Javier Pérez Andújar. Paseos con mi madre.

julio 28, 2014

Javier Pérez Andújar, Paseos con mi madre
Tusquets, 2011. 180 páginas.

Después de tanto oír hablar del autor empecé por su último libro que fue el que me quedaba más a mano. Para decirlo pronto: me gustó tanto que ya me he leído todas sus novelas y les recomiendo que hagan lo mismo.

Dicho esto, hablar un poco del argumento: el autor va paseando con su madre por la orilla del río Besòs y a la vez que da cuenta de la miseria que envuelve todavía esa zona del extrarradio recuerda su juventud y va reflexionando acerca de su posición en el mundo.

Como en sus otros libros cada dos páginas más o menos hay algo destacable o subrayable. Parece una continuación de aquellos Príncipes Valientes, si allí se contaba la niñez, aquí se habla de la adolescencia. El lenguaje es más depurado, me ha gustado más como está escrito.

Yo vengo, como el autor, de una familia humilde, obrera. Nunca he pasado necesidad, ya que los tiempos han cambiado mucho, pero entiendo a la perfección de lo que se habla en este libro. Eso sí, la vida en el extrarradio de Barcelona me ha parecido más dura que la que se vivía en Logroño, que por ser más pequeñito igual no tenía tanta exclusión social.

Me ha sorprendido también lo excluído que se ha sentido siempre de Barcelona cuando yo, recién llegado y con una mano delante y una detrás, enseguida me sentí muy cómodo en ella. Les recomiendo la reseña desde el corazón de Portnoy: Paseos con mi madre, de Javier Pérez Andujar y estas otras que inciden en el mismo tema, el contenido ensayístico es casi más importante que la ficción: Paseos con mi madre y Paseos con mi madre por un barrio obrero.

Calificación: Muy bueno.

Extracto:
Los rusos mandarán el primer ser vivo al espacio y van a encargarle la misión a un perro de la calle, a un Lumpenproletariat canino, y le llamarán Laika, que quiere decir ladrador. Nadie pertenece a Barcelona por el mero hecho de vivir en ella, ni siquiera de haber nacido en la ciudad. En Barcelona se está en el cuarto de los invitados durante un par de generaciones, y luego ya se accede al cuarto de servicio. Porque de Barcelona solo se es por familia y por dinero, en riguroso orden. Barcelona es una ciudad muy grande que se ha conformado con algo más de un millón y medio de habitantes y un espacio de cien kilómetros cuadrados.

Los pensionistas deambulan con pantalones téjanos de pinzas y se cuentan que no les dejan fumar en casa y que han salido para hacerlo medio a escondidas, así algunos han pasado de la clandestinidad política a la sanitaria. La democracia la fueron conquistando estos hombres y mujeres calle por calle, árbol por árbol. La democracia es una cosa que se puede tocar, y que esta gente tuvo en sus manos durante días seguidos y noches enteras. Conseguir un colegio público en un barrio que no lo tenía; la construcción de un ambulatorio donde no llegaban los médicos; dejar una plaza sin edificar para que los niños jueguen; hacer un polideportivo para que el único deporte no sea apedrear perros; lograr que pase el autobús por donde no pasaba nada o que llegue el metro a donde no llegaba para poder ir al trabajo sin necesidad de pisar charcos, sin aguantar la lluvia y el frío de la madrugada, sin andar por los descampados que separaban el barrio de los trasportes públicos, esa es la democracia que hicieron realidad estas gentes encerrándose en los locales de sus asociaciones de vecinos, encadenándose a verjas, cortando el tráfico, protestando en la calle, luchando. La democracia es algo que se ve y se toca, y donde no se percibe es que no la hay. La democracia es ante todo una cosa de manobras porque en última instancia se hace con las manos. Y todo esto que ya está, los ambulatorios,
las bocas de metro, los colegios públicos…, es también lo primero que se pierde cuando desaparece la gente que lo ha traído. Quienes llegan detrás creen que eso lo pone la naturaleza, como las hierbas y los saltamontes. Pero lo pone la política, y las cosas hay que conquistarlas permanentemente. Lo primero que ha quitado el Gobierno de Convergencia al recobrar el poder ha sido eso: bocas de metro, guarderías, maestros y hospitales públicos, porque las personas que los pusieron o se han muerto o ya no están para defenderse.

Nosotros también formaremos grupos de amigos, pero para disolvernos en la realidad, para absolvernos en el juicio que cada día se celebra en las calles. Iremos en grupo salvaje al Pryca, en un piquete, en la jornada de la huelga general. El gran plantón del ochenta y ocho, el catorce de diciembre. A partir de la medianoche exacta, andaremos todo ese día cerrando talleres, almacenes, por los polígonos de San Adrián. Las mujeres de la limpieza de una fábrica saldrán dando palmas, con el anorak encima de la bata, y algunas son las madres de los amigos y besan a sus hijos. Se es más obrero cuando se hace huelga que cuando se trabaja, igual que el león es más león cuando ruge. Va mi padre en otro piquete con sus compañeros del sindicato, y yo me veo, antes que unido a una clase, unido a mi viejo. Hogueras en medio de las calles para calentarse en la madrugada, para ver el mundo con la luz roja de una aurora roja que yo voy iluminando de literatura barojiana. Termos con carajillo. Carreras por los talleres persiguiendo a los coches. Unos que quieren entrar a trabajar han atropellado a un gitano que estaba en los piquetes. Pero lo que hay en esta huelga es una canción de despedida. Parecen los obreros esa orquesta que toca en el barco que va a hundirse. A cada rato voy a entender que estoy más cerca de ellos que de la clase a la que representan. Que por encima de pertenecer a una clase voy a pertenecer a un estilo. La noche es un cristal roto y por sus grietas empiezan a colarse los claros del día. Vemos azulear el cielo entre las tres chimeneas de la térmica, por detrás del Pryca. Encenderse la playa. Las sombras del polígono se va rompiendo en jirones. Son las mismas calles, la misma playa, la misma vía, muchas de las mismas fábricas de aquella huelga en que mataron a Manuel Fernández Márquez. Pero ahora, si se sigue el puente del tren, se llega a una calle que lleva su nombre. Y donde estamos nosotros con las hogueras, en la avenida de Eduard Maristany, junto a las vías, pondrán luego la Plataforma de la Construcción, y frente a los muros de estos almacenes se formarán cada mañana cuadrillas de emigrantes seleccionados a dedo para llevárselos en furgonetas a las obras. ¡Al Pryca, al Pryca!, empezaremos a gritar en todos los piquetes. Los sindicatos reparten pegatinas, pero yo no voy a querer estropear con pegamento la cazadora negra que mi padre me ha pasado porque a él se le ha quedado pequeña. Desde entonces llevaré ya veinticinco años poniéndomela cada invierno. Tropezando con los brazos en las mangas, o cuando me la abotono, me estoy metiendo dentro de mi padre como en un ritual chamánico. Se pertenece antes a una chaqueta que a una patria o a una clase. En los piquetes del Pryca nos encontraremos todos los que hemos sido despedidos en el año escaso que lleva abierto, los padres y los hermanos de los que aún trabajan ahí, la gente que hizo el cursillo de la oficina de empleo y le llenó gratis los almacenes. Y amenazando en multitud al servicio de seguridad, que protege las puertas acristaladas del centro comercial, gritando todos como locos ¡o salen o entramos!, haremos salir a todos los trabajadores que han querido estar ahí dentro (o no se han atrevido a no entrar) y obligaremos a los jefes de sección a salir cabizbajos, asustados, y conseguiremos cerrar los almacenes. La policía antidisturbios nos observará de cerca sin intervenir, sin insinuar un solo gesto. Qué relación más rara voy a mantener con la policía, que me deja secuestrar los autobuses de las afueras y amenazar a los seguratas del barrio, pero cuando me ve por paseo de Gracia me para y me pregunta qué hago en Barcelona. Bueno, ahora ya no me pregunta nada, pero es que el rock and roll ahora lo oigo sentado en el sofá. Al día siguiente de la huelga, iré al Ajoblanco a explicárselo a mi director, a Pepe Ribas, y al final no seré capaz de interesarle en el asunto. El Ajo está haciendo una cosa cultural, de tendencias, dándole cancha a caminos artísticos que pasan por los bares de diseño y la arquitectura pija, y yo le estoy hablando de una prehistoria que agoniza, de la que ni siquiera quiero formar parte igual que tampoco quiero formar parte de la cultura para la que trabajo en la revista.

2 comentarios

  • Hernan SGO julio 29, 2014en5:19 pm

    Parece prometedora, la tendré en cuenta, muy buena síntesis. Saludos.

  • Palimp julio 30, 2014en9:56 am

    Espero que te guste y gracias por la visita.

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