Henry Marsh. Ante todo no hagas daño.

enero 10, 2019

Henry Marsch, Ante todo no hagas daño
Salamandra, 2016. 348 páginas.
Tit. Or. Do no harm. Trad. Patricia Antón de Vez.

Henry Marsh es un neurocirujano que expone aquí sus memorias con una saludable mezcla de honestidad y buen oficio narrativo. El libro está estructurado en varios capítulos encabezados por una enfermedad que le da pie al autor a relacionarla con una operación o anécdota de su vida.

Me gustó tanto su lectura que me duró poco; hacía tiempo que un libro no me enganchaba tanto. Aunque narra algunos de sus éxitos, no tiene miedo a exponer sus fracasos. En algunos casos porque no se podía hacer nada más por el paciente, pero en otros por fallos suyos que reconoce sin tapujos. En un capítulo cuenta que dio una conferencia sobre sus peores fallos -porque lo considera una de las mejores vías para aprender- y explica que el silencio que obtuvo al acabar fue ominoso: nadie estaba preparado para tanta sinceridad.

En el aspecto estilístico estuve buscando si había tenido la ayuda de algún negro, porque está impecablemente estructurado, muy bien escrito, y con un manejo del tempo narrativo excelente. Mejor que muchos escritores que se ganan la vida con esto.

Y lo más importante: la verdad. Más allá de su finura estilística, lo que impresiona son los hechos reales, la adrenalina de extraer un tumor del cerebro, la desgracia que supone dejar a alguien paralizado de por vida o la satisfacción de salvar una vida.

Muy recomendable.

Quedarme de pie ante un paciente moribundo sería tan inhumano como los largos pasillos de hospital. Nos miramos a los ojos durante unos instantes.
—Podría operarte otra vez —empecé poco a poco, obligándome a pronunciar las palabras—, pero eso te daría un par de meses más como mucho… He intervenido a veces a gente en tu situación… y suelo lamentarlo. David me respondió con la misma lentitud. —Me di cuenta de que la cosa no pintaba bien. Había varios… asuntos que necesitaba organizar… Pero ya… ya está todo hecho…
Con los años he aprendido que, cuando se trata de dar malas noticias, lo mejor probablemente es decir lo menos posible. Esas conversaciones son por naturaleza lentas y dolorosas, y uno debe contener el impulso de hablar por los codos para llenar el triste silencio. Confío en hacer mejor ahora estas cosas que en el pasado, pero con David mirándome se me hizo muy difícil no hablar más de la cuenta. Le dije que, si fuera un miembro de mi familia, no querría que se sometiese a más tratamientos. Finalmente, controlándome, me limité a añadir:
—Bueno, supongo que he conseguido que fueras tirando durante un buen puñado de años…
Como ciclista y corredor de competición que había sido, tenía unos brazos fuertes y musculosos. Me sentí un poco incómodo al alargar una tímida mano para coger la suya, grande y masculina.
—Ha sido un honor cuidar de ti —dije, y me levanté para marcharme.
Y entonces, incapaz de decirle adiós, pues ambos sabíamos que sería para siempre, añadí:
—Tal vez no sea muy apropiado, pero lo único que puedo decirte es buena suerte.
Su mujer se acercó a mí con los ojos llenos de lágrimas.
Enterré la cara en su hombro y la estreché con mucha fuerza durante unos segundos. Luego salí de la habitación. La doctora me siguió.
—Le agradezco muchísimo que haya venido. Su visita va hacer que todo sea mucho más fácil. Lo enviaremos de vuelta a casa y organizaremos cuidados paliativos.
Hice un aspaviento de desesperación y me alejé con los andares vacilantes de un borracho, ebrio de tanta emoción.
Cuando apenas había recorrido unos pasos, me volví para responder:
—Estoy contento. Encontrarme con David en estos momentos… ha estado bien, por así decirlo.
«¿Seré yo tan valiente y digno cuando me llegue la hora?», me pregunté cuando salía al lúgubre aparcamiento de asfalto negro. Seguía nevando, y pensé una vez más que detesto los hospitales.
Me alejé con el coche, sumido en un torbellino de emociones. No tardé en quedarme atascado en el tráfico de la hora punta y maldije furibundo los coches y a sus conductores, como si ellos tuvieran la culpa de que aquel hombre bueno y noble fuera a morir y a dejar viuda a su esposa y huérfanos de padre a sus niños. Grité y chillé y, como un idiota, golpeé el volante con los puños. Y sentí vergüenza, una profunda vergüenza, no por haber fracasado en salvarle la vida —había tenido el mejor tratamiento posible—, sino por la pérdida de mi impasibilidad profesional y por un pesar que rae pareció de lo más vulgar en comparación con su serenidad y el sufrimiento de su familia, de los que sólo podía ser testigo impotente.

Un comentario

  • Francisco H. González enero 11, 2019en12:50 pm

    Tiene muy buena pinta. Veo que Marsh (creo que sobra una C en el nombre del autor) acaba de publicar Confesiones. Así que igual he de hacer doblete.

    Un saludo

    Francisco

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