John Irving. La epopeya del bebedor de agua.

diciembre 25, 2011

Tusquets, 1989. 396 páginas.
Tit. Or. The water-method man. Trad. Iris Menéndez.
John Irving, La epopeya del bebedor de agua
Paternidad

Siempre había leído con agrado las novelas de Irving. Pero las últimas, sobre todo Una mujer difícil, no me habían gustado nada. O bien su calidad había disminuído, o mi gusto había cambiado. Tenía que averiguarlo y este libro, encontrado de saldo, me dio la oportunidad.

Fred Bogus Trumper no ha tenido mucho éxito en la vida. Para colmo, sufre una enfermedad que hace que orinar sea extremadamente doloroso. Para intentar arreglar su vida, deberá arreglar su pasado, y, sobre todo, la relación con su padre.

Recordaba de manera clara la decisión del protagonista frente a su urólogo, una declaración de orgullo aunque venga de un perdedor. Pero no recordaba la intensidad de la relación del protagonista con su padre, verdadero eje de la novela y la causa de la personalidad de Fred.

No, John Irving no es Faulkner, pero me sigue gustando.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (116/365)

Extracto:
—Tú siempre fuiste paranoide.
—Pero con hijos, es diferente —concluí, sin saber explicar qué era lo diferente.
Una vez le escribí a Merrill sobre esta cuestión. Le dije que los niños te daban una repentina sensación de tu propia mortalidad, evidentemente algo de lo que Merrill Overturf no tenía la menor idea. Nunca me contestó. Pero yo quería decir, sencillamente, que notabas cuánto habían cambiado tus prioridades. Por ejemplo, antes me gustaban las motos: no pude montar en una desde el nacimiento de Colm. No creo que fuese sólo una cuestión de responsabilidad; ocurre que los niños te proporcionan la noción del tiempo. Para mí fue como si antes no me hubiese dado cuenta de cómo pasaba el tiempo.
También experimentaba por Colm una sensación que parecía antinatural. Yo deseaba criarlo en una especie de habitat natural ficticio —algún tipo de pastizal o corral—, y no en el horrendo habitat natural real propiamente dicho, que me parecía muy poco seguro. ¡Criarlo en una especie de bóveda! Crear a sus amigos, inventar tareas satisfactorias, inducir problemas limitados, simular penurias (hasta cierto punto), fingir unas pocas amenazas cuidadosas, hacerlo ganar al final… nada demasiado irracional.
—¿Quieres decir que lo harías pastar, como a una vaca? —decía Couth—. Pero se volvería algo bovino, ¿no?
—El ganado está seguro, Couth, y está contento.
—El ganado es ganado, Bogus.
Biggie coincidía con Couth. Cuando se autorizó a Colm a dar la vuelta a la manzana en triciclo, me atormenté. Biggie decía que era necesario despertar en el niño la confianza en sí mismo. Yo sabía que así debía ser; sin embargo, acechaba entre los arbustos de la manzana, lo seguía sin ser visto. Mi idea del padre era la de un ángel guardián. Cuando Colm me veía apartar una rama y espiarlo desde el seto, le decía que lo que en realidad me interesaba era el seto. Estaba buscando algo; también traté de interesarlo en tan sana y nada arriesgada observación. ¡Mejor que lanzarte al peligro en tu triciclo! ¡Ven a vivir una vida plácida en el seto amigo!
Hasta descubrí un lugar que consideré adecuado como entorno controlado: el zoo de Iowa City. Allí no se luchaba encarnizadamente por nada.

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