Jon Bilbao. Shakespeare y la ballena blanca.

junio 11, 2014

Jon BIlbao, Shakespeare y la ballena blanca
Tusquets. 2013. 232 páginas.

Tenía ganas de leer la incursión de Jon Bilbao en la novela después de haber disfrutado tanto de sus cuentos (Como una historia de terror). El título, además, pintaba muy bien.

Shakespeare se embarca en un viaje a Dinamarca por orden real y por el camino se encuentran una ballena blanca. Esto le dará pie a imaginar una obra de teatro en la que un capitán se obsesiona con dar caza a semejante animal ¿Les suena?

Me ha dejado un gusto agridulce. Jon Bilbao escribe muy bien, y esta novela no es una excepción. Teniendo como base la obra de Shakespeare y Melville, siempre encontraremos, además, fragmentos memorables. Pero en mi opinión, le falta alma. No deja poso. Si la prosa está muy bien y las referencias impecables ¿Dónde falla esta novela? Quizás mis expectativas eran demasiado altas.

Ojo, que como dicen en esta reseña: Shakespeare y la ballena blanca – Jon Bilbao:

Bajo un estilo aparentemente sobrio y sencillo, sin ninguna floritura, esconde maquinaria de precisión: el gusto de leer algo bien escrito basta para sostener la novela durante bastantes páginas.

Pero esperaba algo más. Casi todas las reseñas coinciden: Reseña de ‘Shakespeare y la ballena blanca’ y Shakespeare y la ballena blanca de Jon Bilbao.

Calificación: Bueno, pero podría haber sido mejor.

Extracto:
Shakespeare nunca olvidaría el estreno de Hamlet. Había reservado para sí el papel del espectro del padre, que aparecía en la primera escena. Para que su entrada fuera más impactante, Shakespeare, con el rostro y el pelo blanqueados con harina, se había escondido en el infierno. Acurrucado allí a la espera de que empezara la obra, mareado por el olor a cerveza rancia, veía por los huecos entre las tablas cómo el público iba llenando El Globo.
Un momento antes del toque de clarín que señalaba el comienzo de la obra, un patán de dientes amarillos y ropas andrajosas se abrió paso a codazos hasta la primera fila, justo enfrente de donde él estaba. Lo acompañaba una fulana que, sin perder tiempo, se arrodilló ante él, le bajó las calzas y se metió su polla, de considerables dimensiones, en la boca. La función comenzó por fin. Bernardo y Francisco, dos centinelas, recorrían las murallas de Elsinore y comentaban lo fría y en calma que estaba la noche. Se unían a ellos Horacio, amigo del príncipe Hamlet, y un soldado, y hablaban del fantasma que había aparecido sobre las murallas las noches anteriores. El patán presenciaba la obra con las piernas separadas y una mano sobre la cabeza de la fulana para marcarle el ritmo. Ella chupaba y lamía ladeando la cabeza para ver de reojo lo que pasaba en el escenario. En su otra mano, el patán llevaba un gato muerto. Lo balanceaba sosteniéndolo por la cola, listo para lanzarlo en cuanto, de acuerdo a su estricto criterio, decayeran el interés de la obra o la interpretación de los actores.
La visión aturdió a Shakespeare y le hizo entrar con retraso en escena. Aquel patán era uno de los motivos por los que no olvidaría la primera representación de Hamlet, y también uno de los motivos por los que, a pesar de las abundantes dificultades con que se estaba topando, se mantenía firme en su intención de escribir una obra sobre una ballena blanca. Aquel patán era un perfecto representante del público para el que trabajaba; un público integrado en su mayor parte por zafios e iletrados, hacia los que Shakespeare sentía un desprecio cordial.
Dadas las muchas dificultades que conllevaba la obra sobre la ballena blanca, parecería lógico que renunciara a llevar la idea al teatro. En su lugar podría escribir un poema narrativo. De ese modo no tendría impedimentos para incluir información sobre leviata-nes ni limitaciones a la extensión, y podría plasmar imágenes de una majestuosidad imposible de trasladar al escenario.
No había renunciado porque el poema no le habría proporcionado los aplausos de una obra de teatro.
Shakespeare no habría disfrutado de un gozo como el sentido cuando, al final de Hamlet, los cadáveres del príncipe de Dinamarca, Laertes, el rey Claudio y la reina Gertrudis cubrieron el escenario y el patán soltó el gato muerto y rompió en aplausos y aullidos, al igual que la fulana, que para entonces iba por su sexto cliente de la tarde.
Para Shakespeare el teatro era más vital y cambiante que la poesía. Era un arte en el que aún había algo que aportar. Porque a pesar del olor a cerveza y orina de los teatros, de las peleas y las cópulas entre el público, a pesar del desdén que le dedicaban algunos nobles y —¡ah, casualidad!— no pocos poetas, Shakespeare veía sus obras como una forma de arte. En la poesía no quedaba nada por hacer. Pensaba que difícilmente podría superar lo conseguido por Chaucer, Thomas Wyatt y Philip Sidney. Y aunque fuera posible, ¿de qué serviría si la poesía sólo era un disfrute para un puñado de cortesanos? En el teatro el público acudía a centenares cada tarde y sus reacciones podían apreciarse en el momento, intensas y completamente sinceras, brutales en ocasiones. En El Globo, Shakespeare podía sentir la atención del público durante los pasajes cruciales. Todo quedaba en silencio. Se apagaban el restregar de pies contra el suelo, los murmullos, las toses y el rascar de las plumas de los taquígrafos, enviados por los impresores piratas para copiar la obra.
La poesía sólo era para Shakespeare una fuente de ingresos en caso de emergencia. Cuando una nueva epidemia asolaba Londres, forzando el cierre de los teatros, aceptaba encargos para subsistir. Los resolvía sin excesivo esfuerzo, mediante una acumulación de juegos de palabras y tópicos descontextualizados que hacían delirar a aficionados y estudiosos. Por no mencionar los segundos y terceros significados de los versos, entre los que siempre debía esconderse una alusión a lo carnal, cuando no a lo soez, fácilmente detectable si se conocía el código: «el espíritu» era el semen; «el cielo», la vagina, «el cambiante curso de la naturaleza», la menstruación…
No es que con ninguno de esos encargos encontrara disfrute; en alguno dio lo mejor de sí mismo. Pero no quería volver a la poesía.
El teatro, además, no era efímero, no desaparecía con cada representación. Se ponía por escrito, se imprimía y distribuía, luego compartía esa ventaja con la poesía. Seguramente, las personas que no podían asistir a El Globo podrían leer dentro de poco las obras impresas de Shakespeare —confiaba en verlas impresas antes de morir— y disfrutar de ellas igual que él había disfrutado de las de Esquilo y Aristófanes. Otra razón para dejar de lado la poesía, y no la menor, era que el teatro reportaba mayores beneficios. Shakespeare no sólo había comprado una casa en Strat-ford, también había empezado a especular con tierras y cereales para asegurarse un retiro acomodado, así que le urgía liquidez.
E incluso si hubiera estado dispuesto a renunciar a esos beneficios mientras trabajaba en un poema sobre la ballena blanca, ser socio de El Globo le habría obligado a continuar escribiendo obras para que el teatro siguiera funcionando.
Había otra opción, además del teatro y la poesía: la prosa. Ni siquiera llegó a considerarla. Él era dramaturgo y, ocasionalmente, poeta.

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