Iban Zaldua. Si Sabino viviría.

julio 7, 2006

Educiones Lengua de trapo, 2005. 190 páginas.

ZalduaSiSabinoViviria
Un futuro muy reciente

Las primeras noticias de este libro las tuve en esta entrada del lector a la sombra. Y lo cierto es que tenía buena pinta. Ciencia ficción psicodélica ambientada en Nueva euzkadi y protagonizada por un singular detective galáctico… no dudé un segundo cuando la vi en la biblioteca.

Cosmic Josemi es un Marlowe del siglo XXVI cuyas principales obsesiones son el mus y follar. El gobierno de Nueva Euzkadi le ha confiado una importante misión; debe encontrar los restos del cadáver de un importante prócer para utilizar su ADN en la construcción de una inteligencia artificial. Para ello deberá descender a la Tierra -algo peligrosísimo- y defenderse de los ataques que el planeta enemigo Tauro dirigirá contra él.

Aunque el libro es bueno, me costó entrar en él. No podía evitar compararlo (y salía perdiendo) con Los sueños del Canciller, que acabo de releer hace poco. He descubierto que, mal que me pene, soy un pureta de la ciencia ficción. Zaldua utiliza el género como recurso para realizar una excelente crítica social, pero a mí la primera mitad me rechinaba un poco -pese a tener hallazgos geniales. Probablemente le gustará más a quien no sea asiduo del género.

Con todo, a partir de la mitad del libro la cosa mejora bastante y empecé a disfrutar de su lectura. Incluso el final, que parecía previsible, logró sorprenderme con una ingeniosa vuelta de tuerca. El resultado, que me acabó de convencer y me gustó mucho. Ahora sólo me queda buscar su libro anterior, La isla de los antropólogos, para comparar un poco. Lo disfrutarán.

Escuchando: Volvíamos tarde. Manolo García.


Extracto:

Estuve a punto de protestar: mientras que la pareja de Muviro era una réplica de Clark Gable (nada que objetar; antes al contrario), el autómata que colocaron frente a mí lo era de Manuel Fraga, con tirantes y todo. Estaba claro que había un recorte de presupuestos en el casino del Mirador II, o que el encargado de sala era un maldito rácano: no era elegante, desde ningún punto de vista, utilizar el mismo autómata en las mesas de mus y en las de dominó. Además, me ponía nervioso, no sólo por las miradas aviesas que creía adivinar en las células fotosensoras que llenaban las órbitas oculares del muñeco, sino sobre todo por los bruscos movimientos de sus manos, más apropiados para hacer restallar fichas sobre una mesa que para repartir cartas o mostrarlas al final de la mano; sin embargo, hay que reconocer, nobleza obliga, que la cosa estaba genial para los órdagos.

La partida no pudo ir peor: los garbanzos y las alubias se acumulaban con mucha mayor rapidez en el lado de ellos que en el nuestro y pronto fue evidente que, a diez euros nuevos el garbanzo y cincuenta la alubia, mi compañero y yo íbamos a perder una fortuna. Muviro y su autómata, es decir, el tipo o la tipa del casino de Dune, se entendían a la perfección: creo que hasta los pillé un par de veces pasándose señas falsas, cosa difícil, dado que, en principio, la pareja había sido formada al azar y, por lo tanto, era muy raro que se conocieran de antemano; además, la capacidad gestual de un autómata de plexiglás es más bien limitada. Todo lo contrario nos ocurría a Fraga y a mí: cada vez que le hacía la señal de que andaba bien a chica, se reservaba para el juego y, claro está, la cagábamos; yo, por otra parte, no conseguía distinguir su seña para grande de la de pares: probara lo que probara, me equivocaba siempre. Llegué a pensar que aquella especie de ninot estaba aquejado de un ataque de senilidad, y juro que estuve a punto de llamar al encargado de sala para que retiraran aquella remora, pero un gesto autoritario del autómata impidió, en todas las ocasiones, que llevara a término mi propósito. Lo cierto es que no sé lo que me asustaba más: si el ademán horizontal que el Fraga de plexiglás hacía con uno de sus pulgares a lo largo de su cuello o la posibilidad de que el muñeco, o quien estuviera manejándolo a unos cientos de kilómetros de distancia en el éter, tuviera la capacidad de leerme el pensamiento. Si era así, pensaba yo, por lo menos podría utilizarla para adivinar las jugadas de nuestros contrarios. Bueno, quizás lo hacía, y lo que ocurría es que yo no le entendía las señas…

El juego tuvo un desenlace brusco. Había entendido (como siempre, mal) que mi pareja tenía treinta y uno, y, como él iba de mano, al ver que pasaba a juego, decidí que aquella era la mía: escenifiqué una tímida subida de la apuesta que para sí hubiera querido el mariscal Ney en la batalla de las Termopilas y, sin hacer caso de los elocuentes gestos de Fraga, aguanté las embestidas de Clark Gable con un nerviosismo fingido, lo que le llevó sin remedio a un ordago que acepté sin dudar y, claro está, perdimos: yo tenía treinta y cinco, y mi compañero, treinta y cuatro. Genial.

Llegamos a la Ensenada Caramelo pasado el mediodía, pero decidimos esperar a la noche: era lo más sensato y, además, habría marea alta, lo que facilitaría nuestros planes. Los escombros de los antiguos bloques de protección oficial de la zona no eran muy cómodos, pero nos resguardaban de las miradas indiscretas, al tiempo que me permitían observar la zona con mis prismáticos sin ser detectado. Al fondo a la derecha se veía el muro de contención que marcaba la frontera de Los Guggenheim, iluminado por focos, a unos tres o cuatro metros sobre el nivel del mar. Estaba cubierto de verdín en algunas partes y no eran pocos los signos de reparaciones recientes que presentaba, pero aun así seguía siendo una maravilla de la antigua ingeniería terrestre.

Antes del Gran Adiós, cuando el nivel del mar comenzó a subir, Gobierno Vasco decidió salvar al menos una de las joyas turístico-paisajísticas de la costa vasca y la elección no pudo recaer más que en el Gran Bilbao, evidentemente. Los ingenieros de Gobierno Vasco diseñaron un complejo sistema de esclusas y farallones de geometría variable, inspirado en el de Venecia, que empezaron a construir sin dilación. Sin embargo, los usamericanos, que por aquel entonces ya poseían la soberanía compartida del Museo Guggenheim y sus alrededores, decidieron que aquel proyecto no les inspiraba la confianza suficiente y acometieron el suyo propio, más modesto: un muro de contención semiflexible, de hormigón galvanizado, de mayor altura que los del plan de Gobierno Vasco, pero que sólo protegería la zona del museo, el parque de Doña Casilda y parte de Abandoibarra, así como la zona del Ensanche que iba hasta lo que alguna vez fue la Gran Vía. Un clon de Frank Gehry —el que presentó el presupuesto más ajustado entre todos sus hijormanos— fue el encargado del diseño.

Ni que decir tiene que el Gran Tsunami de 2078 se llevó por delante toda la obra de los ingenieros de Gobierno Vasco, quizás por la escasa experiencia de la empresa encargada de su construcción, recién creada para la ocasión por un fabricante de máquinas tragaperras afín al PNV; sin embargo, el muro de contención usamericano resistió, convirtiéndose en el único sector del Gran Bilbao que no quedó anegado por las aguas. Finalmente, la resolución 320/2246 de las Naciones Unidas reconoció la soberanía absoluta de UsAmérica sobre el lugar, que se convirtió en base militar, espacial y turística (en ese o en cualquier otro orden, según períodos).

Fue en la época de mayor auge turístico, a principios del siglo xxiv, cuando se construyó la reproducción del Museo Guggenheim de Frank Gehry y, por tanto, recibió la zona su denominación actual: el salitre del mar, la contaminación radiactiva y la halitosis de los visitantes estaban dañando el titanio que recubre el museo original y decidió construirse junto al mismo una copia en fibroplástico que reproduciría con exactitud tanto el aspecto exterior como el interior y la colección permanente. Resumiendo: las masas visitarían la reproducción, mientras que el museo original quedaría herméticamente cerrado y sólo se abriría a pequeños grupos de visitantes selectos. Lástima que el aumento del nivel de radiación resultante de la penúltima guerra, entre 2345 y 2465, acelerase la prohibición del turismo legal y, por lo tanto, sellase la decadencia de Los Guggenheim como destino vacacional.

(En la editorial pueden leer los primeros capítulos)

5 comentarios

  • solodelibros julio 7, 2006en5:38 pm

    Los libros de Lengua de Trapo tienen el inconveniente de parecer, así de entrada, algo flojos. Puede que, después de leer tu comentario, me atreva con ello, pero no sé, no sé…

  • samuel julio 8, 2006en10:28 am

    Estoy de acuerdo con solodelibros: las novelas españolas de Lengua de Trapo son algo flojas siempre, y ésta, para mí, es igual. Siempre tienen ese humor presuntamente socarrón, y su concepto literario basado en argumentos gruesos. Creo que a la editorial, que me gustaba más al principio, le hizo mucho daño el éxito del cruasán de Pablo Tusset, porque ahora todo lo que publican se parece demasiado, y no hay casi ningún escritor ahí que se salve. Porque ya no están ni Antonio Álamo, que no era de mis favoritos, pero bueno, ni Antonio Orejudo, que sí era de mis favoritos, y que luego, curiosamente, ha «empeorado» su obra en otras editoriales. Y ya no publican latinoamericanos tampoco, es como si fuera todo por la apuesta un poco del humor gamberro y metaliterario de escuela. Esta novela no me he gustado nada.

  • Palimp julio 11, 2006en9:36 am

    Sí, a las novelas que he leído hasta ahora de esta editorial les falta ‘algo’. Incluso a la del cruasán, que aunque me gustó, tenía un final un tanto flojo.

    Ésta me ha gustado más por aquello de que es de ciencia ficción y que por haber vivido más de ocho años en el país vasco me han hecho gracia algunos de los chistes. Pero si la comparo con ‘Los sueños del canciller’, también de ciencia ficción gamberra y nacionalista no hay color; ‘Los sueños…’ es mucho más redonda -y graciosa.

    Pese a todo creo que el libro tiene hallazgos interesantes, y tal y como digo en la reseña, el final lo redime un poco. No me he sentido estafado -quizás porque lo cogí en la biblioteca y no me gasté un duro- y me ha dejado con ganas de leer su otro libro.

  • gss julio 16, 2006en10:51 am

    Pues a mí me ha gustado bastante, no estoy de acuerdo con Samuel: tiene momentos verdaderamente descacharrantes.
    Y son aún mejores sus libros de cuentos «La isla de los antropólogos» y «Mentiras, mentiras, mentiras», los dos en LEngua de Trapo.

  • Palimp julio 18, 2006en7:19 pm

    Sí, tiene momentos descacharrantes, pero un libro no debería ser sólo una colección de chistes. Veremos sus otros libros.

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