Javier Traité. Historia torcida de la literatura.

mayo 2, 2019

Javier Traité, Historia torcida de la literatura
Principal de los libros, 2010. 350 páginas.

Tenemos a los clásicos en un altar. Son los pilares de la literatura, monumentos en mármol blanco a los que admirar de lejos, pero que no se nos ocurre leer. Javier Traité viene cargado de desmitificación: los clásicos eran unos borrachos, unos pendencieros, unos sinvergüenzas. Tenían más sombras que luces, escribían para pagar deudas, abandonaban a sus hijos, se metían en duelos, emprendían negocios ruinosos.

Eran, en definitiva, unos pobres diablos tan humanos como usted o yo, pero que supieron poner en palabras sus miserias, retratar el alma humana y explicarnos como era su época. El autor nos anima a quitarnos prejuicios y a acercarnos a las grandes obras que son más asequibles de lo que parecen.

A veces el tono informal y de trazo grueso pinta unos retratos demasiado bastos, pero a pesar de sus insultos y palabras soeces el libro es un canto al amor por la literatura y por esos personajes que la hacen posible: los escritores. Yo me he apuntado unas cuantas recomendaciones.

Divertido y estimulante.

Dumas no gozó de una buena formación académica. An contraire, de jovencito se dedicó ya a vivir la vida, realizando trabajitos de poca monta, cazando animales y, en cuanto aprendió a hacer uso de su pene, alegrando a jovencitas. Como los condones no se estilaban, aparecieron de la nada varios hijos, entre ellos el soso Alejandro.
Al igual que todos los escritores franceses del xix, su visión comercial era inexistente: dilapidó fortunas en diferentes negocios que se fueron al carajo en menos de lo que tardas en decir «Richelieu es un meacolonias», y lo que le sobró lo invirtió en la educación de su hijo y en viviendas delirantes, como un castillo que se hizo construir y al que bautizó Monte-Cristo. Tenía muchos otros gastos: ex mujeres, amantes, comilonas… En ese sentido, fue un ser humano ejemplar. Hoy en día solemos privarnos de gustos y placeres con tal de ahorrar e invertir y amontonar una cantidad miserable de dinero que legar a nuestros hijos y de la cual la mayor parte se la quedará el Estado. Dumas decía, y yo digo con él: ¡Que se jodan los hijos! ¡Que se busquen la vida! ¡Tu existencia es demasiado corta como para privarte de nada que te apetezca! Tanto tenía Alejandro, tanto gastaba. Incluso más.
Y como todos los grandes gastadores, gustaba de organizar fiestas para sus colegas. Es importante remarcar el peso específico que tiene Dumas como vertebrador del estallido literario que se vivió durante el siglo xix: quizá sus letras no tocaron los temas más profundos, pero su alegría de vivir de la literatura impregnó, sin duda, de entusiasmo a sus amigos. La vida literaria de la ciudad giraba entorno a las tabernas y los salones sociales. Victor Hugo presidió el Cénacle, por ejemplo, donde los más importantes críticos y escritores de Francia se reunían a fumar y a beber muchísimo y a hablar de libros. Existió también un Petit Cénacle, que era como la versión informal del Cénacle de Hugo. Allí también se fumaba y se hablaba de libros, pero el alcohol consumido era el doble. Incluso se fundó un divertido club llamado Club des Hashischins, donde, como ya supondréis, se hablaba poco de libros y se fumaba mucho hachís. Es obvio que
estos círculos intelectuales tenían poco que ver unos con otros, y lo mismo ocurriría con sus miembros y asistentes. Hugo, por ejemplo, le pegaba al vino, pero nunca se le ha tenido por opiómano ni fumeta. No habría sabido qué cono hacer en un sitio como el Club des Hashischins. «¿Por qué toda esa gente me mira raro, con esos ojillos entrecerrados?», habría pensado, sin duda, inquieto. Por otro lado, tampoco Baudelaire daba el perfil para ser el alma de la fiesta del Cénacle. Ropa sucia, signos externos de sífilis. Poco adecuado. Sin embargo, hubo uno que sí se movió en todos y cada uno de los grupos literarios del momento, y ese hombre era Alejandro Dumas, padre. Allí donde hubiera jolgorio te encontrabas a Dumas. ¿Que hay que engalanarse y engatusar al crítico literario más ácido de París? Pues nos engalanamos. ¿Cómo? ¿Que Baudelaire y Maupassant han conseguido unas piedras de hachís? ¡Guardadme un sitio! El Pocholo del momento. Casi puedo imaginármelo entrando de pronto en una casa con una botella de coñac en una mano y una pipa de hachís en la otra, riendo y gritando: «¡Viva la fiesta!». Alejandro era amigo de casi todos y puso en contacto a muchos de ellos. Entre él y Victor Hugo animaron la escena literaria como nunca antes en el país ni casi en la historia. A lo largo del capítulo iremos repasando de forma individual a algunos de estos escritores, pero es importante recordar que, donde vemos a uno, en realidad los estamos viendo a todos.
¿Y cómo era el Dumas escritor? Pues podríamos afirmar que no estamos aquí ante un lameplatos como Balzac, siempre empobrecido y trabajando doce o quince horas diarias en sus manuscritos y bebiendo tantísimo café para sostenerse que así le fue. No, a Dumas no le iba el estrés. De hecho, uno diría que Alejandro Dumas era como el negativo de una fotografía de Balzac: ambos eran empresarios incompetentes y ambos tuvieron que ganarse el sustento escribiendo, pero mientras Balzac suplía su escasez de genio con trabajo a destajo, Dumas contrarrestó su gandulería con una pincelada de brillantez que le haría inmortal.

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