Gerald Durrell. Mi familia y otros animales.

diciembre 16, 2015

Gerald Durrel, Mi familia y otros animales
Alianza, 2008. 376 páginas.
Tit. Or. My family and other animals. Trad. María Luisa Balseiro.

Recomendado, me lo han recomendado siempre. Pero hasta que una amiga no me lo puso delante de los morros no lo he leído. El autor rememora su niñez en Corfú junto con su extravagante familia (el famoso escritor Lawrence Durrel entre ellos). Las visitas, los increíbles personajes de la isla (a destacar Spiros) y la fauna y flora de la isla son los temas tratados.

La ligereza del tratamiento, la simpatía del autor y la elegante manera de engarzar tal variedad de asuntos son las razones del éxito del libro, alabado -con razón- por todo el mundo. Nada que reprochar en el ámbito literario. Sin embargo… sin embargo esa vida indolente, sin problemas, aristocrática, donde si van a venir más invitados de los previstos sencillamente te cambias de casa, me tiraba para atrás. Porque ojalá llegue un día en que todo el mundo pueda vivir en esa burbuja donde los problemas son los invitados que beben de más, pero de momento el mundo deja mucho que desear.

Nunca hubiera imaginado que soy un clasista cascarrabias, pero sorpresas te da la vida. Eso sí, el libro, muy divertido. Más reseñas: Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell. y Libros para regalar: Mi familia y otros animales de Gerald Durrell.

Calificación: Bueno.

Extracto:
Spiro llegó poco después del almuerzo, acompañado de un señor alto y ya mayor con pinta de embajador. Según nos explicó Spiro, era el ex mayordomo del rey de Grecia, a quien había logrado sacar de su retiro para ayudar a servir la merienda. Luego Spiro echó a todo el mundo de la cocina y se encerró allí con el mayordomo. Cuando me acerqué a fisgar por la ventana, el mayordomo se había puesto un chaleco y sacaba brillo a las copas mientras el ceñudo y meditabundo Spiro, tarareando en voz baja, atacaba un enorme montón de verduras. De vez en cuando iba con andares de pato a atizar vigorosamente los siete fogones de carbón de encina instalados a lo largo de una pared, hasta hacerlos brillar como rubíes.
El primer invitado que llegó fue Teodoro, sentado muy elegante en un coche de punto, ataviado con su mejor traje, relucientes botas y, como concesión a la fecha, sin ningún instrumento de naturalista. Llevaba en una mano el bastón y en la otra un paquetito muy bien atado.
—¡Aja! Muchas… eh… felicidades —dijo, estrechándome la mano—. Le he traído un… eh… pequeño… eh… recuerdo… una cosita de nada, es decir, un regalo para eh… celebrar la ocasión… hum.
Al abrir el paquete me encantó descubrir que contenía un grueso volumen titulado La vida en charcas y arroyos.
—Creo que será una útil… hum… adición a su biblioteca —dijo Teodoro balanceándose sobre las puntas de los pies—. Contiene información muy interesante sobre., eh… la fauna dulceacuícola en general.
Poco a poco, a medida que llegaban los invitados, la entrada a la villa se fue cubriendo de una masa de taxis y coches de punto. El gran cuarto de estar y el comedor se llenaron de gente que charlaba, reía y discutía, y el mayordomo (que para consternación de Mamá se había vestido de frac) circulaba ágilmente por entre la multitud como un pingüino anciano, sirviendo bebidas y canapés con gesto tan distinguido que muchos de los invitados dudaron de si se trataría de un auténtico mayordomo o de algún excéntrico pariente nuestro que tuviéramos en casa. En la cocina, Spiro bebía cantidades prodigiosas de vino mientras deambulaba entre pucheros y cacerolas, con el ceñudo rostro enrojecido al resplandor de los fogones, rugiendo cantinelas con su voz de bajo profundo.
El aire estaba impregnado de olor a ajos y hierbas, y Lugaretzia renqueaba de la cocina al cuarto de estar y vuelta a velocidad respetable. De cuando en cuando lograba acorralar en un rincón a algún pobre invitado y, metiéndole una fuente de canapés bajo la nariz, procedía a darle todos los detalles de su martirio en el dentista, haciendo la imitación más fiel y repulsiva de cómo sonaba una muela al ser arrancada de su alvéolo, y abriendo la boca de par en par para mostrar a su víctima el espeluznante destrozo que había padecido.
Llegaron más y más invitados, y con ellos sus regalos respectivos. La mayoría eran, desde mi punto de vista, inútiles, dado que no tenían aplicación al campo de la investigación naturalista. Para mí el mejor de todos fue un par de cachorritos traídos por una familia de campesinos vecinos y amigos míos. Un cachorrito era marrón y blanco, con grandes cejas rubias, y el otro era negro como el carbón, con grandes cejas rubias. Como eran de regalo, la familia tuvo, naturalmente, que aceptarlos. Roger los observaba con desconfianza e interés, de modo que para que hicieran amistad los encerré a los tres en el comedor con una fuente de golosinas. El resultado no fue exactamente el que yo esperaba. Cuando la magnitud del gentío nos obligó a abrir las puertas para que algunos invitados pasaran al comedor, encontramos a Roger sentado en el suelo muy cariacontecido, con ambos cachorros haciendo el indio a su alrededor, y la habitación decorada en forma que no dejaba lugar a dudas de que las dos nuevas adquisiciones habían comido y bebido hasta hartarse. La propuesta de Larry de llamarlos Widdle y Puke[10] fue acogida con disgusto por parte de Mamá, pero eran nombres pegadizos y con ellos se quedaron.
Y aún seguían llegando invitados, desbordándose primero del cuarto de estar al comedor, y luego por las puertas de cristales a la terraza. Hubo quien vino convencido de que iba a aburrirse, y al cabo de una hora lo estaba pasando tan bien que llamó al cochero, volvió a su casa y regresó con toda la familia. Manaba el vino a raudales, el aire estaba azul de humo de tabaco, y a las salamanquesas les asustó tanto el barullo y las risas que en ese día no se atrevieron a salir de sus rendijas del techo. En una esquina, Teodoro, que osadamente se había despojado de la chaqueta, bailaba el kalamatiano con Leslie y algunos de los invitados más achispados, haciendo retumbar el suelo con sus saltos y zapatazos. El mayordomo, que quizá había bebido una pizca de más, se emocionó tanto a la vista de su danza nacional que dejó a un lado la bandeja y se les unió, brincando y pateando como cualquiera a pesar de su edad, con los faldones aleteándole a la espalda. Mamá, con sonrisa algo forzada y nerviosilla, estaba sitiada entre el cura inglés, que contemplaba la juerga con desaprobación creciente, y el cónsul belga, que le parloteaba a la oreja retorciéndose el bigote. Spiro salió de la cocina para ver dónde se había metido el mayordomo, y en seguida pasó a engrosar las filas delkalamatiano. Botaban por la habitación nubes de globos, que entre las piernas de los danzantes reventaban con sonoro estampido; en la terraza, Larry intentaba enseñar a un grupo de griegos una selección de los mejoreslimericks ingleses. Puke y Widdle se enroscaron a dormir en el sombrero de no sé quién. El doctor Androuchelli llegó excusándose ante Mamá por el retraso.
—Ha sido por mi esposa, señora; acaba de dar a luz un niño— anunció con orgullo.
Spiro, exhausto, estaba sentado abanicándose en un sofá cercano.
—¿Cómos? —le bramó a Androuchelli, con ceño furibundo—. ¿Tiene usted otro niños?
—Sí, Spiro; un varoncito —dijo Androuchelli, radiante.
—¿Cuantos tiene ya? —preguntó Spiro.
—Seis solamente —respondió sorprendido el médico—. ¿Por qué?
—Debería darles vergüenzas —dijo Spiro con cara de asco—. Seis… ¡Madre mías! Igual que los animalitos.
—A mí me gustan los niños —protestó Androuchelli.
—Yo cuando me cases le preguntes a mi mujer cuántos quería —vociferó Spiro—, y me dijos que dos, así que le di dos y luego mandes que la cosieran. Seis niños… Válgames, dan ganas de vomitar… como animalitos.
En ese punto el cura inglés decidió que, con gran pesar por su parte, tendría que marcharse, porque al día siguiente le esperaba una jornada muy movida. Mamá y yo salimos a despedirle, y cuando volvimos, Spiro y Androuchelli se habían unido a los danzantes.
El mar mostraba ya la calma de la aurora y por levante el horizonte se teñía de rojo cuando salimos bostezando a la puerta principal y el último coche se alejó renqueando por el camino. Ya en la cama con Roger a mis pies, un cachorrito a cada lado y Ulises todo hueco sobre la galería, vi por la ventana cómo el rojo se extendía sobre la copa del olivo, apagando las estrellas una a una, y pensé que, en conjunto, había sido una fiesta de cumpleaños francamente buena.

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