José Donoso. Coronación.

mayo 21, 2012

José Donoso, Coronación
Alfaguara, 1995. 278 páginas.

Tenía ganas de leer algo de Donoso, y me he estrenado con este novela, a la espera de leer su pájaro.

Andrés vive de rentas, no se ha casado, y visita cada poco a su madre loca, al cuidado de dos criadas. Cuando se incorpora al servicio Estela, sobrina de una de ellas, se introducirá el mundo exterior en ese entorno aislado.

Buena novela, aunque no deslumbrante, su mejor baza es lo bien que capta los diferentes registros de los personajes que aparecen, tanto los de la alta burguesía, como los del lumpen. El contraste entre la casa de Andrés, que aunque venida a menos mantiene su prestancia, y la de Mario, pobre y llena de llantos de chiquillos, nos da dos cabos de donde agarrar el retrato del Chile de su tiempo.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (264/365)

Extracto:
Cuando yo era cabrita bien chica, lo que más quería era parecerme a ella, y como por ahí decían que tenía la misma boca que ella, con un palito no más me lo llevaba escarbando entremedio de los dos dientes de adelante para que se me picaran y me pusieran una tapadurita de oro…
—¡Córtala, mierda! ¡Ya está bueno! ¡No hablís más como loca! ¿Que no vis que estoy leyendo? —gritó Mario.
Con la mano buscó el conejo cubierto de percala a lunares verdes que la Dora estaba haciendo para vender. Sus dedos lo apretaron como para estrangularlo.
—Deja ese conejo…, deja mi conejo, te digo, cabro de porquería. Mírame…
Mario apartó la vista del rostro de la Dora. La paseó por los demás juguetes sin terminar que había en la pieza: un burro a cuadros rojos, a horcajadas en la cabecera del catre de hierro, un pollito amarillo rodeado de un papel limpio, entre los tarros de comestibles de la repisa, y luego la volvió a la revista. La Dora se había acercado a él.
—Mírame, te digo —aulló la mujer—. A ver, mierda. ¿Por quién estoy así, ah? ¿Por causa de quién estoy así para que me vengái a hacer callar vos, mocoso desgraciado, ah? Mírame… —volvió a gritar, arrancándose el pañuelo de la cara y aproximándola a la de Mario. Abrió la boca inmensa. Mario cerró los ojos para borrarlo todo, para borrar esa cavidad donde aún sangraba el diente mal extraído—. ¿No fue por criarte a vos? ¿Ah? ¿Y por tener más chiquillos, qué sé yo para qué? Ah, muy rebién lo íbamos a pasar dijo el Rene cuando nos juntamos, íbamos a vivir aquí por mientras no más, hasta que le entregaran la casita que le tenían prometida. ¿Quién se la tenía prometida? ¿Sus amigos
del billar y de la compraventa, donde dice que trabaja? ¡Cómo no! ¡Corriendo le iba a creer yo ahora! Y yo la tonta que tenía mi buena pega de fabricana fui a dejarlo que me engatusara. ¡Cómo no que le iban a dar casa! ¿Quién? ¿La Caja de Previsión de los ladrones pelusas?
Mario sepultó la cabeza en sus brazos cruzados sobre la mesa. No podía soportar que dijeran que Rene era ladrón…, era como si el peor de los peligros se estuviera aproximando. Apretó los ojos para ver estrellas, puntitos, círculos, conejos a cuadros verdes, pollitos a listas coloradas, para no pensar en lo que la Dora estaba gritando.
La Dora calló pronto. Siempre se callaba pronto. Se limpió las manos en el delantal, se sentó en un cajón de azúcar vacío junto a un envoltorio lleno de animalitos trozados, orejas, patas, colas, cuerpos sin cabeza, y comenzó a ordenar los miembros sueltos y a limpiarlos. Después de un rato, Mario dijo:
—Oye. Me echaron de la pega. No le digái nada al Rene, mira que me mata a patadas…
La Dora movió la cabeza tristemente:
—Bueno, cabro. ¿Y por qué te echaron?
—Cosas de don Segundo no más. Está más mañoso ese viejo…
La Dora estaba sentada detrás de Mario. No vio que en lugar de leer el muchacho tenía los ojos apretados. Los apretaba y, en vez de colores y estrellas, veía la palabra ladrón, ladrón, ladrón, que se encendía y flotaba. La Dora volvió a amarrarse la cara con el pañuelo. Las dos puntas tiesas encima de la cabeza la hacían parecer una caricatura del conejo que estaba revistiendo de percala con lunares verdes.

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