Jennifer Ouellette. Cuerpos negros y gatos cuánticos.

enero 29, 2012

Jennifer Ouellette, Cuerpos negros y gatos cuánticos
La física al alcance de todos
Belacqua, 2008. 392 páginas.
Tit.Or. Black bodies and quantum cats. Trad. Luz Freire.

Me llevé prestado este libro de la biblioteca con mucho entusiasmo; la divulgación científica me encanta y últimamente me engancha más que un superventas. Pero el prólogo me dejó un poco frío. La autora no es física y se disculpa de antemano de los errores que pueda cometer. Malo, porque si los expertos ya se equivocan a veces, un profano hablando de mecánica cuántica puede liarla parda.

Pero no, me equivocaba por completo. El rigor es absoluto, no se dice nada incorrecto y la autora no sólo es amena y clara, también tiene talento. La prueba es que aunque la mayor parte de las cosas que aquí explica ya las sabía, he disfrutado mucho con su lectura.

El libro es una serie de artículos sobre diferentes descubrimientos e inventos científicos, cronológicamente ordenados. Para explicar conceptos utiliza comparaciones con elementos de la cultura popular, películas, personajes de cómics, etcétera. Además tienen sabor; la autora sabe como tocar la fibra del lector.

Entre los temas, además de los clásicos teoremas o descubrimientos científicos, se incluyen inventos como las montañas rusas, que servirán de entretenimiento tanto a los lectores no acostumbrados a la divulgación, como a los que sí, por la novedad. A mi me han resultado muy interesantes.

Si uno posee una cultura científica básica es probable que este libro no le diga nada nuevo, pero lo que dice lo dice muy bien y merece la pena leerlo. Y si no la posee es un excelente medio para adquirirla.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (151/365)

Extractos:
La mayor parte de las primeras críticas a su obra provinieron de colegas en astronomía como Tycho Brahe, un noble danés nacido en 1546. La vida de Brahe está marcada por dos extraños incidentes. Llevaba atada a la cabeza una nariz falsa de plata, pues había perdido parte de su propia nariz cuando le fue cortada en un duelo. También sufrió una muerte muy rara. Dice la leyenda que mientras cenaba con el emperador de Dinamarca, Brahe sintió la necesidad de orinar, pero hubiera sido un acto muy grosero levantarse de la mesa antes que el rey. Así pues, se le reventó la vejiga y falleció unos días después; quizá la única persona en la historia que murió a causa de la buena educación.


Se cree que el pintor holandés Jan Vermeer (1632-1675) utilizó la cámara oscura. El dibujante y litógrafo estadounidense Joseph Pennell ya había especulado sobre esta posibilidad en 1891, y a modo de prueba mencionó la «perspectiva fotográfica» de algunos cuadros de Vermeer. Otros observadores han notado que Vermeer parece reproducir ciertos efectos «fuera de foco», como en su tratamiento de los toques de luz: la reflexión de la luz en superficies brillantes. Acerca de dónde pudo haber aprendido óptica, se sabe que su contemporáneo Antoni van Leeuwenhoek, experto en microscopios, vivía en Delft, a unas pocas calles de la casa de Vermeer. Algunos estudiosos han sugerido incluso que Leeuwenhoek sirvió de modelo para dos cuadros de Vermeer de temas científicos: El astrónomo y El geógrafo. En ambos, el modelo se parece de modo singular a retratos conocidos de Leeuwenhoek.


Era un acto muy convincente, pero a la larga Mesmer despertó las sospechas del rey Luis XVI; quizá irritado por el apego servil de su mujer hacia el médico, nombró una comisión especial en 1784 para investigar los métodos de Mesmer. La comisión incluía a Ben-jamin Franklin (por entonces el experto más reconocido en electricidad), Antoine Lavoisier (descubridor del oxígeno) y al notorio doctor Guillotin, que al final perdería su propia cabeza en el aparato que lleva su nombre. (Los revolucionarios franceses no carecían del sentido de la ironía.) Uno de los discípulos más importantes de Mesmer llevó a cabo varias «demostraciones» del magnetismo animal en la casa de Franklin en París, con resultados catastróficos para Mesmer. Con los ojos vendados, los pacientes no podían determinar siquiera si el «mesmerizador» estaba presente, y la comisión resolvió que las «curas» de Mesmer eran el resultado de una impresionante teatralidad unida a la imaginación del paciente. Después del enorme desprestigio, Mesmer se recluyó en Suiza, donde vivió en la sombra.


Babbage era una de esas personas que la gente ama o detesta. Entre sus seguidores estaban Charles Darwin y Ada Lovelace, hija del poeta romántico Lord Byron, que comprendió la importancia de las «máquinas pensantes» aun cuando sus contemporáneos lo ridiculizaban. Entre los detractores, estaban la madre de Ada y el poeta Thomas Carlyle, que en una oportunidad describió a Babbage como «una mezcla de sapo y víbora». Es cierto que Babbage podía ser fastidioso, e incluso pomposo a veces, y tenía el don de pro-mocionarse a sí mismo de modo solapado, pero también podía ser encantador cuando quería. Amaba los números y le fascinaban hasta el cansancio los detalles insignificantes, y reunió una colección de «libros de chistes» para analizar científicamente la «causa del ingenio». Imagínense al comediante Jerry Seinfeld interrumpiendo su monólogo a cada minuto para explicarle al público por qué fue gracioso un chiste. Babbage no podía evitarlo. En Cambridge, había cofundado la Sociedad Analítica —en esencia, el primer club de matemáticas colegiado— y una vez, como «diversión», ideó una serie de tablas de mortalidad, que constituyen hoy en día un instrumento básico de las industrias aseguradoras modernas. («Un hombre con tanto talento para los números e inclinación por el halago estaba destinado a terminar en seguros de vida», dijo en son de burla el historiador Benjamín Woolley en La novia de la ciencia?) Babbage incluso descifró el código «Vigenere» alrededor de 1854, lo que se creía imposible; muchos historiadores consideran esta hazaña como el descubrimiento más importante en criptoanalisis desde el siglo ix. De todos modos, éstas eran meras fruslerías. Su verdadero interés estaba en otra parte.

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