Irene Andres-Suárez. Antología del microrrelato español.

octubre 1, 2012

Irene Andres-Suárez, Antología del microrrelato español
Cátedra, 2012. 526 páginas.

Mi regalo de cumpleaños de este año; un excelente libro que recopila cien años de microrrelatos españoles (quedan fuera los hispanoamericanos -¿para cuando esa edición?) acompañado de un excelente prólogo de Irene Andres-Suárez, experta en estas lides.

Los textos hiperbreves tienen sus propios códigos, como indica la autora:

Sea como sea, es indiscutible que la hiperbrevedad condiciona la selección de los materiales que conforman la trama y determina sus rasgos discursivos, formales, temáticos y pragmáticos, porque conseguir esa anhelada levedad implica una ajustada economía narrativa, concisión extrema y máxima elisión, una característica esencial de los textos que nos ocupan. Como Juan Pedro Aparicio, opino que el microrrelato está gobernado por leyes distintas de las que gobiernan las otras formas de literatura y que lo que lo distingue del cuento clásico no es únicamente el tamaño y la concisión, sino también, y sobre todo, su naturaleza elíptica: esa tensión entre el silencio y la escritura, entre lo no dicho y lo dicho, que está en la misma esencia del género porque, en el microrrelato, lo que se silencia, lo que se sugiere y presupone tiene un peso mayor de lo que se dice o se muestra.

Conforma, pues,un cuarto género narrativo que acompaña a la novela, novela corta y cuento.

La antología, al abarcar tan amplio espacio de tiempo, nos permite descubrir la evolución del género. De las primeras estampas, casi anécdotas, de antaño a las construcciones elípticas y referenciales de la actualidad.

No puedo ni poner la lista de los cuentos, ni evaluar si quiera por encima a los autores. Baste decir que tengo entre veinte y treinta marcas de página. Y que les dejo una breve selección.

Calificación: Muy bueno (para el contenido y la antologuista)

Extracto:
Soy maestro
Soy maestro. Hace diez años que soy maestro de la Escuela Primaria de Tenancingo, Zac. Han pasado muchos niños por los pupitres de mi escuela. Creo que soy un buen maestro. Lo creía hasta que salió aquel Panchito Contreras. No me hacía ningún caso, ni aprendía absolutamente nada: porque no quería. Ninguno de los castigos surtía efecto. Ni los morales, ni los corporales. Me miraba, insolente. Le ro-gué, le pegué. No hubo modo. Los demás niños empezaron a burlarse de mí. Perdí toda autoridad, el sueño, el apetito, hasta que un día ya no lo pude aguantar, y, para que sirviera de precedente, lo colgué del árbol del patio.

Seducción
Voluptuosa. Señora del aire y del espacio. Así era plantada delante de mí, tan cerca. Tanto, que me resultaba imposible escapar a la indómita redondez de sus pechos. En esas situaciones uno no sabe qué hacer con la mirada. Tontos miedos de ultimísima hora, porque ella, organista doctorada, estaba en lo suyo, preparando los instrumentos para extraer la música de mis entrañas. Y yo tumbado en esa postura inerte, con la mirada vertical clavada en el blanco perpetuo del techo. Cuando al fin acercó el escalpelo a mi frente, me hice el muerto por pura vergüenza. Y aun así se me abrieron las carnes.

La cuarta salida
El profesor Souto, gracias a ciertos documentos procedentes del alcaná de Toledo, acaba de descubrir que el último capítulo de la segunda parte del Quijote —«De cómo don Quijote cayó malo y del testamento que hizo y su muerte»— es una interpolación con la que un clérigo, por darle ejemplaridad a la novela, sustituyó buena parte del texto primitivo y su verdadero final. Pues hubo una cuarta salida del ingenioso hidalgo y caballero, en ella encontró al mago que enredaba sus asuntos, un antiguo soldado manco al que ayudaba un morisco instruido, y consiguió derrotarlos. Así, los molinos volvieron a ser gigantes, las ventas, castillos y los rebaños, ejércitos, y él, tras incontables hazañas, casó con doña Dulcinea del Toboso y fundó un linaje de caballeros andantes que hasta la fecha han ayudado a salvar al mundo de los embaidores, follones, malandrines e hideputas que siguen pretendiendo imponernos su ominoso despotismo.

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