos ahoga- se resume en una fórmula mágica: estamos transitando hacia un nuevo paradigma (y es la instalación de este «nuevo paradigma» lo que nos permitirá no vivir como basura lo que antes considerábamos tal). El único problema, claro está, es que este nuevo paradigma no puede ser otra cosa que un paradigma-basura, o sea un no-paradigma (porque no hay en realidad ningún nuevo paradigma hacia el cual estemos transitando, sino únicamente la destrucción sistemática y concertada de aquel bajo el cual vivíamos). La fórmula mágica tiene, con todo, una formidable eficacia simbólica. La desaparición de los lugares y su paulatina sustitución por lugares-basura (y esto mismo vale para los empleos-basura o las casas-basura) deja a muchas personas en el mundo sin lugar, crea una muchedumbre de desplazados que, una vez más, no solamente lo son en el sentido físico del término (aunque esta situación sea sin duda la más grave), sino también en el sentido social, laboral, cultural, económico o familiar. El dolor que se acumula en esa multitud, sin embargo, sencillamente no puede expresarse como tal, porque la fórmula mágica en cuestión lo convierte en dolor de parto del nuevo paradigma y, por tanto, amenaza a todos aquellos que publiquen su malestar con el estigma de la inadaptación, del atraso y del conservadurismo: son tristes reaccionarios que se niegan a desamarrarse de sus privilegios

La maldición del trabajo:

Lo que el trabajo le hace a uno es arrancarle brutalmente de su comunidad natal, de sus lazos afectivos, de sus lealtades familiares, de sus vínculos de amistad e incluso de sus convicciones personales, y arrojarle a la intemperie, retirándole todo aquello que uno sentía como protector. Es como pasar repentinamente a una condición de orfandad.
When I left my borne and my family
I was no more tban a boy
In tbe company of strangers
In the quiet of tbe railway station running scared.
En el trabajo tiene uno -uno que haya tenido la suerte de vivir preservado de esta sensación hasta su primer empleo-, por primera vez, la certeza de no ser nadie. Ésta es una experiencia de humillación tan completa que probablemente es extraña a aquellas formas de organización social no basadas en el trabajo asalariado. Y uno intenta, por supuesto, defenderse de esta humillación, pero, en la medida en que uno no puede eliminar la necesidad de tener que trabajar, esta defensa es una defensa en la humillación, un consuelo o una estrategia para soportarla, no un combate contra ella que tenga una mínima expectativa de victoria. Y la estrategia tiene siempre, como usted sugiere, la forma de un intento de construcción de comunidad, de creación de un «nosotros» (no frente a ellos, que serían unos enemigos externos, sino frente a ello, esa autoridad impersonal e implacable que nos levanta de la cama los días laborables). Este nosotros puede ser el que se pretende tejer en el trabajo mismo, estableciendo vínculos de amistad -principalmente- entre iguales, y también el círculo familiar o amistoso (comunitario, en suma) que luchamos por instituir fuera del trabajo, en el llamado «tiempo libre».

¿Por qué hay que salir de casa?

No habrían existido Alejandro Magno, ni Julio César, ni el papa Borgia, ni Napoleón, ni Hitler, ni Stalin, ni Franco, ni Pol Pot, ni George W. Bush ni Mohamed Atah…, con la cantidad de valor añadido que esta gente ha producido y los placeres que han proporcionado a cientos de miles de personas en el mundo. Lo que nos habríamos perdido. Hay historia porque los hombres salen de casa, fundamentalmente para ir a la guerra, aunque luego a eso se le llame también ir a la escuela, ir al trabajo, etc. El niño que consiguiese no abandonar su hogar -cosa que yo, lamentablemente, no conseguí- no haría historia alguna, pero sería feliz. Su felicidad le parecería a todo el mundo -y los freudianos no serían más que una vocecilla en ese inmenso coro- injusta, irresponsable, inmadura, insolente, etc. Pero como ninguna de las voces de ese inmenso coro está en condiciones de aportar siquiera la menor prueba a favor de que el niño tenga que salir de casa para hacer historia o aún el menor argumento que ligeramente pueda sugerir que es preferible hacer historia que no hacerla, todas esas voces pueden irse al cuerno y dejar al niño en paz.

Una carta hermosa:

Bueno, hija, el día menos pensado vamos a cruzarnos en el camino. Yo, que salí de mi casa hace muchísimo tiempo y que ahora estoy de vuelta, y tú, que aún estás de ida y que en cualquier momento te marcharás. Tu padre me dice de vez en cuando: «¿Has hablado ya con la niña?». Yo le digo que no, que aún no, porque en verdad tengo muchas dudas acerca de lo que tendría que decirte. Sé que sería un crimen que no te dijese nada, que, considerando que nuestras miradas sólo van a cruzarse en este instante en el cual yo, en mi camino de regreso, y tú, en tu salida, pasaremos la una a la altura de la otra, tengo que decirte algo sobre lo que te he dejado ahí fuera. Tengo miedo de que mis respuestas no sirvan para tus preguntas. Podría decirte que ahí fuera te esperan el estruendo, el horror y la decepción. Cuando yo me marché de casa, solíamos acudir a las marchas de protesta contra la guerra de Vietnam y gritar aquello de Yan-kee, go home. En nuestro entusiasmo, no escuchamos con atención las palabras del presidente Nixon, que estaba deseando que sus yanquis volviesen a casa y que había declarado solemnemente que el objetivo de aquella guerra era vietnamizar Vietnam. El presidente Nixon logró su objetivo. Hoy Vietnam está completamente vietnamizado. También Norteamérica se ha nor-teamericanizado mucho desde aquellos tiempos, España se ha españolizado una barbaridad y hasta Cataluña se ha catalaniza-do de forma prodigiosa. Los países islámicos se han islamizado y, tal y como van las cosas, Afganistán e Iraq quedarán completamente afganistanizados e iraquizados, respectivamente. Podría decirte, por tanto, que yo no traigo de mi viaje más que desengaño y amargura, y que si acaso te fijes en mis heridas como advertencia de lo que te puede suceder ahí fuera si no vas prevenida. Tu padre me insiste en que intente desengañarte para que no te hagas ilusiones vanas, quiere que te cuente ese rollo que a él le gusta tanto ahora de la cultura del esfuerzo, el sacrificio y la meritocracia (se le ha olvidado de pronto que es la mengua de presupuesto, y no la flaqueza moral, lo que ha envenenado los espacios públicos). Pero él sabe tan bien como yo que el único minuto durante el cual tuvimos la impresión de que el esfuerzo noble recibía una recompensa aproximadamente justa fue precisamente aquel en el cual nos negamos a dejar que la naturaleza siguiera su curso y nos agarramos a los engranajes de una gigantesca maquinaria antinatural que, durante ese minuto, proporcionó un alivio a quienes habían vivido siempre bajo la presión de la necesidad, antes de ser completamente demolida, a veces, ay, con la ayuda de quienes fuimos sus mayores beneficiarios. Yo podría intentar desengañarte, desde luego, decirte que te olvides de tus ingenuas preguntas acerca de si ahí fuera hace frío o de si las gentes son amigables y que dejes de pretender que te dé unas reglas para tener éxito en el juego del exterior, como si tú fueras Alicia a punto de entrar en Wonderland o de pasar al otro lado del espejo, podría decirte que lo de ahí fuera no es ningún juego, y que ahora todo el mundo ha vuelto a tomarse en serio el sacrificio, la lucha por la vida, el sagrado valor del trabajo y de la humillación o la exaltación de la guerra. Y si te dijera todo esto nadie podría decirme que te estoy engañando. Pero me lo impiden dos cosas. La primera es que dudo que ahí fuera haya una verdadera guerra. Hay un hatajo de canallas y de ventajistas, eso es indiscutible, pero eso no basta para que haya una guerra. A ti esto te parecerá una tontería, porque ¿para qué vamos a discutir por las palabras si hay bombardeos, gente destripada y ciudades destruidas? Yo, en cambio, estoy acostumbrada a pelear por las palabras y, repito, creo que lo que ahora llaman guerra no lo es, como lo que ahora llaman trabajo no es trabajo, ni lo que llaman sacrificio es sacrificio, ni lo que llaman estudios superiores son estudios superiores. Será que estoy muy mayor, pero creo que los padres deben enseñar a hablar a sus hijos -en eso consiste su autoridad sobre ellos-, y que aprender a hablar es aprender a llamar a las cosas por su nombre. Me he esforzado en esto contigo, aunque no sé si lo suficiente ni con qué resultados. La segunda cosa que me impide decirte todo eso es que no estoy segura de que desengañar a alguien sea lo mismo que decirle la verdad. Tu padre me dice a veces: «Pero ¿es que prefieres que entre en la vida engañada? ¿Para qué, para que dé mejor espectáculo, como los toros en la plaza, como las reses en el matadero, como los judíos en Auschwitz?». No. Yo no quiero engañarte. Pero el discurso del desengaño sólo encuentra adeptos entre los ya de antemano desengañados, que experimentan un cierto placer en lamentarse de lo mucho que han perdido, un placer que -incluso aunque a veces lo comparta- no deja de parecerme repulsivo. Si eso fuera todo lo que puedo transmitirte, sí, en ese caso pasaría de largo a tu lado y mejor guardaría silencio. Mi dolor, por supuesto, es verdadero, como un día lo será el tuyo, porque nadie en el mundo, ni siquiera los padres más poderosos, podría evitarte el dolor. Pero el hecho de que duela de verdad no significa que en el dolor haya verdad alguna, ni mucho menos que el dolor haga mejores a las personas o las acerque a alguna revelación, pues está bastante comprobado que no hay cosa más eficaz a la hora de sacar de cada uno lo peor de sí mismo y de cegar a todos a propósito del menor detalle. El dolor no enseña nada, como no sea a mentir o a hacer daño a otros. El que vuelve amargado de su paso por la vida no sabe de la vida más que el que aún está yendo a ella sin demasiado conocimiento. Esto es algo que yo he aprendido y que he intentado transmitirte, me gustaría que tú no pudieras olvidarlo nunca. Me pregunto, en fin, cómo podría mi experiencia -que, pese a todo, está llena de decepción y de amargura- servirte de algo a ti, que te diriges a un mundo convulsionado por la violencia más rastrera y a un mercado que exige a sus clientes una labilidad sobrehumana y condena a los inadaptados a la miseria material o moral, un mundo en el cual aquella gran maquinaria de la que se benefició mi generación se ha hecho calderilla en una infinitud de maquinitas clónicas que compiten por un premio insulso y soez, un mundo que, del mismo modo que exige a los edificios que se transformen hoy en centros comerciales, mañana en hoteles y pasado mañana en hospitales o complejos de oficinas, exige a los cuerpos y a las almas de las personas que se modulen y esculpan al son de las circunstancias más implacables. Pero ¿qué te diré cuando me preguntes si la ciudad está en armas, cuando quieras que te explique cómo sobrevivir en medio de una batalla, cómo protegerse contra la metralla o contra los inviernos? ¿Te diré que te diviertas} No sé si con esas palabras tan descaradas, pero aunque sea con otras, te diré seguramente que procures mirar en otra dirección, que no escuches a los padres que acusan a sus hijos ni a los hijos que acusan a sus padres de su infelicidad, ni mucho menos a los buhoneros que ofrecen recetas baratas y rápidas para enderezar a los hijos descarriados o para encarrilar a los padres mastuerzos, te diré que, cuando lluevan los obuses de hidrógeno o de estupidez, pues en verdad no sé cuáles son más letales ni si hay diferencia aprecíable entre ambos, busques otros ojos en los cuales puedas percibir un destello de lucidez que te avise de que, aunque tu dolor sea tuyo y sólo tuyo, y aunque nadie pueda librarte de él (desconfía de todos los que te ofrezcan por él el oro y el moro), el dolor no lo es todo. Yo bien podría decir que mi vida no ha tenido ningún sentido ni ningún valor, que todo ha sido en vano, que todas las empresas en las que me he empeñado han fracasado, que mis congéneres han destruido cada una de mis esperanzas y me han privado de toda confianza en mis semejantes; bien podría decirlo si no fuera porque, al menos una vez, he visto unos ojos en los que brillaba una verdad distinta de la masacre y de la mezquindad, y ese solo instante ha valido por toda mi vida y ha convertido en nada todos mis desengaños y decepciones, y me ha enseñado a reírme con desprecio del sacrificio, la lucha por la vida, el sagrado valor del trabajo y de la humillación o la exaltación de la guerra, y me ha recordado el significado de la felicidad. Esos ojos, querida, son los tuyos, que me encuentro ahora, cuando estoy de vuelta, y que me recuerdan qué era lo que yo misma buscaba el día que abandoné la casa de mis padres, esa casa que hoy he vuelto a encontrar en el fondo de tu mirada. Así que, si no te digo nada, al menos, cuando nos crucemos en el camino, tú en el de ida y yo en el de vuelta, si percibes en mis ojos un temblor insensato de felicidad y de esperanza, un imperdonable deseo de detener la Historia y de declarar condonadas todas las deudas y clausuradas todas las hazañas, no olvides que eres tú quien los ha iluminado con esa luz y búscala ahí fuera, porque si la encuentras podrás fulminar con ella a quienes quieren hacerte desdichada. Es algo interior y profundo que se nos ha negado siempre, sistemáticamente, durante demasiados años.

La verdad es indócil:

Y la relación de este modelo con la Ilustración no es en absoluto contingente: la ilustración es un combate contra la ignorancia y la superstición, que concibe el saber como un instrumento de emancipación de toda clase de «tutores» deseosos de impedir a los hombres pensar por sí mismos; por tanto, no puede abrirse camino si no es invocando una fuerza superior a la de las cadenas que ligan a los hombres a sus prejuicios, que no son solamente las cadenas con que los amos pretenden sujetar al pueblo -como decía Spinoza, igual que se sujeta a un caballo con ayuda del freno-, sino también las de la minoría de edad culpable a la que se refería Kant, es decir, las de la voluntad de servidumbre que prefiere obedecer y obtener a cambio seguridades y bienestar -aunque se trate de seguridades ilusorias y de bienestar pasajero- mejor que atreverse a saber, puesto que la verdad no suele ser demasiado complaciente con las expectativas de los hombres. Esta «fuerza superior» no es más que el poder público de la verdad, es decir, el modo como en verdad son las cosas, modo que se resiste obstinadamente a la voluntad de los tiranos tanto como a la de los siervos, a menudo dispuestos unos y otros a conformarse con una mentira conveniente. Sin contar con esta «fuerza», la ilustración del género humano pierde su principal apoyo y corre el peligro de reducirse a una contienda desnuda por el poder, y por eso es decisivo garantizar la igualdad del derecho de todos los ciudadanos a la mejor instrucción pública posible, ya que si esto no elimina por sí solo las desigualdades socioeconómicas, es el medio más seguro de contrarrestar sus consecuencias políticas.

Lo mismo da hacer las cosas bien que mal:

Y ello por la pura, simple e implacable razón de que no es posible justificar una actividad en virtud de la «demanda social» que la requiere sin privarla de cualquier índole propia que pudiese tener para conseguir con ello dar a sus demandantes exactamente lo que piden, que en este caso es identidad, esa forma nueva -y sin embargo tan antigua- de pobreza que caracteriza la penuria de nuestras sociedades avanzadas y prósperas. También aquí las fluctuaciones de la demanda decidirán qué nuevas asignaturas han de nacer para alimentar a estos nuevos pobres, a cuáles hay que cortar el crédito (pues serían incapaces de devolverlo en porcentajes de rentabilidad social) y a cuáles hay que irrigarlo generosamente en forma de oleadas de «conocimiento». Y como hace tiempo que, al menos entre nosotros, el estado de deterioro de la cultura hace que uno pueda perfectamente publicar un artículo, un libro o un suplemento cultural plagado de memeces, errores, mentiras y papanatismo y que no pase absolutamente nada (o incluso sea elevado por ello a los cielos), o bien publicar un artículo, un libro o un suplemento cultural pleno de inteligencia, aciertos, verdad y originalidad y tampoco pase absolutamente nada (o incluso sea por ello condenado a los infiernos), que uno puede lanzar al mundo un texto neofascista y ser consagrado como la quintaesencia del progresismo, llenar su bibliografía de tópicos y pasar por el colmo del refinamiento exquisito, y que también puede suceder lo contrario, porque la falta de criterio en asuntos de cultura, a fuerza de reinar entre nosotros, impera de manera absoluta e ilimitada, hay que reconocer que es difícil que alguien llegue a notar las consecuencias de este invento; y, en el caso de que tal notificación se produjese, considerando el lugar tan modesto que la cultura ocupa en nuestro país, y en comparación con parecidos grados de deterioro alcanzados en otros terrenos como la política o las finanzas, es un problema muy inferior que nadie con mando en plaza tiene en su agenda.

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