Gonzalo Torrente Ballester. Cuadernos de La Romana.

octubre 26, 2009

Ediciones Destino, 1975. 264 páginas.

Gonzalo Torrente Ballester, Cuadernos de La Romana
Protoblog

Creemos que la web 2.0 es algo muy moderno y podemos llegar a extremos como el siguiente:

Biblioteca

Pero lo cierto es que las bitácoras llevan mucho tiempo existiendo. No sólo los diarios privados eran algo similar, también los escritores solían publicar columnas en los diarios de un estilo muy parecido al actual, mezclando opiniones de actualidad con experiencias personales, lecturas o artículos. Estos Cuadernos de la Romana (donde vivía el autor) se publicaron en el diario Informaciones y vienen a ser una serie de reflexiones de temas diversos. Ideales para montar una bitácora, como hicieron con Josep Pla. Como nadie lo ha hecho con Torrente Ballester, les dejo una extensa selección de artículos.

Gonzalo Torrente Ballester es uno de mis escritores preferidos. Los hay mejores, que duda cabe, pero a ciertos autores les coges un cariño especial que va más allá de su calidad artística. He leído todo lo que ha caído en mis manos y muy pocas veces me ha defraudado. Hagan la prueba.

Contra la interpretación psicoanalítica de los textos:

La lectura de estos textos me devuelve a Pessoa el cuatripartito, cuatro hombres en uno y todos grandes poetas. Quizá se haya escrito algo sobre esta curiosa personalidad múltiple y sin embargo unitaria. ¿Cómo puede ser? Tiemblo al pensar lo que dirán de él quienes sólo conciben la crítica a partir de Saussure, Marx y Freud (o mejor dicho, de los epígonos del uno y de los otros). Los hay que ven símbolos fálicos por todas partes, y esto me recuerda un estudio de no sé quién, publicado —creo— en esta misma revista, según el cual el pobre Don Quijote salía en busca de aventuras provisto de un símbolo fálico muy visible (la lanza). Yo añado el segundo, una especie de repuesto irrecusable como símbolo: la espada, y por completar la figura y su contradicción, la redondez de la rodela, que también tiene su significación sexual. Y pienso si no se está abusando un poco de todo esto. En los Estados Unidos tuve en mis manos una edición de «La vida es sueño», en cuyo prólogo se interpretaba como símbolos de valor sexual la torre y la cueva de Segismundo (también contradictorios, salta a la vista). El alibi del inconsciente impide toda discusión al respecto: es como los encantadores de Don Quijote. Pero se me ocurre pensar que no es legítimo atribuir significaciones a elementos poéticos cuando ni el autor ni el público a quien iban dirigidos las tenían en cuenta, porque ni Cervantes, ni Calderón, ni los lectores de uno ni el auditorio del otro veían falos en lanzas y torres, sino torres y lanzas sencillamente. Como cuando Antoñito el Camborio «va, con su vara de mimbre, / a Sevilla a ver los toros».

El siguiente texto le va al pelo al 90% de las bitácoras actuales:

Vamos, primero, con las personales. La invitación que mi crítico me hace podría más o menos formularse así: «Desnuda tu alma». Muy bonito, sí —en el caso de que a mi alma valiera la pena verla desnuda—. Pero a las almas les pasa como a las mujeres: en la mayor parte de los casos es preferible que vayan vestidas. Y como eso de «desnudar el alma» tiene cierto sabor romántico, recuerdo aquello que decía Ortega y que viene ahora oportunamente, cuando escribía (en «Musicalía», si no recuerdo mal) que las confesiones (equipárense aquí a los «strip-tease» del alma) son incomparables cuando el que se confiesa es un espíritu interesante o «egregio» (creo que Ortega usa en esta ocasión esta palabra tan. de su gusto); pero, en caso contrario, que es el más frecuente, las confesiones son una lata. Ahora bien: yo estoy convencido de mi irreparable vulgaridad, y no es cosa de que la vaya exhibiendo por ahí.

Sus opiniones sobre Joyce:

Acabo de terminar la lectura de una biografía de James Joyce. Su autora, una muchacha italiana bien informada. La traducción española del libro, publicada hace dos o tres años, me llega tarde. No es la primera biografía de J. J. que leo, y confío en que no será la última. Supone las anteriores y les añade algo. James Joyce, en cuanto hombre, no parece haber sido ejemplar, míresele como se le mire, pero no creo que la cosa tenga allá mayor importancia. Abundan los escritores, los artistas, de vida irregular. Cuando yo era niño y empezaba a estudiar literatura, el fraile que me la enseñaba, un mercedario granadino a quien, por la forma de su cabeza y el corte de su pelo, llamábamos «Cebolleta», nos aseguraba que el Señor tiene especial indulgencia con los pecados de estos hombres cuya normalidad queda desequilibrada por la presencia y actividad de unas dotes excepcionales. El fraile se refería concretamente a los pecados de la carne, pero de los del espíritu no decía nada. Solía también justificar las borracheras de don Marcelino, contándonos que a causa de sus dolores de estómago, bebía vino caliente, y, claro, a veces se excedía. De donde puede colegirse que los chicos de mi generación tuvimos a este respecto más suerte que los que después vinieron, ya que, al menos, supimos que don Marcelino era un curda, lo cual, después, se ocultó con aplicado celo. A alguien que le había conocido oí decir que sólo bebía café. ¡ Que ya es tupé!

Volviendo a J. J., confieso mi interés por su vida y por su literatura. Lamento no estar de acuerdo en esto con mi admirado y querido Juan Benet, cuya fobia antijoyciana es conocida, aunque con la ventaja de haberla expuesto en un excelente ensayo, lo único bueno, con otro (en gallego) de García Sabell, que se ha publicado en España, al menos que yo conozca. Me deslumhra de Joyce su dominio de la palabra, absolutamente incomparable, y si bien admito que su literatura pueda reducirse a eso, a palabras, no me parece poco. Pero la verdad es que, además de palabras, encontramos en Joyce formas, lo cual tampoco está mal. ¿ Qué es la literatura sino ¦palabras en forma? ¡Juegos de palabras! Como el «Quijote», en que juega con las palabras todo el mundo: el autor, el narrador, los personajes. ¿Qué hace don Quijote, sino levantar un mundo con la palabra? Como Joyce, ni más ni menos. Levanta un mundo destruyendo otro.

Su admiración por Eco y el mediterráneo:

Y ahora es otro italiano, Umberto Eco, quien da medida humana, inteligibilidad, orden, al galimatías estructuralista y a todos los galimatías lingüísticos que andamos padeciendo. Un librito de Eco, «Diario mínimo», que Jesús López Pacheco puso en español claro y legible, se lo recomendaría yo a algunos críticos jóvenes, y a otros, no críticos, pero también jóvenes, que demasiado fácilmente se dejan seducir por ideas y sistemas cuyo único atractivo es la pedantería. En este momento de desmitificación, lo correcto es empezar por desmitificarnos a nosotros mismos, a nuestro lenguaje.

Con esto, que no viene a cuento para mi tema, quiero dejar constancia de lo mucho que admiro y siento como mío el Mediterráneo y su cultura y, por supuesto, sus gentes. Por eso me pregunto: ¿por qué el Mediterráneo produce tanta cursilería? ¿Cómo fue posible que el país de Palestrina, de Corelli, de Vivaldi, se haya transformado en el de las canciones napolitanas? .¿Cómo aquellos hombres del Renacimiento, creadores de una elegancia y de un sistema de conducta, han degenerado hasta ciertos extremos que nos presenta el cine? La pintura italiana, uno de los mayores milagros del hombre, combinó los colores de todas las maneras bellas posibles. ¿Cómo entonces se tejen ciertas corbatas?

Mientras me pregunto esto, me vienen a las mientes recuerdos de una película vista fuera de España (no en Perpiñán, por supuesto), «Roma», creo que de Fellini. Para un puritano o para un perfeccionista, la gente que allí se muestra es repelente. Sin necesidad de ser ninguna de esas cosas, un norteamericano la encuentra divertida e inferior. (Inferior: es el mundo que, inserto en el norteamericano, inventa la «Mafia» y se ríe de los americanos.) Confieso mi entusiasmo, no a la vista del tonelaje de carne humana vestida o desnuda que Fellini nos hace contemplar, sino de su tremenda humanidad. Es humano, aunque lo sea demasiado. Curados de la cursilería gesticulante y de otros defectillos más bien estéticos, reintegrados a una moral de la que fueron despojados, volverían a ser ejemplo y modelo, ese precisamente que el mundo tanto necesita. Para ser justo, otro día hablaré de la cursilería anglosajona.

Saber popular:

San Gonzalo d’Amarante
ten unha pipa n’o monte:
as mulleres beben vino,
y, os homes, auga d’a fonte.

La defensa de la lengua propia:

Yo, que soy gallego, no escribo en gallego, porque el idioma que conocí y que hablo en mi intimidad ni era ni es apto para lo que escribo, aunque lo sea para otros géneros y, por supuesto, para otros autores, más dotados que yo para la invención verbal. Eso no quiere decir que no lo deplore. Los estudios que hice de acuerdo con programas oficiales vigentes no incluían el gallego, ni reconocían su existencia. Y a mucha gente he tratado (aquí y fuera de aquí) que con gusto hubiera visto su desaparición. Y de las otras también. Eran, son, los partidarios de la mente uniforme —los mismos, por otra parte, que están haciendo del castellano una lengua de ejecutivos, de horteras y de guías de turismo—, los que se irritan cuando alguien no piensa como ellos o no habla como ellos, los mi-tómanos de la «unidad» utópica y siniestra. Mi lengua «regional», insisto, era y casi es lengua agraria y marinera; aspira ahora a ser capaz de servir de instrumento expresivo a un hombre moderno y culto. ¿Qué hay de sentimentalismo en esto? Reprobarlo, ¿no será aprobar, a cinco siglos de distancia, el acto vandálico que nos la arrebató como lengua oficial y viva, y la confinó a los parias de la época y de las que siguieron? Hablo de la mía, con su historia. Los catalanes y los vascos hablarán de la suya. El catalán se salvó gracias al esfuerzo y al dinero de unos cuantos que en un siglo consiguieron hacerla lengua vivaz y suficiente. ¿Quién se atreverá a decir que conferimos valor a su literatura sólo por sentimentalismo? Durante la Dictadura de Primo de Rivera, alguien con sentido común logró que las lenguas «regionales» estuvieran representadas en la Academia; hoy, estas representaciones han desaparecido. La Academia se titula «Española», cuando después de esa exclusión, no es más que «castellana», porque el catalán, el gallego y el vasco también son «españoles». ¡Vamos, digo yo! Quizá sensibles a esta realidad, los hispanoamericanos no hablan casi nunca del «español», sino del «castellano», que dicen hablar y hablan según sus variantes propias. Que Rubén Darío y algún otro se hayan referido alguna vez al «español» no es más que la excepción, y lo encuentro justo, porque el «castellano» admite variantes, modalidades, mientras que el «español» parece mantener en su mero enunciado las connotaciones uniformistas a que hice referencia y trae la contrapartida de que los castellanohablantes nos quieran imponer lógicamente las suyas.

Camilo José Cela, preconizado director «constituyente» del Ateneo, propuso lo de las cátedras, que ahora se intentan conservar «por razones sentimentales». No creo que hayan sido ellas las que movieron a Cela, sino otras más reales y profundas. Felicité a Cela cuando renunció a su «posible» empresa, pero no por eso dejo de lamentar que la haya abandonado. Las ideas de la señora o señorita Llorca, funcionaría, al parecer, del Ministerio de Información y Turismo, no me parecen tan acertadas.

Lo importante no es la fama, sino tener calidad:

Por lo pronto, el hecho de que Octavio Paz, Julio Cortázar y Ramón J. Sender ignoren nuestros nombres no es de lo más grave; mucho más lo sería el que tuviesen razones de peso para ignorarlos, el que nuestros nombres no merecieran en absoluto ser conocidos. Y aquí conviene recordar que mucha gente piensa de su obra que es valiosa, cuando los otros, los de fuera, le reconocen algún valor. Pero este reconocimiento es, las más de las veces, fortuito, y en nuestro caso forma parte de una compleja situación en la que no tenemos arte ni parte. Nuestra obra tiene las mismas dificultades «exteriores» que nuestras naranjas, y por las mismas razones. Lo cual ni rebaja la calidad a las naranjas ni a la literatura, o así me lo parece.

En ciertos casos concretos, que quizá sean los citados, esto no basta como explicación. Mucha gente (que no es la misma de que líneas arriba hablaba) necesita que nuestra obra carezca de valor, porque parten del axioma de que la situación histórica en que vivimos no permite que la obra de valor germine y aparezca. Ergo, si tales obras existen, ^ese a la situación histórica, el axioma se viene abajo, y ya se sabe con qué pasión y con qué subterfugios dialécticos se defienden los axiomas apasionados. Ante tal evidencia, la postura de Umbral es legítima, pero también lo es la mía. A él le indigna, a mí me divierte. El reconocimiento de Fulano, Zutano o Perengano no añaden nada a mi propia estimación, que tiene enemigos mucho peores y más difíciles de convencer; los que yo mismo invento.

A Umbral le pareció feísimo que Cortázar ignorase mi nombre, y considera que mi pretensión de que el gran cuentista argentino me firmase un libro fue muestra de la humildad gallega de que padezco. Yo, mucho más exigente conmigo mismo que Paco Umbral, sé que no fue un acto de humildad, sino de buena educación: lo menos que puede hacerse con un coinvitado con el que se va a charlar durante un par de horas. La falta de información por su parte quedó debidamente compensada con el exceso de información por la mía, pues yo conozco toda su obra y pude hablarle de ella. Como el propio Cortázar dijo, con ciertas bromas insertas. Hay que pensar, pues, que, una de dos: o lo que hacemos tiene valor, y al desconocerlo ellos se lo pierden, o carece de él, y en este caso el desconocimiento se justifica por sí mismo. Pero jamás indignarse por un fenómeno que viene aconteciendo desde hace mucho tiempo, y que si hoy se justifica por nuestra situación histórica (y allá a quien le baste la justificación), en otros tiempos en que la situación histórica era distinta pasaba más o menos lo mismo. Yo diría que es nuestra fatalidad, que es nuestro modo de pagar errores que no hemos cometido, errores ya seculares.

Algo hay en el artículo de Umbral en que tiene más razón que un santo. Pocas generaciones de escritores españoles se habrán desenvuelto en medio de tantas dificultades como la mía. Lo milagroso es haber sobrevivido, y si yo, en cierto modo, puedo contarme entre los supervivientes, no dejo de recordar con pena los nombres y las personas de tantos colegas que no pudieron más, que arrojaron la esponja o se murieron de asco. Sin embargo, y pese al «contexto» hostil, podemos hombrearnos dignamente con los que nacieron en la libertad o la eligieron. El que se nos reconozca o no, a mí, personalmente, me trae sin cuidado.

Nixon y su final:

Reconozco que los últimos días de su aventura presidencial, el señor Nixon empezaba a darme lástima, si bien admita que cuanto le sucedió lo tiene bien merecido. Hoy me han llevado a un lugar donde los caballeros (también chillones, por supuesto) no hablaban de otra cosa, y pude oír que uno de ellos, de los muy importantes, decía: «Ese Nixon tiene que ser un imbécil. ¿Por qué no metió un batallón de «marines» en el Congreso y detuvo a los diputados?» La verdad, nunca se me había ocurrido semejante solución, y es probable que tampoco se les haya ocurrido a los consejeros de Nixon. Voy pensando que sólo en nuestro país quedan verdaderos políticos. En los bares, sobre todo.

Sin embargo, a lo mejor, los «marines» no hubieran obedecido.

Más sobre el escribir una bitácora:

Después vinieron las dudas. Ante todo, por el hecho mismo de publicar algo que pertenece a la intimidad. Por mucho que se disimule o justifique, ¿no se puede rastrear siempre, en esta clase de publicaciones, un plus, más o menos crecido, de petulancia? Pues se supone que el autor cree que lo que piensa puede interesar a los demás. Ahora bien: idea semejante sub-yace a toda actividad pública de cualquier escritor. Los hay, no lo dudo, que mantienen su lámpara encendida debajo del celemín, y se descubre su talento después de muertos. No deja de ser un ideal, sobre todo para los tímidos y humildes o para los en exceso pudorosos, si bien como ideal sólo convenga a quienes no necesitan de la pluma para ir viviendo o para ir tirando. Yo soy bastante tímido, razonablemente humilde y pudoroso en exceso, pero semejantes defectos he tenido que dominarlos, ya que desde muy pronto me vi obligado a vivir de la pluma. Y todo lo que llevo publicado en los periódicos, de una manera o de otra, pudiera reducirse a «diario» con sólo poner fecha y cambiar título. Ya que, a la inversa, un «diario», o al menos éste, no es más que una serie de artículos, largos o cortos, que se publican juntos porque hace, tipográficamente, más bonito. Se puede argüir que el escritor de artículos busca o simula buscar la objetividad, y que el «diario» es por definición subjetivo. Pero yo creo que, en la Prensa, la objetividad sólo se pide, siempre relativamente, en los «editoriales», que se escriben, no para expresar un modo personal de ver las cosas, sino el de la entidad que lo publica, y que todos cuantos llevan la firma de un autor son exudaciones suyas.

Descárgalo gratis (es otro libro, pero les gustará):

Torrente Ballester, Gonzalo – La saga-fuga de JB.pdf

(Te hará falta el programa EMule)

Un comentario

  • Edu octubre 29, 2009en11:24 am

    Hola, sé que no viene muy a cuento pero no sabía cómo contactar contigo.
    Soy Edu, del equipo de organización del Festival Eñe. Quería comentaros que los próximos 13 y 14 de noviembre un sueño de nuestra revista se hará realidad: celebraremos un festival en el que el Círculo de Bellas Artes de Madrid se convertirá en el lugar para festejar la literatura.
    El Festival Eñe reunirá a más de 70 escritores, editores, creadores, músicos, cineastas… para hablarnos de libros, actualidad y celebrar las letras. Lo hará con un programa en el que las ideas se mezclarán con las lecturas, las lecturas con la música, la música con el aprendizaje y, todo ello, con la fiesta. Algunos de los autores que participarán en el festival son: Álvaro Pombo, José Antonio Marina, Antonio Gamoneda, Chema Madoz, Agustín Fernández Mallo, Soledad Puértolas, Jorge Herralde, Javier Cercas o Vicente Molina Foix, entre otros. Si quieres más información pásate por http://www.revistaparaleer.com/festival-ene
    Esperamos que puedas venir, luego no digas que no te lo avisamos…
    Saludos

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