Heinrich Böll. Billar a las nueve y media.

mayo 23, 2012

Heinrich Böll, Billar a las nueve y media
Seix-Barral, 1985. 326 páginas.
Tit. Or. Billard um Halb Zehn. Trad. Margarita Fontseré.

Para una reseña convencional, pueden ir aquí: Billar a las nueve y media – Heinrich Böll.

Este es uno de los libros que más veces he regalado (y todavía tengo dos ejemplares en mi biblitoeca). Que se encuentre con facilidad de saldo tiene también algo que ver. Pero esta historia familiar entre un abuelo que construye una abadía ganando a prestigiosas firmas, un padre que dedica sus conocimientos a destruir edificios y hacer cálculos de estática, y un nieto que reconstruye la abadía del abuelo está llena de historias y de ternura.

Siempre pongo extractos, pero esta vez les pido que los lean. Merece la pena. Al igual que este libro que he tardado demasiado en releer, porque debería haberlo hecho con más frecuencia. Nos habla sobre la importancia de las personas frente a los edificios y el arte, de la importancia de no comer del sacramento del búfalo, o lo que es lo mismo, no ejercer violencia sobre tus semejantes o permitirlo, y en definitiva, sobre la importancia de ser humanos.

A mí me conmueve profundamente.

Calificación: Imprescindible.

Un día, un libro (266/365)

Extractos:
Ya puedes ir soplando, ya puedes ir echándome a la cara tu humo de cigarro de cuatro marcas y dejar otro billete violeta. A Jochen no se le compra. No es para ti ni por tres mil; no he apreciado a mucha gente en mi vida, pero a ese muchacho le aprecio. Has tenido mala suerte, amigo de aspecto importante, de mano avezada a firmar, llegaste un minuto y medio tarde. Deberías adivinar que eso de los billetes de banco es lo menos adecuado para tratar conmigo. Tengo incluso un contrato en el bolsillo, firmado ante notario, que acredita que tengo el derecho de ocupar, mientras viva, mi habitacioncita en el tejado, que puedo criar mis palomas; puedo escoger lo que más me guste para desayunar y comer y me dan además ciento cincuenta marcos al mes, limpios, tres veces más de lo que necesito para fumar; tengo amigos en Copenhague, en París, Varsovia y Roma… y si tú supieras cómo se ayudan entre sí los criadores de palomas mensajeras…, pero tú no sabes nada, sólo crees saber que con dinero se puede alcanzar todo; esta clase de enseñanzas os las dais vosotros mimos. Y claro, hay conserjes de hotel que hacen cualquier cosa por dinero, venden a su propia abuela por un billete violeta de cincuenta marcos. Sólo hay una cosa que no
puedo hacer, amigo mío, mi libertad tiene una sola excepción : mientras estoy de servicio de portería aquí abajo, no puedo fumar mi pipa, y esta excepción la lamento por primera vez hoy, porque si la tuviera, enfrentaría mi picadura negra con tu Partagás Eminentes. Hablando claro: puedes lamerme el culo doscientas mil veces si quieres pero no esperes que te venda a Fahmel. Éste jugará en paz al billar desde las nueve y media hasta las once, aunque yo sabría darle una ocupación mejor: por ejemplo, estar sentado en el ministerio en tu lugar. O hacer lo que hacía de joven: poner bombas, para calentar los fondillos de los pantalones a los cochinos como tú. Pero descuida, si quiere jugar al billar desde las nueve y media hasta las once, que lo haga, para eso estoy yo aquí, para cuidar que nadie le estorbe. Y ahora puedes guardarte los billetes en el bolsillo y dejar limpia la mesa, y si vuelves a añadir uno solo, no respondo de lo que puede pasar. Me he tragado toneladas de faltas de tacto, he soportado con paciencia un sinfín de actos de mal gusto, he inscrito adúlteros y maricas aquí en mi lista, he cerrado el paso a esposas furiosas y a maridos cornudos… y no creas que no me haya costado lo mío aprenderlo. Yo fui siempre un muchacho decente, era monaguillo como lo eras tú seguramente también y cantaba las canciones del padre Kolping y de San Aloisio, en el coro; cuando tenía veinte años ya hacía seis que trabajaba en esta casa. Y si todavía no he perdido la fe en la humanidad, se lo debo a un par de personas como el joven Fahmel y su madre. ¡Quita de ahí tu dinero, sácate el cigarro de la boca, inclínate ante un viejo como yo que ha visto más vicios de los que tú puedas soñar en tu vida, hazte abrir la puerta por el botones de allí atrás y desaparece.


La taza recién llenada de café ya no vibraba; por lo visto, han dejado de imprimir cosas edificantes o carteles electorales sobre papel blanco; en el caleidoscópico marco de la ventana, la imagen permanecía invariable: enfrente, la terraza de la casa de los Kilb, vacía; a lo largo de la pérgola, unas capuchinas perezosas; el perfil de los tejados ; en el fondo, las montañas bajo un cielo radiante: en aquel marco caleidoscópico vi a mi esposa, vi más tarde a mis hijos, vi a mis suegros cada vez que subía al estudio para echar una ojeada a los jóvenes y diligentes arquitectos que me ayudaban, para comprobar cálculos, fijar plazos de entrega; el trabajo me resultaba tan indiferente como la palabra «arte»; otros lo podían hacer igual que yo; yo les pagaba bien; jamás he comprendido a los fanáticos que se sacrifican a la palabra arte; yo les ayudaba, me burlaba de ellos, les daba trabajo, pero nunca les comprendí; lo único que comprendía era lo que representa un oficio, a pesar de que pasaba por artista y se me admiraba como tal. ¿Acaso no era audaz y moderno el hote-lito que construí para Gralduke? Sí, lo era e incluso lo admiraban mis colegas artistas; y yo lo había concebido y construido, y seguía sin saber lo que era el arte; tal vez ellos se lo tomaban demasiado en serio; tal vez porque eran tan sabios y entendían tanto en arte, construían unas cajas horripilantes, que yo entonces ya sabía que al cabo de diez años darían asco; y, no obstante, a veces sabía subirme las mangas de la camisa, sentarme al tablero de dibujo y crear: el edificio administrativo para la «Societas,
la más útil de la comunidad»; se quedaban con un palmo de boca abierta, aquellos necios que me tenían por un provinciano ambicioso de dinero y fama, y hoy todavía no me avergüenzo de aquel edificio construido hace cuarenta y seis años. ¿Es eso el arte? Quizás sí. Yo jamás supe lo que era; tal vez lo hice sin saberlo; nunca logré tomarme en serio esa palabra, como tampoco pude comprender la ira de los corifeos contra mí. ¡Dios mío! ¿No se permitía la menor broma? ¿Era indispensable que los Goliats tuvieran tan poco sentido del humor? Ellos creían en el arte, yo no : se sentían ofendidos en su honor por un advenedizo. Pero, ¿había alguien que no fuera advenedizo de alguna parte? Yo enseñaba abiertamente mi risa, les había obligado a entrar en una situación en la que incluso mi derrota sería una victoria y mi victoria un triunfo.


Cuando terminó la guerra, yo estaba en la cumbre de mi carrera: me nombraron director general de construcciones de toda la región. Paz, pensé, yo, todo ha terminado, vamos a empezar una vida nueva… cuando, un buen día, el comandante inglés vino a mi casa, a disculparse, por decirlo así, de haber bombardeado la iglesia de Sankt Honorius y destruido un Descendimiento del siglo xv; no.se disculpó por haber muerto a Edith, sino sólo por un Descendimiento del siglo xv; sorry; yo me volví a reír por primera vez desde hacía diez años, pero no fue una risa de satisfacción, Robert… y dimití de mi cargo. ¿Director general de construcciones? ¿Para qué, si hubiera dado todos los Descendimientos de todos los siglos posibles para volver a contemplar la sonrisa de Edith, para volver a sentir su mano sobre mi brazo? ¿Qué valor tenían para mí las imágenes del Señor comparadas con la risa de su mensajera? Y por el muchacho que traía tus noticias —jamás vi su cara, jamás supe cómo se llamaba— hubiera dado Sankt Severin, a sabiendas, además, de que era un precio irrisorio, como cuando se da una medalla a quien ha salvado una vida. ¿Has vuelto a ver la sonrisa de Edith o la del aprendiz de carpintero? ¿Nada que se pareciera a ello? ¡ Ay, Robert, Robert!


—¿A mí? ¿Lo que me hicieron a mí, quieres saber? Me echaron bombas y no me dieron a pesar de que las bombas eran muy grandes y yo muy pequeña; la gente que había en el refugio me metieron golosinas en la boca; y las bombas cayeron y no me tocaron, yo sólo oí cómo estallaban y los cascotes volaban en la noche como pájaros asustados, y alguien, en el refugio, cantó: «Gansos salvajes vuelan de noche». Mi padre era alto, muy moreno y guapo, llevaba un uniforme pardo con mucho oro encima y una especie de sable en el cinto que brillaba como la plata; se pegó un tiro en la boca; no sé si has visto alguna vez a alguien que se haya pegado un tiro en la boca. ¿No, verdad? Pues da gracias a Dios de que te haya ahorrado ese espectáculo. Él quedó tendido sobre la alfombra, la sangre corría sobre los colores orientales, sobre la muestra de Esmirna… Esmirna auténtica, amigo mío; en cambio mi madre era rubia y alta y llevaba un uniforme azul y un gorro muy gracioso, nada de espadas al cinto; y yo tenía un hermanito. mucho más joven que yo, y era rubio, y mi hermanito colgaba de la puerta con una soga de cáñamo alrededor del cuello, se balanceaba, y yo me reía, me reía todavía cuando mi madre me ató también una soga de cáñamo al cuello y murmuró: «Él lo ha ordenado», pero entonces entró un hombre, sin uniforme, sin entorchados de oro y sin sable; sólo llevaba una pistola en la mano, que encaró a mi madre, me arrancó de sus manos, y yo me eché a llorar, porque yo llevaba la soga alrededor del cuello y quería jugar a aquel juego que jugaba mi hermanito allá arriba, el juego de «Él lo ha ordenado», pero el hombre me tapó la boca, me llevó de un brazado escaleras abajo, me quitó la soga del cuello y me subió a un camión…
Joseph trató de retirar las manos de Marianne de encima de sus ojos, pero ella se resistió y dijo:
—¿No quieres oír lo que sigue?
—Sí —contestó él.
—Entonces tienes que dejar que te cierre los ojos y darme un cigarrillo.
—¿Aquí en el bosque? —Sí, aquí en el bosque.
—Sácalo del bolsillo de mi camisa.
Joseph sintió cómo ella le desabrochaba el bolsillo de la camisa, como sacaba los cigarrillos y las cerillas, mientras con la otra mano le mantenía cerrados los ojos.
—Encenderé también uno para ti —dijo ella—, aquí, en el bosque. En aquella época tenía exactamente cinco años, y era tan cariñosa que incluso me mimaban en el camión, me metían golosinas en la boca, me lavaban con jabón, cuando el camión se detenía; y dispararon contra nosotros con cañones y con ametralladoras, pero no nos tocaron; viajamos durante mucho tiempo, no sabría decirte cuánto, pero seguramente fueron dos semanas, y cuando nos paramos, el hombre que había impedido el juego de Él lo ha ordenado me tomó consigo, me envolvió en una manta, me tendió a su lado, en la paja, en el heno, y a
veces en la cama y me decía: «Llámame padre», y yo no le podía llamar padre, porque al hombre del hermoso uniforme sólo le había llamado siempre papá; pero al final, aprendí a decir padre y así llamé durante trece años al hombre que había impedido aquel juego; me dieron una cama. una manta y una madre, que era muy seria y me quería, y viví durante nueve años en una casa limpia; cuando fui a la escuela, dijo el párroco: «Ved aquí lo que tenemos; tenemos entre nosotros a una criatura pagana, una auténtica pagana», y los demás niños que no eran paganos se echaron a reír; el párroco añadió: «Vamos rápidamente a convertir a nuestra criatura pagana, a nuestro dócil corderito, en una niña cristiana»; y me convirtieron en una cristiana. Y el corderitó era dócil y feliz, jugaba a corro y a saltar con los demás, y luego jugó a pelota y a saltar a la comba y quería mucho a sus padres; y llegó un día en que en la escuela se derramaron un par de lágrimas, se pronunciaron un par de discursos, se habló un par de veces de una etapa de la vida, y el corderitó entró de aprendiza en casa de una modista, aprendió a manejar bien la aguja y el dedal, aprendió de su madre a limpiar la casa, a amasar el pan y a cocinar, y toda la gente del pueblo decía: «Esa se casará algún día con un príncipe; si no es un príncipe no se conformará…» Pero un día llegó un coche muy grande y muy negro al pueblo con un hombre barbudo que lo conducía, se paró en la plaza mayor y preguntó sin apearse del auto a la gente: «Por favor, ¿podrían decirme dónde viven los Schmitz?» Y la gente dijo: «Hay muchos Schmitz en el pueblo, ¿a cuál se refiere usted?» Y ei hombre dijo: «A los que han adoptado una niña», y la gente contestó: «Sí, estos Schmitz son los Eduard Schmitz, que viven allí, detrás del herrero, ¿ve usted?, aquella casa con el boj delante.» Y el hombre dijo «Gracias.» y el hombre continuó, pero toda la gente le siguió, porque desde la plaza a la casa de Eduard Schmitz sólo había unos cincuenta pasos ; yo estaba en la cocina limpiando lechuga, me gustaba mucho hacerlo: cortar las hojas, lo malo a la basura, lo bueno en la jofaina, donde queda nadando, verde y limpio ; en aquel instante, mi madre me decía: «No tienes que entristecerte por eso, Marianne, los muchachos no tienen la culpa… cuando llegan a los trece o catorce años, y algunos empiezan ya a los doce, hacen estas cosas; es la naturaleza y no es fácil dominar la naturaleza». Y yo dije: «No estoy triste por eso.» «Pues, ¿por qué», preguntó mi madre. Yo le dije: «Pienso en mi hermanito, le veo colgado de la puerta, y yo me reía sin saber lo terrible que era aquello… y no estaba bautizado». Y antes de que mi madre me pudiera contestar, se abrió la puerta —no habíamos oído llamar— y yo la reconocí en seguida: seguía siendo rubia y alta y llevaba un sombrero muy gracioso, pero ya no llevaba el uniforme azul; se me acercó inmediatamente, abrió los brazos y dijo: «Seguro que eres mi Marianne, ¿no habla en ti la voz de la sangre?». Yo detuve un instante el cuchillo, luego limpió una hoja de lechuga y dije: «No, la voz de la sangre no me dice nada.» «Soy tu madre», dijo ella. «No», contesté yo, «mi madre es aquélla. Yo me llamo Marianne Schmitz», callé un momento y luego añadí: «.Él lo ha ordenado… y usted me puso la soga alrededor del cuello, señora.» La modista me había enseñado a terminar las frases con «señora».
Ella gritaba y lloraba e intentaba abrazarme, pero yo sostenía el cuchillo con la punta hacia adelante, junto a mi pecho; ella me habló de colegios y de estudiar, gritó y lloró, pero me escapé por la puerta del jardín, atravesé el campo y fui a casa del párroco y se lo conté todo. Él me dijo: «Es tu madre, nada se puede contra el derecho natural, hasta que seas mayor de edad, ella tiene derecho sobre ti; es un mal asunto.» Y yo le dije: «¿No perdió este derecho cuando intentó jugar el juego de El lo ha ordenado? ». Y el párroco dijo: «Eres una chica muy lista: no olvides este argumento». Yo no lo olvidé y lo esgrimía siempre que me hablaban de la voz de la sangre y repetía sin cesar: «No oigo la voz de la sangre.» Ellos me decían: «Eso no puede ser, ese cinismo es contra la naturaleza.» «Sí», decía yo, «Él lo ha ordenado sí que era contra la naturaleza». Ellos decían: «Pero de eso hace ya más de diez años, y ella se arrepiente»; y yo contestaba: «Hay cosas de las que uno no se puede arrepentir». «¿Quieres ser más severa que Dios en su juicio?», me preguntó ella y yo le contesté: «No, yo no soy Dios y por eso no puedo ser tan misericordiosa». Y seguí viviendo con mis padres, pero hubo una cosa que no pude impedir; dejé de llamarme Marianne Schmitz y me llamé Marianne Draste, tenía la sensación de que me habían amputado algo… Todavía sigo pensando en mi hermanito que tuvo que jugar a Él lo ha ordenado… y ¿sigues creyendo que hay algo más terrible, tan terrible que no me lo puedas contar?
—No, no —dijo Joseph—, Marianne Schmitz, voy a contártelo.
Ella dejó de cubrirle los ojos con la mano, él se incorporó y la miró a la cara; Marianne no trató de sonreír.
—Tu padre no puede haber cometido nada tan terrible —dijo.
—No, no fue tan terrible, peri sí muy grave.
—Ven —dijo ella—, me lo contarás en el coche; van a dar las cinco y nos estarán esperando; si yo tuviera un abuelo no le haría esperar, y si tuviera uno como el tuyo haría cualquier cosa por él.
—¿Y por mi padre?
—Todavía no le conozco —dijo Marianne—; ven. Y no te esquives, díselo en cuanto se presente la ocasión. Ven.
Le ayudó a levantarse y él le puso el brazo sobre el hombro cuando se dirigían de nuevo al coche.

4 comentarios

  • Cities: Walking mayo 23, 2012en12:40 pm

    Una vez más, gracias por la referencia, aunque no sé muy bien cómo tomarme que me llamen convencional

    😉

  • Palimp mayo 24, 2012en10:16 am

    Dicho sea con todo el cariño 🙂

  • Stefano julio 6, 2012en1:56 pm

    Uff, querido Palimp… trato de no pasar por a qui muy a menudo para evitar que mi lista de «desiderata» se alargue demasiado; pero si calificas un libro como IMPRESCINDIBLE no puedo fingir desinterés. Yo soy muy fan de Opiniones de un Payaso, lo he regalado mucho y hasta he escrito una versión para teatro, pero parece que esto es aún mejor. Ya veremos!
    Perdóname pero no pienso leer los extractos, ya confío en tu juicio.

  • Palimp julio 12, 2012en3:57 pm

    ¿Una versión para teatro? ¿Has llegado a montarla?

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