Javier Echeverría. Leibniz.

julio 16, 2019

Javier Echeverría, Leibniz
Barcanova, 1981. 144 páginas.

Biografía y análisis de la obra de Leibniz a cargo de Javier Echeverría, experto en la obra del filósofo. Lo busqué a raíz de una conferencia de la fundación March que, tengo que reconocer, me ha gustado más que el libro.

Leibniz escribió muchísimo, pero tuvo muy poca suerte. Sus escritos apenas fueron conocidos en su época y empezaron a publicarse varios años después de su muerte. Una edición crítica que incluye su obra completa todavía -en el momento de la escritura del libro- estaba en un 20% del total.

El autor nos habla del Leibniz persona, hablándonos de su vida y sus idas y venidas como diplomático. También de su labor científica, ya que descubrió, entre otras cosas, el análisis diferencial a la vez que Newton y el sistema binario que ahora usamos en los ordenadores. También construyó una calculadora mecánica. Por último su labor como filósofo, que en general no ha sido muy bien entendida. Su idea de que vivimos en el mejor de los mundos posibles se ha interpretado mal como una muestra de optimismo cuando en realidad es lo contrario. Si este es el mejor de los mundos posibles imaginemos como debían ser los demás.

Como introducción a la vida y obra de Leibniz, es un libro muy adecuado.

Leibniz llegó a Francia con una misión diplomática muy precisa: intentar disuadir al rey Luis XIV de su intención de declarar la guerra a Holanda, proponiéndole una estrategia diferente para combatir el poderío holandés, a base de conquistar Egipto. Redactó para ello una memoria, el Consilium Aegiptiacum9, que constituye un documento muy interesante para comprobar los altos vuelos que Leibniz pretendía tener como diplomático ya desde su juventud. En síntesis, se trataba de proponerle a Luis XIV una estrategia más efectiva contra Holanda que la simple guerra directa, sugiriéndole atacar sus redes comerciales, más bien que la metrópolis y sus ejércitos, y ello en un lugar, Egipto, aparentemente muy distante del teatro de operaciones en el que se centraba, a finales del XVII, la política internacional: Europa, y en el caso más específico de Francia y Holanda, el Flandes español. Al conquistar Egipto se controlaría la única vía de comercio entre Asia y África, que era básica para el emporio económico holandés, sin descuidar la posibilidad de que, mediante la oportuna apertura de un canal, pudiese abrirse una vía directa de comercio Asia-Europa.
Leibniz proponía una estrategia militar e imperial bastante innovadora para la época, y podía además defenderla y argumentarla a la perfección, remontándose hasta los más sublimes principios metafísicos y teológicos, como de hecho lleva a cabo en dicha memoria. La estrategia propuesta, en efecto, es plenamente coherente con su
incipiente concepción del mundo, en el cual «todo conspira»10 , es decir que no hay acontecimiento, por muy ínfimo y alejado que parezca, que no repercuta de alguna manera (y en algunos casos, como éste, decisivamente) en zonas que no parecen estar conectadas con el ámbito del suceso.
La misión diplomática de Leibniz en Francia fracasó pues él llegó a París en marzo de 1672 y ya en el mes de mayo Luis XIV había declarado la guerra a Holanda, aliado con Inglaterra al comienzo de la campaña. De hecho estaba llamada al fracaso, pues Luis XIV había preparado cuidadosamente esta contienda, haciendo pactos secretos con Inglaterra y Suecia. Nada de esto se sabía en los Estados alemanes, que veían con preocupación a Francia llegar a zonas más próximas a sus fronteras y, como en el caso de Maguncia, trataban de disuadir a Luis XIV de continuar su expansión en Europa, orientándole hacia otras zonas, como Egipto11 . En 1673 Leibniz se desplazó a Inglaterra, junto con el embajador de Maguncia, para intentar disuadir al aliado que tenía Francia en aquel momento. Pero Boineburg, su protector, acababa de morir en diciembre de 1672, por lo que la figura de Leibniz se vio debilitada en su misión diplomática. Sus servicios a la familia de Boineburg finalizaron en septiembre de 1673, lo cual supuso un duro golpe para las menguadas finanzas de Leibniz. Este recurrió a préstamos para conseguir prolongar su estancia en París, tras su breve estancia en Londres, donde mostró su máquina aritmética-, fue admitido como miembro de la Royal Society y conoció, entre otros, al químico Boyle.

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