Ignacio Vidal-Folch. La cabeza de plástico.

junio 30, 2006

Editorial Anagrama, 1999. 120 páginas.

VidalFolchCabezaPlastico
¿Arte?¿Contemporáneo?

Ya comenté en esta entrada que Vidal-Folch es un autor que me gusta. Decidido a reestrenar la biblioteca de al lado de mi casa tomé en préstamo este libro que prometía ser interesante.

Nos encontramos en Holanda, donde Cees Wagner, director del Stedelijk Museum, ha conseguido lo imposible; conseguir que el hombre de la calle se interese por las más rabiosas vanguardias. Exposiciones interesantes y apariciones en televisión rubrican su éxito. Hasta que un día Kasperle, un joven artista, lo utiliza como motivo de una obra de arte. ¿Conseguirá Wagner soportar con entereza el bofetón conceptual?

Estoy seguro de que la sin par Vailima disfrutaría de este libro. La historia sirve de excusa para una serie de reflexiones sobre el estado del arte contemporáneo. No se pierdan las que aparecen en el diálogo entre Wagner y su amigo Lammers reproducidas al final de la entrada. Aunque es un extracto un poco largo, merece la pena.

Curiosamente, mientras leía el libro me venía a la cabeza el teorema de Gödel, que viene a afirmar que en cualquier sistema matemático lo suficientemente potente como para incluir los números naturales existen aformaciones que son verdaderas, pero que no pueden demostrarse dentro del sistema. Wagner parece haber conseguido un sistema en el que cualquier manifestación puede considerarse como arte, pero Kasperle consigue sacarle de sus casillas con una obra que, a la vez que ofensiva, él parece ser incapaz de evaluar.

Hoy en día hay obras de arte que más que polémicas parecen verdaderas tomaduras de pelo, y la prosa corrosiva de Vidal-Folch desmonta con eficacia mucha de la superchería intelectual del momento, con conocimiento de causa y derrochando humor. De lo mejorcito que he leído últimamente.

Escuchando: How High. Madonna.


Extracto:

-Mi querido amigo, te rogaría…, y sabes que te considero genial, el mejor prestidigitador en tu especialidad…, pero te rogaría que cuando te reñeras a las cosas que estáis exhibiendo desde hace treinta años en esas funerarias que son los museos no mencionases los conceptos «artista» y «arte». Si entendemos como arte las obras que proporcionan satisfacción de las necesidades de armonía espiritual y estética, o que incorporan al mundo lo que yo llamaría «espacios de sentido», esas cosas nada tienen que ver con él.

Wagner entornó los ojos para que no se cruzasen con los de la linda camarera que les traía los segundos platos, unos peces insólitos, rarezas abisales de escamas plateadas, brillantes de aceite, con multitud de dientes en las bocas abiertas, que a la luz de la vela le parecieron trágicos como un Caravaggio; y los dos amigos, con reconcentrada gravedad, se aplicaron a la tarea de separar la blanca carne de las espinas.

-¿De qué estábamos hablando? ¡Qué bien cocinan aquí!

-Está buenísimo. Enterrabas al arte muy profundamente.

-La muerte del Arte. -Lammers paladeó las cuatro palabras como un vino excepcional, antes de lanzarse a uno de sus didácticos monólogos-. Verás: tal como yo lo veo, una obra de arte es reconocible como tal en el preciso momento en que da pie a una transacción económica. ¡Hablo en serio! Hasta que el autor la vende, o sea, hasta el momento en que alguien manifiesta un interés real por la obra, ésta no se ha mostrado, no ha superado el estado de mera posibilidad; y, como tú sabes, la única manera fiable de manifestar interés por algo, en nuestro mundo de incesante mercadeo, es pagar por ello, pagar, pagar; pagar buen dinero de curso legal; el dinero del que estás dispuesto a desprenderte: ésa es la prueba de fuego de la realidad delas cosas. Si al mendigo que te pide limosna no le das unas monedas, entonces, por mucho que le compadezcas y lamentes la injusticia y la dureza del mundo, e incluso si esa noche no duermes pensando en él, no puedes pretender que tienes buen corazón.

-Es una comparación ofensiva -dijo Wagner-. Aquí nadie pide limosna.

-¿No?… Dejémoslo. A ver si te gusta más este otro ejemplo: un chico juega con lodo; y modela… una figura, la efigie contrahecha de su perro. No tiene ningún valor para nadie salvo para su emocionado papá. Pero si pasa por allí un señor, ve ese perro y encuentra en él algo sugestivo; le recuerda algo que no había hasta ahora encontrado su forma, una forma que quizá cree advertir en la cabeza contrahecha, las cuatro patas desiguales… y se la compra al niño… y se la lleva a casa… y la exhibe en la repisa de la chimenea, como un enigma resuelto; y se la muestra a las visitas, a los amigos… ¿Entonces, qué? Entonces ese perro de barro ya no es el juguete de un niño. Es un objeto artístico. ¿Estamos de acuerdo?

-Lo admitiría -dijo Wagner-. Pero un interés que se manifiesta de manera no fiable, o incluso que no se manifiesta, no deja de ser real.

-En ese caso no pasaría de una forma embrionaria del interés, y nosotros no podemos estudiar ni valorar cosas en potencia, sino las cosas que se manifiestan, las cosas cumplidas. Querido amigo, me gustaría en esto ser todo lo claro y exacto que sea posible y que nos refiriésemos a los hechos, no a estados de ánimo y eventualidades. Ahora dime, Wagner: ¿quién adquiere el tipo de cosas que expones en el museo, esas piezas, obras e instalaciones sobre las que hablas en tus conferencias y escribes en las revistas?

-La gente las compra -dijo Wagner-. Acude a las exposiciones. Y paga la entrada, así que ya ves, su interés es fiable, por usar tus propios términos.

En la mesa vecina, el jefe de aduanas del puerto, hombre de elegantes y plateadas sienes, que se sentía eufórico porque aquella misma tarde, cerrando los ojos al paso de un contenedor procedente de Rusia, había ganado diez mil florines, y antes de salir a cenar aún había tenido tiempo para torturarse en el gimnasio, tomar una sauna y vestirse una muda limpia y planchada, le preguntó a su mujer: «¿Ese canoso del flequillo no es un político? Su cara me suena, creo que lo he visto en televisión.» Ella sonrió: «Tonto; es Jan Wagner. Un artista muy conocido. Debe de ser muy rico.» Y siguieron comiendo.

-… No, la gente no las compra -dijo Lammers-, Las compra el Estado, las corporaciones, los bancos y demás entidades y superestructuras desalmadas… No lo digo en sentido moral; entiéndeme: las llamo desalmadas porque, consagradas a la plusvalía y a la usura, carecen de alma y no atienden ningún interés remotamente humano, aunque precisamente cada una de esas entidades abstractas necesita y posee su propia colección de arte para modelarse un «rostro humano», o sea, un rostro interesado en las cosas que se hacen desinteresadamente y en las cosas sin interés.

A estas palabras Wagner manifestaba su escepticismo escupiendo espinas en la pala de pescado.

-Me dirás -le azuzó Lammers- que no son entidades abstractas quienes reúnen esas colecciones, sino hombres de carne y hueso: los funcionarios, ejecutivos, consejeros y especialistas de las fundaciones dotados de sensibilidad estética y acceso a los presupuestos. Y yo te objetaré que esos funcionarios no «pagan» la obra con dinero real, laboriosamente adquirido, sino con fondos de los que disponen gratuitamente; dinero y obra, pues, sin valor, aunque, naturalmente, tienen su precio. Lo cual anula el sentido de la transacción, que no pasa de ser una representación gratuita, objeto simbólico para una mascarada. Seguimos, pues, en el terreno de la virtualidad. Pero aun poniéndonos en el mejor de los casos, aun en el supuesto de que esas piezas fuesen objeto de una transacción real y honesta, aun en el supuesto de que hubieran despertado en el comprador, ese funcionario o ejecutivo de la casa de usura, un interés que no se manifiesta, dime, Wagner: ¿es a él a quien se dirigen esas obras? ¿Para quién se pintan esos cuadros, se instalan esas instalaciones tan aparatosas de tus Beuys…, Kelley, Nauman et alia?

-Para todo el mundo -respondió pacientemente Wagner-. Para las multitudes hambrientas de valor y sentido que hacen colas para contemplarlas cuando esas obras son donadas a los museos públicos…

-Me enterneces, amigo mío.

-Bueno, ríete si quieres, ahora soy yo el que está hablando en serio… Para los millones de aficionados que acuden a las grandes exposiciones. Que reservan sus entradas con meses de antelación. Que entran en el museo como en una fiesta, porque saben que allá dentro van a encontrar más belleza y verdad, más misterio y más realidad que casi en cualquier otro momento de su vida. Para ellos, para cada uno de ellos.

Un camarero recogió los platos con las cabezas y espinas de los monstruos marinos; el pastelero vio rechazado su carrito de tartas, frutas tropicales y fantasiosos helados, pero al bodeguero le aceptaron un aguardiente legendario.

-¿De qué hablábamos? -dijo el profesor-. ¡Es delicioso este armagnac!

-De los que entran en el museo como en una fiesta.

-¡Pareces un político en campaña! ¡Te veo a la puerta del Stedelijk, besando a los niños que entran! No, tú eres inteligente y no puedes creerte ese cuento de bonitas palabras. -Extrajo del bolsillo un cigarro, lo encendió en la vela, lanzó una bocanada de humo y, repantigándose, se quedó un instante contemplando la brasa-. Querido amigo, deberías fumar habanos. Lo más agradable de los puros, además de la encantadora regresión implícita en el hecho de chupar este simulacro de pezón, son los diez minutos últimos. La nicotina se acumula en la colilla y satura el humo, que a través de la sangre libera los neuro-transmisores cerebrales para que rieguen de endor-finas todas las conexiones nerviosas… ¿No te encantaría encoger un día a tamaño microscópico, ser inyectado al interior de un cerebro y presenciar el derrame de las endorfinas?… Las cosas agudas pierden sus aristas y se redondean placenteramente. Así podemos pronunciar sin sonrojarnos palabras como belleza, verdad, prodigio, misterio… pero tú no fumas, así que tu devoción democrática es de un cinismo intolerable, porque sabes tan bien como yo que a esos infelices los puedes llevar a emocionarse y disfrutar en los museos con lo que a ti te dé la gana, de igual forma que otros los llevan a misa, a los estadios de fútbol, a las urnas comiciales o a las trincheras, con entusiasmo tan genuino, y tan inducido, como el de esos aficionados al arte de que me hablas. Aficionados que, permite que te lo diga, no son exactamente como tú los pintas.

-¿Y cómo lo sabes, Diederik, si tú nunca visitas los museos?

-A veces lo hago. A escondidas. Qué quieres, uno tiene sus debilidades. A veces, arrastrado por una nostalgia, por un atavismo, me visto de luto y voy a presentar mi pésame. ¡Pero no contemplo los cuadros, observo a la gente! Y encuentro allí a jóvenes desorientados, tratando de cultivar su espíritu para disponer de un plus cultural el día que tengan que seducir a una chica u optar a un puesto de trabajo; y a familias ofuscadas y con los pies doloridos; los padres preferirían estar en casa, ellos bebiendo unas cervezas ante el televisor, ellas cocinando y hablando por teléfono, pero tienen que permanecer allí para educar a los crios, que a su vez preferirían estar jugando a fútbol o viviseccionando ranas junto al estanque que hay a las afueras del pueblo, detrás de la casa donde viven una vieja bruja y un oligofrénico la mar de curioso…, y allí sí encontrarían belleza, prodigio, misterio y verdad. Pero cuando tú y los sabios comisarios como tú, y, por qué no aceptarlo, los profesores como yo, les decimos: «Venerad esta mamarrachada, familias, venerad esta plancha de madera ondulada, esta escoba, porque la ha mirado un artista y mirarla os mejorará, os depurará», ellos la venerarán con la misma unción beata con que en el servicio militar besarán un trapo de colores.

-El estanque del oligofrénico… -dijo Wagner. Si Lammers estuviera en lo cierto la ofensa de Kasperle no tendría la menor importancia. Ellos y él, y sus amigos, y sus adversarios, serían personajes de una farsa sin trascendencia. Reconfortado por la caricia ardiente del armagnac, se sorprendió distanciándose de sí mismo y aceptando que el Retrato de Cees Wagner le parecía una obra ingeniosa, brutal, pero llena de verdad y humor-. Vamos, vamos todos, y yo el primero, a torturar ranas junto al estanque…

-Me conmueve y maravilla ese interés tuyo por la gente, querido amigo. Pero ahora apartemos de nosotros a todas esas buenas gentes tuyas, ¿quieres? Al ñn y al cabo no es para ellos para quien actúa el teatro del arte -prosiguió Lammers con alegría. El puro en la boca le daba una expresión de bellaco refinado, y cuando lo dejaba en el cenicero y, empujado por su propia elocuencia, se inclinaba hacia su amigo acentuando la sonrisa, parecía más que nunca un fauno en el momento de atrapar a la ninfa más gordita-. Te voy a contar un secreto, Wagner: ellos son sólo la excusa, los figurantes, el ejército de soldados de terracota en la tumba de Qin Shi Huangdi. Los que proporcionan el estado de carencia y de envidia, y el sentimiento de asombrada inferioridad que es lo que hace que el hecho de comprar esos bultos con escobas y… violines clavados en persianas metálicas… y pedruscos esparcidos con estudiado desorden sobre el enlosado de mármol rosa del Palazzo Grassi… y tubos de neón más apropiados para anunciar pescado y patatas fritas en un kiosco del barrio chino…, en fin, toda esa pacotilla, resulte trascendente para tus artistas y codiciable para sus verdaderos clientes: los ricos, los banqueros, los reyes del neumático y del pollo asado, los actores de Hollywood, los modistos con complejos, todos esos acaparadores de moneda falsa, esos monederos con patas. ¡Para ellos trabajan con dolor tus pintamonas! ¡Para ellos se rascan sus llagas a ver qué encuentran dentro! ¡Para ellos se suicidan! ¡A ellos se dirigen, con plena conciencia cínica, o con patética candidez! Y naturalmente, dirigiéndose a ellos, como pavos reales a los dueños del jardín, ¿qué maravillas realizarán? ¿Qué plumas les van a mostrar? Las que esos…, esos patanes consideren más pertinentes para decorar sus jardines, las nulidades para decorar el espacio vital de la trivialidad. Y si no aciertan a entenderse, que es lo más frecuente porque la transacción se produce entre dos especies diferentes y las negociaciones se siguen en jergas igualmente irracionales, pero incompatibles, no hay problema, para eso tú y yo, los mamporreros del arte, les explicaremos cómo llegar a un acuerdo en que los dos salgan ganando, y nosotros con ellos.

-Algo de eso hay -concedió Wagner, que, pensando en Kasperle, no había escuchado atentamente- y siempre es un placer escucharte, Diederik. Pero fíjate, para disparar contra el arte contemporáneo has tenido que bombardear el mundo entero. Y el mundo sigue rodando, rodando. Tú no pareces comprender algo fundamental, algo muy sencillo: mientras exista la humanidad, habrá energía creativa y la imperiosa necesidad de imaginar variaciones para lo que nos ha sido dado. Y una parte sustancial de esa energía se dirigirá a la representación y se plasmará en arte. Éste, como cualquiera de las actividades humanas, está sujeto a ciclos y vive épocas de esplendor y también épocas de vacas flacas. Si te empeñas, admitiré, para complacerte, que nos ha tocado vivir una mala época, aunque para juzgar una época lo que se necesita es precisamente que haya pasado el tiempo; pero desde luego esas «escobas» y esos pedruscos y persianas que tanta risa te dan son las formas de nuestro tiempo, y quienes las conciben son los artistas de nuestro tiempo. Dales la espalda si no te interesan, pero deja de gritarles que no están yendo a ninguna parte y de maravillarte porque, a pesar de tus voces, no te hagan caso. En cuanto a los compradores, ya te he dicho que no son todos reyes del neumático. Podría darte ejemplos…

El profesor Lammers tenía respuesta a eso: -Para el rey del neumático y la oficina del ministro, la pieza monumental. Para los que aspiran a serlo también tenemos algo, no faltaría más: unos «pequeños formatos» muy monos, unas cuantas xilografías y grabados, migajas seriadas del gran pastel y obras interesantes de jóvenes que empiezan…

Wagner torció el gesto; la demagogia de Lam-mers, que tanto le divertía en otras cenas, le estaba empezando a irritar.

-Mi querido amigo, pensando como piensas no comprendo que no renuncies a tu cátedra de estética.
El profesor lanzó una suave carcajada. Qué hombre tan atractivo y apasionado, pensaba una mujer que cenaba sola en una mesita frente a él. Acababa de quedarse viuda, prolongaba las veladas en los restaurantes esperando que algo le sucediese y se pasaba las noches despierta en la cama, imaginando que llamaban a la puerta, abría, y era su marido.

-Ten por seguro que si pudiese ejercer un oficio honesto, cambiaría inmediatamente a él -dijo Lam-mers-. Pero ya no hay oficios honestos. O por lo menos no los hay que me permitan vivir decentemente y pagarme cuatro cosas sin las que la vida me resultaría insoportable, entre ellas cenar de vez en cuando contigo. Todos consisten en vender bisutería a precio de auténticas gemas. Así que asumo mis contradicciones, y sigo adelante.
En cambio, el albino parece un cerdo en el espetón, chorreando grasa, pensó la viuda. Pues, en efecto, a causa del calor en el restaurante y de los alimentos y alcoholes ingeridos, Wagner sudaba copiosamente. Notaba la camisa pegada al cuerpo, se sentía incómodo y sucio, empapado en su propio jugo, y por eso dijo:

-He leído ese artículo tuyo sobre las esculturas de Damien Hirst en la Royal Academy. Te escandalizabas como una maestrilla…

-Perdona, no me escandalizaba. No me escandalizaba, me reía -puntualizó el profesor-. Mejor dicho: me reía tristemente.

-…y tuviste que tomar un taxi que te alejase de allí y te llevase al Museo de Artes Decorativas para contemplar una exposición de Rothko que te serenó, ¿no era eso lo que escribías?

-Marcus Rothkovitz, sus manchas son la «última explosión cegadora de la luz antes del apagón general: la luz del hongo atómico». Y disculpa que me autocite.

-No me parece afortunada la alusión a Hiroshima -dijo Wagner, que se enervaba por momentos-. ¿Sabes, mi querido amigo, por qué te gusta la pintura de Rothko?

-Adelante. Explícame.

-Precisamente porque se suicidó. Porque ya es historia. Y qué bonita historia, con su presentación, su nudo y su desenlace. Pero si ahora viviese un nuevo Rothko, no lo verías ni aunque te estuviera embadurnando de color las gafas… Vosotros…
(Oh, Kasperle no, ni hablar, sólo ha acertado una vez por casualidad, no vi en su estudio indicio de nada, sólo las previsibles chapuzas.)

-… Vosotros los intelectuales de izquierdas (porque a los de derechas no los tomo siquiera en consideración), los columnistas sutiles de los periódicos, los novelistas exquisitos con succés d’estime, un éxito de ventas no, por favor: sería una ordinariez o un malentendido…, vosotros los profesores de estética en las facultades de sociología, y de filosofía en las de economía, caballeros sensibles, cultivados, razonables, conformáis la nueva Academia, vosotros los burgueses rancios del año dos mil. Sois doctos en historia del arte, y ciegos, sordos y mudos al arte vivo…
Notó en la expresión burlona y alarmada de su amigo que se estaba exaltando, alzó la copa y sonrió:

-Brindo por tus desafortunados alumnos.

-Oh, yo les abro los ojos. -Lammers levantó su copa-. Les hablo del arte como de un glorioso vestigio del pasado, como de una lengua muerta. Pero no te preocupes por ellos: no me creen, todos se empeñan en ser Picasso…

-A partir de ahora lo van a tener más fácil -explicó Wagner-. Estoy preparando un decreto para la ministra que cancelará la ley de becas BKR.

Se refería a la ley, única en el mundo, que Lammers definía como «el feliz y significativo acuerdo entre el burócrata y el artista», por la que todo ciudadano holandés, licenciado en Bellas Artes, que se dedicase exclusivamente a la creación tenía derecho a que el Estado le comprase una o más obras al mes, a precios variables según sus necesidades económicas.
El objetivo de la ley era asegurar la manutención de los artistas sin que tuvieran que dispersar su talento en trabajos alimenticios; a cambio, el Estado se dotaba con pinturas y esculturas para decorar sus oficinas administrativas y salones; pinturas y esculturas que, según habían calculado los expertos, con el tiempo cotizarían en el mercado y permitirían recuperar parte de la inversión.

8 comentarios

  • Luisru julio 3, 2006en1:30 pm

    Vidal Foch y Madonna. !Vaya combinación¡

  • Palimp julio 3, 2006en5:49 pm

    chissss, que no se entere Ignacio..

  • Ignasi julio 7, 2006en12:57 am

    Jo, ara que es treu el tema de l’art, i a resultes de la notícia de la putrefacció del tauró d’en Damien Hirst, proposo que si el sr. Hirst vol posar-ne un de nou, mira, que faci el que li doni la gana (una mica trist però vaja), però que abans es deixi que el procés de putrefacció continui (i que es documenti gràficament) fins que reventi tot! Ala visca l’art! 🙂

    Ens veiem!

  • Palimp julio 7, 2006en1:39 pm

    Je, je, con la pasta que pagaron por el dichoso tiburón… Va a pasar lo mismo que con la desaparecida obra de Richard Serra que no saben dónde está y que parece ser que el artista va a ‘rehacer’.

    Como está el mundo

  • Janario noviembre 6, 2006en3:31 pm

    Por cierto, que Vidal-Folch estuvo la noche electoral en el hotel Calderón celebrando el triunfo de los Ciudadanos de Cataluña. Hubiera sido una excelente oportunidad para grabarle un par de literarias reflexiones sobre este desgraciado nacionalismo catalanista en el que vivimos.

    Saludos,
    J

  • Palimp noviembre 7, 2006en8:46 pm

    Pues la próxima vez avisas… ¿estaba Félix de Azúa?

  • Janario noviembre 9, 2006en4:34 pm

    Ok, no temas, la próxima vez te avisaré.

    Rspecto a Azúa, te copio el artículo principal de opinión del diario El País de hoy, que además de contestar a la pregunta que me haces, despejará algunas otras dudas que tus lectores pudieran tener. Gracias por el espacio, y saludos cordiales.

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    ¿Quién teme al ciudadano feroz?

    Por Félix de Azúa.

    Como es bien sabido, con ocasión del Salon de 1864 el pintor Édouard Manet expuso su célebre Olympia, un desnudo femenino que irritó profundamente a la buena sociedad parisina y cambió las reglas de la representación clásica. La gigantesca cólera desatada por el cuadro de Manet era debida a que el nuevo modo de presentar un tema clásico dejaba sin argumentos a los tradicionalistas. La estrategia artística de Manet negaba todos los valores defendidos por la vieja escuela. Los entendidos, los expertos, los coleccionistas y aquellos aficionados que se consideraban enterados, reaccionaron con violencia porque, de ser cierto lo que Manet expresaba en su pintura, entonces ellos eran una colosal mentira. También es conocido el final de la historia: eran una colosal mentira.

    Algo similar está sucediendo con la irrupción de un pequeño partido posnacionalista en Cataluña, a partir de las últimas elecciones. El Partido de los Ciudadanos (PC) es minúsculo en comparación con las fuerzas que representan al nacionalismo catalán, pero la reacción que ha desatado es sorprendente y pone de manifiesto, no la amenaza de los débiles, sino el miedo de los poderosos. La astuta conducta de los medios de comunicación catalanes, que no informaron en ningún momento sobre la campaña del PC mientras duró la subasta de votos, no ha podido resistir el resultado y ahora se desborda en ataques furibundos. Un síntoma inequívoco de que el poder se siente débil.

    Por si alguien supone que escribo desde una posición militante, debo aclarar que si bien formé parte del grupo que incitó a la creación en Cataluña de un nuevo partido que pudiera hablar con naturalidad sobre todo lo prohibido por el poder, en cuanto ese partido se constituyó legalmente me retiré con ánimo de no regresar nunca más a la política empírica. Si ahora escribo sobre ellos es porque nos están sirviendo una valiosa información sobre la falta de información que sufre la sociedad catalana. De modo que habría escrito exactamente lo mismo si hubiera votado a Convergencia o a Iniciativa.

    La falta de información a la que aludo es una de las causas de la inseguridad del poder catalán. Cuando escribo esta crónica hay ya un acuerdo para repetir el tripartito. Es decir, que han ganado los que han perdido, pero quizás no cabía otra posibilidad. Los partidos nacionalistas catalanes son máquinas de distribución. Cualquiera de las posibles combinaciones ganadoras no se forma para cumplir el deseo de los votantes sino para satisfacer a los partidos y a sus clientelas. Contra este estado de cosas había que fundar un nuevo partido y ese partido ha conseguido tres escaños sin apenas campaña, sin dinero, sin apoyos, sin aparecer en los medios, contando tan sólo con el entusiasmo de la gente.

    La victoria ha sorprendido porque la sociedad catalana carece de información responsable. Muy pocos periodistas sabían algo sobre el nuevo partido y lo que sabían era mentira. Ningún profesional de la prensa catalana intentó averiguar algo por su cuenta. Cada uno de los mediáticos de prestigio pertenece a un grupo dentro del sistema y nada que caiga fuera de tan estrecho horizonte tiene la menor importancia. La endogamia informativa ha llegado a extremos grotescos, como la creación de un comité de comisarios que vigila a los periodistas catalanes. Sin embargo, no es el momento de examinar el grado de dependencia y la falta de autonomía de los medios catalanes, sino de sacar algunas conclusiones. Y para ello nadamejor que poner algunos ejemplos de lo que está sucediendo después de las elecciones, cuando el resultado es irreparable. Quizás alguien se percate de que el estado de cosas es insostenible, que está hundiendo a la sociedad catalana en el escepticismo democrático, y trate de ponerle remedio.

    Hablemos de las firmas y vayamos de menor a mayor. Como es lógico, todo el periodismo de batalla ha coincidido en calificar al PC de facha, ultraderechista y cosas semejantes. De nada ha servido que el jefe del partido se definiera como socialdemócrata, o que no haya ni un solo dato que fundamente semejante barbaridad, es decir, que este es un partido de delincuentes. Ningún responsable del PC ha hablado de inmigración y si lo ha hecho ha sido con bastante mayor liberalidad que la señora Ferrusola de Convergencia o el señor Barrera de Esquerra; ni de religión y si lo ha hecho es para declararse laico y contrario a la asignatura de religión, a diferencia de los nacionalistas; ni del aborto, las bodas gays, el feminismo y la parafernalia que trabaja ese partido estetizante, Iniciativa, como no sea para coincidir con ellos porque, la verdad, esas cosas son simplemente obvias. No importa: los Sopena, los Culla, los Cardús, los Sánchez, la infantería del sistema, han afirmado que el PC es de extrema derecha.

    Era de esperar, por así decirlo, entre la gente de faena, pero subamos un peldaño. Toni Soler es una figura de la radiotelevisión catalana y escribe en La Vanguardia. Es una de esas estrellas locales que viven de luchar heroicamente contra la microscópica presencia del PP y que jamás han tocado un pelo al poder. Sin embargo, la aparición del PC le ha puesto nervioso. He aquí lo que escribía Soler el domingo 5 de noviembre: «(Para el PC) el nacionalismo catalán va de Carod a Piqué, inclusive, y dicen una frase en cada idioma, para demostrar que el idioma no les importa, es decir, que si el catalán desaparece no soltarán ni una lágrima». Esto lo escribe Soler en castellano. Es otro de los innumerables nacionalistas que considera justo multar a un tabernero por no rotular en catalán, pero que desea seguir cobrando sus artículos en castellano, por favor. Con esta moral es difícil informar objetivamente.

    Subamos otro peldaño, lleguemos a periodistas prestigiosos y a los que respeto. Ese mismo día y en el mismo órgano de los conservadores catalanes, Enric Juliana escribía: «El despliegue del Partido de la Ciudadanía en España sólo es posible con el apoyo estratégico de un poder fuerte. La FAES es uno de ellos y ha amenazado con querellarse contra quien diga que suya es la mano que mece la cuna». Debo confesar que el párrafo me ha desconcertado porque soy lector habitual de Juliana, uno de los escasos periodistas catalanes que utiliza el castellano con elegancia. Su posición siempre ha sido clara, es simpatizante de Convergencia, pero no es un palanganero. Suelo oírle en la tertulia de Carlos Herrera y me parece un hombre equilibrado. Que utilice una falacia tan absurda es significativo sobre el grado de intoxicación de los periodistas catalanes. La gente que ha conseguido tres escaños se los ha trabajado como antaño los clandestinos que luchaban contra Franco: aguantando los ataques del régimen en pleno y sin el menor apoyo de nadie como no sea el desinteresado y generoso de mucha gente que está harta de tanta falacia. Que sólo les hiciera caso la prensa de Madrid no es culpa suya, sino de la prensa de Barcelona.

    Y acabemos de subir la escalera hasta un nivel que puede costarme una amistad. El viernes 3 de noviembre, Xavier Vidal-Folch, el director de la edición catalana de este periódico y amigo personal, hacía un balance de los resultados. Escribía lo siguiente: «La gran novedad, Ciutadans, ese nacionalismo neoespañolista». Pasaba luego a anunciar que el partido practicará el lerrouxismo, que acabará en manos de la extrema derecha, y terminaba diciendo: «¿Nuevo el nacionalismo español? ¿O el más rancio y cutre de los nacionalismos hispánicos?». Esta es la opinión de un gran profesional catalán que ha vivido en Bruselas durante años y conoce la prensa europea. Si estuviéramos en Europa habría que hacerle algunas preguntas: ¿Qué es, en su opinión, el «españolismo»? ¿Algo así como el catalanismo, un apego cultural? ¿Que te guste la música de Albéniz, el Museo del Prado y las novelas de Mendoza? ¿Hay que añadir, para radicalizar, la jota en plan sardana, los toros en plan castellers, el Valle de los Caídos en plan Montserrat? ¿O más bien será españolista alguien que se oponga al populismo del odio contra los españoles tipo Rubianes? ¿Y que sería un «neoespañolismo»? ¿O es sólo un modo de clasificar para evitarse el análisis? ¿Pereza o desinformación?

    El lerrouxismo y la extrema derecha son fantasmas constantes en Cataluña, quizás por ser dos de las más frecuentes tentaciones catalanas, desde el carlismo del XIX hasta los Requetés franquistas. Son espantajos que carecen de contenido ya que toda situación histórica es irrepetible y para acabarlo de arreglar nadie sabe muy bien en qué consisten. ¿Es un lerrouxista a la inversa Artur Mas cuando se inventa un carnet de puntos para inmigrantes? ¿O Maragall cuando le concede la nacionalidad catalana a Montilla por lo bien que se ha portado? Cuando un término más o menos técnico se usa como insulto hay que suponer que de lo que abunda en el corazón habla la boca.

    Lo mejor sin embargo es el final. «Rancio» y «cutre» son de nuevo adjetivos muy frecuentes entre los defensores de la buena sociedad catalana, aunque deben aplicarse exclusivamente al llamado «nacionalismo español». Que Artur Mas se arrodille ante la tumba de Wifredo el Velloso, que todos los partidos canten Els segadors con la mano en el pecho y lo hagan obligatorio en las escuelas, que peregrinen a los lugares sagrados, que prohíban a los escolares hablar en castellano en el patio, o que sólo hayan leído a Prat de la Riba y otros genios de la filosofía política, no es, para ellos, ni «cutre» ni «rancio». Debe de ser lo más progresista, aunque sólo en Cataluña. ¡Qué pésima información, Dios mío!

    En efecto, un partido sin dinero, sin campaña, sin apoyo mediático, en cuatro meses ha conseguido tres diputados. Ahora el poder catalán puede reaccionar de dos modos distintos: temblando de miedo e insultando como hasta ahora viene haciendo, o poniendo remedio a lo que ha provocado 90.000 votos para el nuevo partido, 60.000 votos en blanco, la más alta abstención de la historia de Cataluña, y un panorama para el futuro Gobierno que cada vez nos acerca más a la Italia de los años de plomo. O a cosas peores. Quizás ellos se sientan a gusto en este ambiente de sauna para padrinos. Los demás, no.
    —————————————————————————–

  • Palimp noviembre 11, 2006en12:22 pm

    Gracias por el artículo. Habría mucho que hablar, y ya lo haremos delante de una cervecita 🙂

    Personalmente me alegra que un partido como Ciutadans haya podido hacerse un hueco pese a ser pequeño. Soy de esos ingénuos que creen que estas cosas indican que la democracia funciona. Por otro lado no comparto nada del ideario -o, por decir mejor, del punto de partida- de ese partido. Pero eso ya lo sabes.

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