Javier Morales Ortiz. Ocho cuentos y medio.

abril 16, 2019

Javier Morales Ortiz, Ocho cuentos y medio
Baile del sol, 2014. 112 página.

Incluye los siguientes cuentos:

Profecías
Nidos
Más allá de la caverna
Es trabajo, idiota, no es amor
Final de verano
Navidad
Mosquitos
Regreso a Sajalín

Epílogo de Gonzalo Calcedo
Caídos del cielo

El medio cuento es el del epílogo de Calcedo y es, con mucho, el mejor del libro. No es la primera vez que recomiendo no incluir textos ajenos que te pueden dejar en vergüenza.
Los dos primeros me han gustado, el resto son correctos pero no van a ninguna parte. Que no es que tengan que tener un desenlace (el de Calcedo no lo tiene y es magnífico) es que parece que no saben qué es lo que quieren contar.

Se deja leer.

De camino a Gator, el pueblo donde hemos alquilado la casa, mis padres hablan del cadáver. El murmullo de sus voces, el latido artificial del coche, me adormecen. Cuando despierto atravesamos un bosque de castaños y robles desnudos, pequeñas granjas al pie de la carretera, sinuosa y sin arcén, con algunos neveros en el talud teñidos por el barro y la hojarasca. Estamos a punto de llegar.
La casa está en las afueras, un adosado de dos plantas, estrecho y profundo, moderno y feo, con una fachada de ladrillo visto y materiales de baja calidad. Encontramos las llaves bajo el felpudo. Abandonamos las maletas en el vestíbulo y me adelanto a inspeccionar la vivienda. Corro de un lugar a otro. El salón apenas tiene muebles, enseres ajados, un sofá manco, estanterías de aglomerado con varias láminas despegadas. Lo mejor es la chimenea. Disponemos de leña suficiente para afrontar los primeros días, dice Tomás, mi padre. Salimos al patio, diminuto. A través de una puerta herrumbrosa, cerrada con un candado, puede verse la piscina comunitaria. La lona azul parece a punto de resquebrajarse por el peso del .ijMia embalsada. De nuevo en el interior, una escalera < ii ligzag nos lleva a los dormitorios. Tomás carga con n.ilcias y deja la mía en una habitación pequeña pero alegre, con vistas al patio. La inspección acaba ahí porque el acceso al segundo piso está clausurado por un portón inamovible. -Vamos a ver a Luis -propone mi madre. Camila y Luis son amigos desde la infancia, compañeros y cómplices en el colegio y más tarde en el instituto. Superada la enseñanza obligatoria, Camila se matriculó en Bellas Artes y antes de acabar la carrera ya había conseguido trabajo como ilustradora para varias publicaciones. Después de numerosos devaneos Luis optó por la Filosofía, pero cuando aún le faltaban un par de cursos abandonó los estudios. —Un escritor debe conocer mundo -se justificó ante Camila. Su padre jamás le perdonó y cuando Luis necesitó dinero su madre tuvo que ayudarle a escondidas. Camila recibió cartas desde distintos lugares de Europa: Londres, Berlín, Praga, Estocolmo. Incapaz de adaptarse a una rutina, Luis le narraba su vida errática, encadenando trabajos y desengaños amorosos. Solía regresar a España dos o tres veces al año para ver a su madre y a sus amigos, aunque las visitas declinaron enseguida. Cuando se encontraban, Camila tenía la impresión de que la tristeza había cercado a su amigo. Camila era razonablemente feliz. Tenía una profesión que le gustaba y que le permitía vivir con holgura, se había casado con Tomás y pronto sería madre. Instalada en la edad adulta, sentía que dejaba atrás a Luis, preso de una adolescencia aún sin cerrar.

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